A ti, Patrona y Madre de Valencia Carta semanal del cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares Llovera

Queridos todos hermanos en el señor, paisanos todos de nuestra entrañable Valencia: Un any mes, plens de alegría y agraits a Deú, celebrem a la sempre venerada Patrona, la Mare de Déu deIs Desamparats per a manifestar, sobre tot, la devocio filial i el nostre amor a la Mare de Déu, nostra Mare. Per a dir-li mes de cor que en paraules: ací ens tens Mare, ací tens als teus fills valencians que es congreguen a la teu voreta, per a expresar-te amor i manifestarte fidelitat. Gracies, Mare, Gracies a tú la fe no mor en la terra valenciana. Germans i germanes, es un gran motiu de consol saber per la nostra fe que la Verge está sempre atenta a les nostres nesesitats, per chicoquetes que siguen. Nos dona una special confianca que tenim una Mare que ens vigila desde el cel, protegint-nos contra el rics i els perilIs ..-¡que sempre nos ampara per aixó acudim a Ella, a Tú, Mare dels Desamparats.

Quiero dirigirme a nuestra Mareta deIs Desamparats en súplica esperanzada pidiéndole de manera especial por la familia, fuente y camino de esperanza para la humanidad, y por una nueva evangelización, en este Año Jubilar por el VIº Centenario de la muerte de nuestro entrañable y querido Patrón San Vicente Ferrer: el más grande evangelizador valenciano de los tiempos modernos. La nueva evangelización siembra de esperanza y hace crecer la esperanza.

“Los pobres son evangelizados”, dice Jesús, Por eso me dirijo a su madre y le digo: Mare de Déu deis Desamparats, pon tu mano cariñosa y tu mirada misericordiosa de Madre en los que sufren y lloran, en los débiles e indefensos, en los que viven en soledad y abandonados, en los que no tienen techo ni trabajo, en los pobres y pasan hambre o necesidad, en los refugiados, perseguidos e inmigrantes extranjeros, en los ancianos olvidados, en quienes han caído en el terrible abismo de la droga sin poder salir de ese agujero cruel, en los que han contraído terribles enfermedades de nuestro tiempo, o viven sumidos en la depresión y en tantas heridas psicológicas o mentales. Madre, pon tus ojos misericordiosos de Madre en los jóvenes que se abren a la vida y reclaman un futuro para sí, en los inocentes no nacidos y eliminados en el seno de sus madres, en los seres humanos ya concebidos sometidos a manipulación, instrumentalización y muerte en los laboratorios u hospitales o por leyes o proyectes de leyes tan inicuas y degradantes como la que se persigue, intenta o proyecta recientemente en España favorecedora de la eutanasia, pon tus manos de ternura y acaricia a los que viven deprimidos y aplastados por el sinsentido de lo que les ocurre, en los que lloran y están afligidos, en los hijos que sufren la separación de los padres, en los matrimonios rotos o en trance de romperse, en las mujeres víctimas de malos tratos hasta la muerte por algunos hombres, por las violaciones o la prostitución; cuida y protege Madre a cuantos son explotados de miles modos, de las víctimas de la guerra, de la violencia, del hambre o de la pobreza severa, fíjate, Madre, en los que no creen o han perdido la fe que es lo peor con mucho. Pon tu mirada de ternura y misericordia en los que caminan sin esperanza y sumidos en el vacío de la nada o del goce efímero, en los pecadores y en los que viven de espaldas a Dios ya que son los más desgraciados, destrozados y maltrechos del camino que sube a la Jerusalén celestial, Ciudad de Paz. Acoge, en fin, Madre, en tus brazos a todos los desgraciados, a todos los maltrechos y crucificados de nuestro tiempo y muéstrales a Jesús, de cuyo amor infinito nada ni nadie puede separar a los hombres con los que se ha identificado plenamente y con cuyas heridas y sufrimientos ha cargado.

