Culto a los muertos, una mirada desde la religiosidad popular Antonio Díaz Tortajada. Delegado espicopal de Religiosidad Popular

La relación de Dios con su pueblo se vive siempre entre el amor y el temor, el pueblo tiene la certeza de que Dios acompaña su caminar pero que a su vez vigila y recompensa según sus actos. A Dios se le encuentra sobre todo en el culto, en los ritos y en las cosas sagradas. Por eso la religiosidad popular es muy simbólica. Hay una gran valoración de las bendiciones, de las imágenes, de los lugares, de las velas, del agua bendita y demás símbolos religiosos.
Dentro de este contexto la muerte tiene un alto sentido religioso. Hay un verdadero culto a los muertos unido a la convicción del “más allá”. La religiosidad popular es itinerante: “Se va” a templos, santuarios, lugares religiosos…Ello va unido a las “promesas”, mezcla de interés por los beneficios divinos y de gratitud.
Esta afirmación la podemos colocar como la carta de presentación de la religiosidad popular, la cual siempre está abierta y toma de lo más significativo para el hombre. La religiosidad se mueve entre los aspectos más sencillos pero a la vez más delicados de la experiencia de fe. El hecho de que la religiosidad popular sea simbólica va a implicar una gran variedad de elementos naturales, como el agua, el fuego y con ellos una serie de expresiones de todo tipo, en donde la súplica, la alabanza y el temor son la temática esencial de la religiosidad.
La cotidianidad de la religiosidad popular no está basada en la lectura de grandes autores teológicos, ni en la comprensión de su propia realidad religiosa, ésta vive el presente y encuentra en los detalles de cariño para con Dios, las muestras más grandes de afectividad hacia él, por eso las imágenes en las casas y los rezos. Una religiosidad no se conoce sólo por sus manifestaciones, sino sobre todo por las actitudes, motivos y valores envueltos en esas manifestaciones.
Nada de lo mencionado sobre la religiosidad popular es válido si no se intenta por lo menos, encontrar los sentimientos que están en medio de todas estas manifestaciones, porque la religiosidad nace de allí, de cada experiencia personal que se tiene con Dios. Es totalmente válido el querer ir al sentimiento y a la inspiración que se tiene por Dios a través de la fe popular.
Muchas de las tendencias más cuestionables de la religiosidad popular no desaparecen sólo con un esfuerzo catequético o evangelizador. Pues mientras no se produzca una promoción humana, una comunidad tiene imperiosa necesidad de ese tipo de religiosidad, que es lo único capaz de equilibrar su inseguridad radical. La “religión de la pobreza” nos parece demasiado interesada en beneficios, demasiado ritualista, de un providencialismo excesivo. Pero en ese contexto de vida, cuando no se tiene casi nada ni se puede recurrir a nadie, la religión cumple una función límite, que aun a la vista de sus deficiencias es respetable: Es la única esperanza de la gente.
La pobreza del hombre le permite reconocer que la presencia de Dios en su vida es vital, y si se puede entender como una postura interesada, una comunidad cristiana pobre hace de la religiosidad el medio de comunicación que le facilita entenderse con su Dios, en donde los pactos, promesas, suplicas y alabanzas se hacen presentes. El Dios de los pobres y los pobres de Dios, es la primera identidad de una religiosidad que se establece como mediadora entre ambos.
La espiritualidad va a involucrarse con todos los aspectos de la vida, si se le permite, va a entablar una relación permanente con todo lo que afecta el mundo. No cabe duda de que la presencia del Espíritu es lo más radical en la espiritualidad. Pero se necesitan, además, otros datos. Se presenta también la espiritualidad como la forma envolvente y unificadora de entender la vida: Dios, el hombre, la muerte, el universo, la historia, el amor.
Cuando se reconoce que la espiritualidad afecta la historia, el amor e incluso la muerte, se espera que estas realidades humanas se entiendan y se vivan bajo la mirada que el Espíritu ofrece. Cuando en la vida humana se percibe que la acción del Espíritu dirige muchas de sus experiencias, se reconoce un elemento especial, distinto, de lo que generalmente se vive.
