Carta del Arzobispo
 
Ascender al monte de la Transfiguración

Las vacaciones estivales ofrecen más tiempo para compartir y también una oportunidad para reencontrarse con uno mismo, con la naturaleza y con el creador.

¡Este tiempo de verano es un momento propicio para emprender la subida al monte de la Transfiguración! ¡Subamos todos juntos!

Qué definitivo es para el hombre y para toda la humanidad, que cada uno de nosotros nos encontremos, contemplemos y experimentemos lo que Dios es. Hoy me acerco a todos vosotros con una fuerza especial, la que da la presencia real de Jesucristo. Aquella que hizo posible María cuando en Belén da rostro humano a Dios. Aquella que se hace presente de un modo singular en el monte de la Transfiguración.

¡Qué misterio más bello el de la Transfiguración del Señor! El Papa Juan Pablo II lo incorporó a los misterios luminosos. En la Transfiguración del Señor, Él quiere hacernos ver su gloria y también la nuestra cuando estamos y vivimos delante de Dios. Las palabras ciertamente son estremecedoras y al mismo tiempo tienen una claridad singular: “Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo…

Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: “Rabbí, bueno es estarnos aquí”. En la transfiguración se les manifestó la gloria de Dios. Y, en y desde aquella gloria, vieron y palparon su gloria. “Se formó una nube que les cubrió con su sombra”. Nos hallamos ante hombres ganados enteramente por Dios, para ganar enteramente al mundo y así formular una salida lógica y sublime de la existencia humana.

Esperanza para todos
Os invito a que, sin miedos, vivamos este verano la misma experiencia de ascensión que vivieron los primeros cristianos. Nosotros, hoy, invitados por Jesús, dejemos que nos lleve “aparte, a un monte alto”.

Me vais a permitir que pida en mis oraciones que nos dejemos llevar “aparte”, acompañados de la «Mare de Déu». Todos los que me escucháis y que estoy seguro deseáis vivir en la esperanza: ¡Dejaos llevar de la mano de la «Mare de Déu»! Que sea Ella la que obtenga de su Hijo la gracia de conocer el corazón de este misterio de la Transfiguración y comprender cómo Jesús manifestó allí su gloria.

¿Qué sucede en ese monte? “Se transfiguró delante de ellos”, es decir, manifestó su gloria. La gloria de Dios es esperanza para todo ser humano. Permitidme decir, sin titubeos, que hoy falta esperanza en muchas personas. Y se da falta de esperanza cuando arrinconamos a Dios.

En una de las cartas que he recibido como respuesta a las catequesis que hago con los jóvenes, uno de ellos hace muy pocos días me escribía así: “falta en nosotros los cristianos la locura del enamorado, la alegría del justo, la esperanza de quien sabe que nada puede fallar porque existen fundamentos.

Somos personas en permanente sospecha, sospechosos y por ello no damos el valor que uno mismo y los demás tienen, nos multiplicamos en palabras y reuniones y mientras disminuye la pasión y el compromiso. ¿Por qué será?”.

La respuesta que le he dado no quiere pecar de simplismo, pero entiendo que la clave fundamental de tal situación está en que hemos perdido la perspectiva del hombre; no conocemos su gloria porque desconocemos la gloria de Dios.

Dejémonos iluminar nuestras vidas por la gloria de Dios, como lo hicieron quienes tuvieron la gracia de ver al Señor Transfigurado, Pedro, Santiago y Juan.

Metidos de lleno en la Transfiguración, os invito a descubrir nuestra gloria. Más que nunca, es necesaria esta experiencia de la gloria del hombre contemplada, vivida y anunciada desde esa participación en la gloria de Dios. La humanidad necesita vivir esta experiencia. No podemos guardarla para nosotros mismos.

Para hacer partícipes a otros de esta gloria del hombre es necesario que sepamos comunicar nuestra experiencia desde donde la alcanzamos. En la manifestación de la gloria de Dios hay una noticia importante que se nos da: que Dios ama a los pecadores, a quienes están desesperados, a quienes viven en la dispersión, a los que están extraviados.

En la Transfiguración, descubrimos que Dios quiere contar con nosotros para ser comunicadores de esta gloria y de esta pasión que Él tiene por el hombre. Y vivir y entregar de primera mano esta noticia crea esperanza. Y ante esta “buena nueva” experimentada, algo maravilloso sucede, nos dejamos transfigurar y entrar en el ámbito de la gracia.

Alegría verdadera
La Transfiguración en la que se nos muestra la gloria de Dios, tiene muchas expresiones para poder expresarla, es el esplendor de Dios, el desbordamiento de su poder, la riqueza de su gracia, la bondad con la que se expresa en sus acciones con los hombres, la ternura de Dios que invade la historia.

Y cuando el ser humano se deja invadir por esta gloria, le sobreviene la alegría verdadera y se mantiene en la esperanza cristiana. Y ello, porque Dios se compromete hasta el fondo con cada uno de nosotros, toma sobre sí todo lo nuestro, no pone límites a la manifestación de su amor por cada uno de nosotros. Y es ahí donde percibimos la salvación, la vida y la paz. ¿Por qué tanta atención al ser humano? Es el amor de Dios entregado en gratuidad, insuperable por nadie, que sabe perderlo todo con tal de alcanzar la gloria del hombre.

Cada generación busca, descubre y realiza la condición humana en un nivel, afirmando unas dimensiones, recortando y rechazando explícitamente otras, dejando en la penumbra algunas.

El ser humano siempre termina siendo una realidad que como dice un pensador “está al borde, tentada, padeciendo sus límites y queriendo desbordarlos, bien por un intento de asalto a la divinidad, por retrocesos a la animalidad, bien porque no sabe de su origen divino, o porque permanece en la vida sin conciencia de finitud”. Para cualquier época histórica y para cualquier generación es imprescindible contemplar a Jesucristo.

En esta época de cambios importantes, de trasmutaciones y tentaciones de apropiarse del poder de Dios, quizá es aún más importante. Es en Él, el Hombre verdadero, donde alcanzamos la gloria.

Por eso anunciar a Jesucristo es cuestión imprescindible, es imperativo, si queremos hacer verdaderamente humano, con el humanismo verdadero, al ser humano y si queremos que permanezca habitable este mundo.

Bienvenido este tiempo para dar libertad y esperanza desde la grandeza que alcanza el hombre en Dios. La gloria de cada hombre está en conocer, vivir y anunciar la gloria de Dios.

En tu Transfiguración, transfigúranos Señor, para que con nuestra vida hagamos creíble tu vida y manifestemos tu gloria en acciones concretas de la vida, donde la entrega, la alegría y la esperanza sean notas distintivas de la canción que hoy con la «Mare de Déu» queremos interpretar y cuyo título está en este misterio del rosario: la Transfiguración del Señor. «Mare de Déu dels Desamparats», ruega por nosotros ahora y siempre. Amén. Feliz verano para todos.

Con gran afecto, os bendice

 
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