Testigos de la misericordia
Ante tu santa y venerada imagen que nos preside, Nostra Senyora, Mare de Déu y dels Desamparats, “Mare dels bons valencians”, prosigo mi súplica de esperanza y te pido de todo corazón que esta Iglesia que peregrina en Valencia y que estos hijos tuyos que tanto te queremos, por tu intercesión de Madre amorosa, alcancemos la fuerza del Espíritu de amor que lo hace todo nuevo. Necesitamos un mundo nuevo, hecho de hombres y mujeres nuevos que reconocen a Dios, que viven de su amor y dan testimonio de este amor defendiendo al hombre, apostando por el hombre, por su dignidad inviolable, y por la garantía de sus derechos fundamentales que le corresponden por ser hombre y que no son fruto de las mayorías parlamentarias ni de los consensos políticos, ni de los estadios culturales. Te pedimos que el vigor del Espíritu Santo penetre a todos y haga de nosotros testigos de esa misericordia entrañable de Dios que Tú, en tu canto del Magnificat alabas y cantas agradecida y gozosa, por siempre y para siempre, en favor de los pobres, de los pequeños, de los humildes y de los sencillos. Que ese Amor, que es el Hijo de Dios venido al mundo en carne en tu seno virginal, esté en nosotros y lo comuniquemos a los hombres para que también ellos puedan tener la experiencia y la alegría desbordante de la cercanía de Dios y de su amor, que no pasa de largo del hombre y que se inclina, para curarlo, ante el hombre despojado de su dignidad y grandeza y, herido, tirado en la cuneta sin que se le atienda. Te pedimos, Madre, que, gracias a tu fidelidad de sierva y a tu permanecer junto a la Cruz de tu Hijo donde nos fuiste dada por Madre nuestra, podamos gustar en la tierra lo que esperamos gozar, como Tú y contigo y todos los bienaventurados en el cielo: el ver y el estar con Dios.

No puedo, ante Tí, Patrona y Madre de Valencia, dejar de mencionar a las familias, a las familias de todo el mundo, a las familias de España, a las familias de nuestra Tierra valenciana. Ayuda a esta diócesis tuya de Valencia. Ayúdanos a que sigamos proclamando, confirmando y difundiendo sin interrupción ni desmayo, con toda esperanza, ánimo y alegría, el Evangelio de la familia, santuario de la vida. Le pedimos a la Virgen María que nos ayude a hacer comprender a la sociedad en que vivimos que el bien del hombre y de la sociedad está profundamente vinculado a la familia, que su futuro se fragua en la familia, y que es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover la verdad que constituye y en la que se asienta la familia, así como los valores y exigencias que ésta presenta, sus derechos inalienables, entre otros el de la educación de sus hijos conforme a sus propias convicciones religiosas y morales, que se ven tan amenazado por algunos entre nosotros.

Fortalecer la familia
Es necesario, hermanos, que con la ayuda materna y misericordiosa de María, llevemos a nuestra sociedad al convencimiento de que, entre los numerosos caminos de la humanidad, la familia es el primero y más importante de todos. Es un camino del cual no puede alejarse ningún ser humano. Todos, sin excepción, estamos obligados a promover y fortalecer la familia, ir más allá de lo que con frecuencia se va en el debate social y público, superar y renovar la cultura dominante y divulgada por fortísimos poderes mediáticos, por desgracia, tan en contra de la verdad y exigencias verdaderas de la familia. La sociedad tiene la grave responsabilidad de apoyar y vigorizar la familia, defenderla y ayudarla mediante las medidas sociales adecuadas.