Es innegable reconocer la espiritualidad en los distintos campos de la vida, se logra una percepción inmediata en alguien que actúa adecuadamente, sus pensamientos y su respuesta ante la vida es distinta, posee una particularidad, a veces, inexplicable. En la actualidad se habla de distintas espiritualidades, se entiende que las diferentes experiencias de fe, ofrecen una espiritualidad, una manera de entender la vida bajo la fe que se vive en cada caso.
Es una certeza que la espiritualidad da otro sentido a la existencia de los seres humanos, en donde por medio de ella se sienten sumergidos en una relación de cercanía con Dios. Es esta la fuerza que da el Espíritu del Resucitado al que cree en él y da testimonio de su presencia en la vida del hombre. Es por la fuerza del Resucitado que toda la fe cristiana tiene sentido, desde este hecho trascendental la mirada que da el ser humano a las cosas es distinta y aún más cuando se trata de la muerte.
La fuerza que da la vida en Cristo y su hecho salvífico va resignificar todos los aspectos de quien cree y vive el Reino prometido. Por esta experiencia de sentir a Jesús presente en todo es que el hombre va tener la capacidad de mirar todo de una forma distinta a aquel que no se ha abierto a la experiencia que el cristianismo ofrece. Esta manera de ver las cosas tendrá muchas posibilidades de vivir los acontecimientos que la vida por sí misma presenta a la humanidad.
San Pablo menciona que: “Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él” es decir que la esperanza cristiana ante la muerte es superior, la muerte ha sido vencida por la entrega del Hijo al Padre y ha hecho participe a toda la creación de esta condición salvadora. Por eso es lógico encontrar esa esperanza que solo la espiritualidad cristiana expresa en la vida eterna y de la cual todo creyente de alguna u otra vive. El resucitado ha dado sentido a la vida misma y no permite que quien desee acogerse a su fuerza pierda el rumbo y el horizonte de su vida, en su compañía el camino se hace llevadero y las debilidades se transforman en fortalezas.
El culto a los muertos –visita a los cementerios, el encendido de velas y flores sobre sus tumbas– para el catolicismo a través de su historia ha ocupado un lugar bastante significativo y con el paso del tiempo ha vivido las modificaciones necesarias para su avance.
Dentro del rito a los muertos la cultura popular perteneciente al catolicismo ha creado una serie de propuestas rituales y celebrativas que marcan la experiencia de duelo de sus creyentes. La fe popular ha posibilitado que en medio del diario vivir, la vida del creyente se encuentre en continua comunicación o sintonía con la eternidad, porque ha hecho de sus lugares de descanso, los cementerios, templos de alabanza, esperanza, recuerdo y resurrección de los que se han ido.
El cristiano siente que sus difuntos lo escuchan y acompañan en todo el diario vivir y por eso hacen evocación por medio de recuerdos de sus seres queridos. Esta religión espera que quien fallece esté en la presencia de Dios y desde allí prepare un lugar para un encuentro definitivo.
Los cementerios encierran esta espiritualidad porque todavía se conserva el respeto y un silencio prudente dentro de estos lugares cuando se ven limitados solo a las visitas, el cristiano sigue considerando este lugar como un lugar de respeto, sagrado, donde descansan eternamente los “fieles difuntos”.
El cristiano espera poder reunirse con todos sus seres queridos en el cielo y por eso hace de sus moradas, sus tumbas, un lugar totalmente propio de cada difunto porque espera según su fe, que ya nada va a cambiar, sino que la eternidad si se logra percibir algo de ella, ya empieza a ser efectiva.
Muchas veces estas realidades de eternidad y cielo no son vividas conscientemente por la comunidad eclesial en su lugar popular; la vida de muchos con esta dedicación y seguimiento por sus difuntos está brindando la posibilidad de salvación a muchos que no encuentran la forma de consolar su corazón al sufrir una perdida en cualquier circunstancia.