La misma sociedad tiene el inexorable deber de proteger y defender el fundamento de la familia, que es el matrimonio único e indisoluble entre un hombre y una mujer, basado en el amor y abierto a la vida. Inseparablemente tiene el inexorable deber de defender la vida, cuyo santuario es la familia, así como de dotar a ésta de los medios necesarios -jurídicos, económicos, educativos, de vivienda y trabajo- para que pueda cumplir con los fines que le corresponden a su propia verdad o naturaleza, y asegurar la prosperidad doméstica en dignidad y justicia.
Pedimos el auxilio de nuestra Madre del Cielo para que no nos falte ese auxilio suyo que tanto necesitamos y no nos falten las fuerzas para la ayuda que debemos prestar a la familia, porque no ayudarla debidamente constituye una actitud irresponsable y suicida que conduce a la humanidad -como nos están mostrando los hechos- por derroteros de crisis y destrucción de incalculables consecuencias, los índices de natalidad en Europa, y sobre todo en España, el menor índice de natalidad europeo, son muy preocupantes por todo lo que significan, entre otras cosas, por el miedo al futuro, el desamor a la vida, el pragmatismo, y la desconfianza hacia la verdad que se realza en el amor y nos hace libres. Datos de estudios recentísimos sobre la familia en Europa -también en España- nos muestran realidades y síntomas de gran preocupación en el presente y para el futuro.

La Iglesia tiene una especial responsabilidad en esa gran urgencia de nuestro tiempo que es anunciar el Evangelio, hacer que surja una humanidad nueva con hombres y mujeres nuevos, enseñar el arte de vivir que nos enseña Jesús en el Evangelio, aprender de Él y salvar la familia, base de la sociedad y su futuro en paz y convivencia, potenciarla y alentarla, conforme a la verdad que la constituye, la inscrita por su Creador en su más profunda entraña. La promoción y defensa de la verdad de la familia es la base de una nueva cultura del amor y de la vida. Es el centro de un mundo nuevo, de la nueva civilización del amor. Lo que es contrario a la civilización del amor, y por tanto a la familia, es contrario a toda la verdad sobre el hombre y al mismo hombre, y su dignidad, constituye una amenaza para él, para la vida y para el bien común. Sólo la proclamación, testimonio y defensa de la familia y del esplendor de su verdad, abrirá el camino hacia la nueva civilización del amor, hacia la afirmación del hombre y su dignidad inviolable, hacia la cultura de la solidaridad y de la vida, hacia la paz, esa paz tan amenazada gravemente en varios lugares del mundo, y que se asienta, junto con la justicia y la libertad, en la verdad y en el amor. Sólo la familia es esperanza de la humanidad.

Esperanza de las familias
Por eso acudimos a nuestra Madre, María siempre Virgen, y le pedimos que venga en nuestra ayuda, que muestre que es nuestra Madre y sea nuestra esperanza, la esperanza de las familias. Madre, danos fuerzas para ayudar a que las familias, en medio de las grandes y graves dificultades que hoy las envuelven, tomen conciencia de sus capacidades y energías, y confíen más en sí mismas, en sus capacidades educadores que nadie puede arrebatárselas, en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión de transmisión de la vida, del amor y de la fe que Dios les ha confiado. Mira, Madre, necesitamos que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontar el vuelo, y se remonten muy alto como les corresponde. Necesitamos implorar el auxilio de Dios sobre las familias y para esta tan apasionante tarea que a todos nos incumbe. Contamos con el auxilio y la ayuda tuyos, Santa María. Por eso, nos dirigimos a ti Madre, de Dios y Madre nuestra e imploramos tu auxilio. Sabemos que no nos falta. Resulta muy duro, tú lo ves Madre, la familia rota, o no abierta a la vida, o no contar con la familia, o vivir inmerso en la mentira de una realidad que la niega. Por ello, acuérdate de manera especial de los que viven con esa carencia, verdadera indigencia de la familia”.
Ante los graves problemas que acechan a las familias, hoy, me viene a la memoria aquella escena de las bodas de Cana: dos recién casados, en plena celebración de sus bodas, se encuentran en apuros, con problemas, -mucho menores que los problemas que tocan a las familias de hoy, por supuesto- pero entonces como ahora escuchamos las mismas palabras de María que les dice a los criados: “Haced lo que Él os diga”. Y ya sabemos lo que pasó: se adelantó la hora, que era la hora del supremo amor en la cruz, y el agua se convirtió en vino, el vino de la alegría, la alegría del amor. Se necesita hoy anunciar y escuchar aquellas palabras: “Haced lo que El os diga”: acoged la palabra de Cristo en la fe, seguidla en la vida, haced de ella la pauta inspiradora de vuestra conducta individual, familiar, social y pública. En aquellas palabras de la Virgen María en Caná comprendemos que Cristo es nuestro único maestro que debe instruimos, nuestro único Señor del que debemos depender, nuestra única Cabeza a la que debemos permanecer unidos, nuestro único modelo al que conformarnos, nuestro único médico que debe curarnos, nuestro único Pastor que ha de alimentarnos, nuestro único camino que debe conducirnos, la única verdad que debemos creer, la única vida que debe vivificamos y nuestro único todo en todas las cosas que debe bastarnos” (S. Luis M” Grignon de Monfort). Así seremos dichosos, se adelantará la hora del vino nuevo, la hora del Dios-con-nosotros, la hora de un mundo verdaderamente nuevo que surge de la Cruz y resurrección de Jesucristo. Eso es lo que necesitamos propagar.

Hago mía, hacemos nuestra la plegaria que le dirigía nuestro venerable y siempre recordado, con admiración y gratitud, Arzobispo que fue de Valencia, el siervo de Dios, D. Marcelino Olaechea Loizaga, que oraba así y nosotros con él: “Ampáranos, Señora y Madre nuestra. Ampara a nuestras familias, a nuestros pueblos, a nuestra España y a nuestro mundo actual. Aleja guerras y discordias. Une los corazones divididos con la alegría de sentirse, junto a Ti, hijos tuyos. Da a los que tienen y pueden ojos de misericordia y corazón abierto. Da a todos pan, abrigo y amoroso hogar. Da salud a los enfermos, paciencia en el dolor a los que sufren, consuelo a los tristes, ilusión a quienes la han perdido. Aparta de las mentes el error, y de los corazones, la debilidad. Mueve a los pecadores a volver en sí, ya los justos la virtud más alta. Haz que vivamos cantándote y que vayamos, con tu nombre en los labios, a contemplarte en la gloria junto a tu Hijo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina siempre.

Leemos, finalmente, en el Evangelio de Juan después de darnos Jesús, en la cruz, a su madre como madre nuestra, que el discípulo amado: “Desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa”. “Cada u de nosatres, cada u deIs valencians ha d’acollir a Maria en sa casa, com a Mare. Acollir a Maria es introduir-la en l’espai espiritual de nostra existencia, de nostra interioritat. Amar-la i venerar-la com a Mare. Fer que ella estiga present en la nostra vida. Acollir a Maria es rebre-la ab la fe, la confianca i l’amor que requerixen sa maternita espiritual i establir ab ella una relacio de devocio filial. Viure espiritualment en ella, dirigir-nos a ella en nostra oracio freqüent. Acollir a Maria como a Mare en la propia casa es respondre al do ques ha fet el Senyor en nostra personal donacio. L’acceptacio y el reiconeixement de sa funcio materna en la nostra vida espiritual comporta la filial entrega a Maria. I esta entrega nos ha de dur necessariament a entrar en el radi d’accio d’aquella caritat materna en la que la mare del Redentor cuida del germans del seu Fill. Qui introudis a Maria en sa propia casa, es dir, qui viu baix la sua influencia i inspiracio, ha d’acabar participant de les seues disposicions fonamentals d’entrega i de servici, d’obediencia al Pare i d’amor als germans fins I’extrem que ella aprengué de son propi Fill, sobre tot alpeu de la creu (Mons. Miguel Roca Cabanellas)
Per aixó, ara preguem aisina: Déu, Pare de misericordia, als qui venerem a la Verge María ab l’entranyable titol de Mare de Déu del Desamparats, concediu-nos que, protegists per Mare tan bona, non ens sintam mai desamparats de la vostra bondat, infinita bondat.
Con todos quisiera unirme, y acudir a la Virgen querida. Para todos mi plegaria y bendición. Que Ella bendiga y proteja a todos; que a todos acompañe siempre en su caminar, y os conduzca a Cristo, que es Camino, Verdad y Vida.