El cristianismo gracias a su religiosidad popular se ha visto engrandecido en muchos aspectos, pero el culto a los muertos ha tenido la posibilidad de vivirse de otra forma, logrando que los ecos de resurrección se perciban por todas partes en los cementerios. Ha surgido una nueva espiritualidad de la mano del pueblo que ha hecho del homenaje a sus muertos un espacio para desnudarse ante el misterio divino y dejarse habitar por él, aunque muchas veces no se pueda entender o no se busque entenderlo, pero lo cierto es que por medio del cristianismo que recoge todas las experiencias que son importantes para el pueblo, por su tradición o por su contexto, se habla ya del “descanso”, de la “compañía”, del “recuerdo”, de estas condiciones humanas que por situaciones de la vida se olvidan del sentir cotidiano de los hombres. El culto a los muertos entre los cristianos ha dado la posibilidad de sentir que existe una nueva forma de vivir la partida de los seres queridos, una forma de sentir y acompañar a sí mismos este acontecimiento para vivir la muerte de una forma que no tiene nada que ver con su naturaleza, de soledad, simpleza y dolor.
La fuerza de un Dios resucitado es percibida en esta realidad del pueblo cristiano frente a sus muertos, porque la presencia y la cercanía entre Dios-hombre se torna incluso más viva en estos momentos de dolor y desorientación. Muchas de las personas cristianas que viven un duelo por la muerte de un ser querido, su única referencia es en relación a Dios como el único que puede acompañar el momento; es decir, que Dios toma un rasgo que lo reconoce la misma historia salvífica como el “Dios que acompaña a su pueblo en medio de las tribulaciones”.
Esta realidad va a concretar que el Señor para ellos se encuentra vivo y presente en todo el acontecer de sus vidas y en él ponen toda su confianza, pero lo relevante en toda esta situación es que ellos, es decir, el pueblo de Dios, no lo tiene como un propósito, el cual quieren hacer notar en medio de su fe, sino que por simple fidelidad y amor a Dios aflora naturalmente, reconocido tal vez como un moción del Espíritu Santo.
Existe una realidad en toda esta dimensión espiritual que se ha exaltado en el cristianismo, y es que, frente a sus muertos existe un “nunca te olvidaremos”, esa condición de cercanía permanente entre los que ya se fueron y los que han quedado, que hace entender que sin duda existe un aporte nuevo para la vida de fe. Ese hecho y promesa de “no olvidar” se convierte en el vínculo más sagrado que va a permitir que los fieles tengan una conciencia de que Dios hace posible esta vinculación, entonces su unión con el Señor de la vida no termina fácilmente. Es bien fuerte esta realidad del “no olvidar” porque muestra una espiritualidad particular frente a la muerte en donde ésta no tiene la última palabra frente a las realidades y relaciones de los hombres. Es importante entender que la muerte no tiene un poder tan abrumador como se puede pensar, porque si no hay olvido por tanto no existe el primer rasgo del mayor pecado que se vincula con la resurrección, el olvido mismo.
Cuando una familia expresa a sus muertos que “nunca los olvidarán”, a su vez están dando un mensaje a los hombres en general, porque lo están invitando a que el recuerdo y la memoria sean vividas de otras formas, incluso desde el acontecimiento del dolor. Por otra parte están pidiendo que quienes tienen el gozo de estar unidos en vida, lo valoren aún más y por tanto que cuando la distancia y la muerte separen, nunca rompan los vínculos y lazos que una vez en vida los unieron. Es decir que el culto a los muertos del catolicismo está fortaleciendo las relaciones humanas bajo cualquier condición, en donde valores y gracias como el perdón, la unión y la paz se vivan en los momentos más difíciles de la vida.
Es así como se puede decir entonces que existe una religiosidad popular frente a sus muertos, porque ha logrado desde su humildad y sencillez de vida encontrar los vestigios más importantes del Reino en la tierra, y es vivir en una entrega total por el “no olvidar”, que podría ser el mayor pecado y que es un signo fundamental que el Resucitado ha dejado a quien desea seguirlo. El catolicismo se ve engrandecido por la forma como el mundo popular cree en la eternidad, siente que la vida terrenal no es lo último y a diario lo demuestra y lo siente por medio de sus expresiones. Son certezas de vida que se encuentran frente a sus duelos, memorias, historias y demás acontecimientos alrededor de la muerte.
El pueblo cristiano continuamente en sus muertos dentro de la fe católica está salvando a la humanidad de caer en el distracción que le puede generar la vida frente a Dios y que lo lleva a un sin sentido de la existencia, no entendiendo que nació para ser eterno.