De puño y letra de san Vicente Ferrer, en la Catedral Por Vicente Pons Alós. Canónigo archivero de la Catedral de Valencia

A pesar de que es en el s. XVI cuando se erige una capilla dedicada a san Vicente Ferrer en la catedral de Valencia con san Juan de Ribera como arzobispo de la diócesis, la vinculación de la Catedral con el santo dominico es coetánea a su época, tanto en lugares y objetos vinculados a él como en libros y documentos. Fue precisamente en 1600 cuando la antigua capilla de Todos los Santos pasará a dedicarse a san Vicente, advocación que mantiene hasta la actualidad. Con ocasión de la llegada de su reliquia, no exenta de problemas, se realizaron grandes festejos y actos litúrgicos, presididos algunos por el propio patriarca Ribera y también con esta ocasión se quitó el parteluz de la puerta de la Almoina por la gran multitud de gente que acudió.

Entre los espacios concretos en los que san Vicente ejerció su magisterio como maestro y responsable de la cátedra de Teología de la Catedral, fundada en 1345 en la Almoina por el obispo Ramón Gastó y el cabildo, y trasladada en 1358 al aula capitular, vinculada a los dominicos hasta mediados del s. XV, se encuentra la actual capilla del Santo Cáliz. Mandada edificar de su propio patrimonio por el obispo Vidal de Blanes (1356-1369), imitando la arquitectura de Aviñón y concluida hacia 1358, en la capilla todavía se conserva el púlpito desde el cual más de una vez san Vicente pudo hablar a cuantos acudían a escucharle, aunque según Sanchis Sivera las lecciones del santo dominico se impartían la mayoría de las veces en la vecina Almoina y el púlpito, evidentemente ha sufrido transformaciones.

Otro elemento, relacionado con su predicación, conserva la Catedral, tal es la conocida como trona de sant Vicent, situada junto al presbiterio, donde todavía una inscripción moderna recuerda que allí predicó la Cuaresma de 1413. Precisamente el Archivo de la Catedral conserva en uno de los sermonarios las homilías de esta cuaresma. El canónigo Sanchis Sivera señala también cómo san Vicente sólo debió utilizar este púlpito de forma ocasional, pues normalmente empleaba uno portátil de madera, el cual se colocaba dentro del templo y la mayoría de las veces en las plazas de la Almoina o de la Seo, lo más cerca de la gente. Así, el 10 de junio de 1410, sabemos por el libro de fábrica de la Catedral, conservado en su archivo, el pago a cuatro personas por llevar a la Seo y devolver los bancos de las cofradías de Santa María y San Jaime, con motivo de las predicaciones del santo y para hacer posible que más gente pudiera acomodarse. Valdría la pena una buena restauración de esta pieza medieval única. La Catedral guarda también una buena galería de representaciones pictóricas del santo: la de Joan Rexach (1411-1484), considerada una de las más antiguas, las de Vicente Masip y Juan de Juanes o la de Vicente Inglés en su capilla, además de otras obras anónimas.

Algunas reliquias
También conserva la Catedral varías reliquias del santo. Entre ellas una hoy perdida con la guerra civil de España: una parte de una costilla, conseguida en 1600 por Juan del Águila, soldado al frente de la guarnición de Bretaña, del obispo y Cabildo de Vannes, y trasladada seis años más tarde, el 15 de abril de 1606 a la Catedral de Valencia, incrustada en una imagen de plata de san Vicente, costeada por la ciudad. A pesar de esta importante pérdida, la Catedral conserva otras reliquias del santo: dos pequeños huesos del dedo en relicario de plata; cabello y trozo de hábito, y la capa o manto del santo en una magnífica urna de cristal con marcos de plata, donación del convento de dominicos de Valencia, la cual según el padre Teixidor se trasladó a la Catedral desde el convento de los padres Predicadores el 1 de febrero de 1456. Más recientemente se ha regalado a la Catedral otra reliquia del santo incrustada en la imagen del mismo de su capilla titular.

Pero sin duda la más destacada reliquia es la Biblia personal de san Vicente que se conserva en el Archivo de la Catedral entre el importante fondo de manuscritos. Una carta autógrafa dirigida a Martín el Humano, regalada a la Catedral en 1784 por Dª. Maria Baudino, desapareció también en la guerra civil, transcrita y descrita por Sanchis Sivera, a su entender no estaba claro que fuera autógrafa.

El Archivo de la Catedral de Valencia conserva bastantes documentos relacionados directa o indirectamente con el santo.

Su Biblia personal
biblia-detalleEl más destacado es su Biblia personal, realizada en vitela (pergamino de muy buena calidad), con notas marginales escritas de su propia mano, especialmente en los márgenes de los Evangelios y de las cartas de san Pablo, material que utilizaba preferentemente en sus predicaciones. No es nada casual el calificativo que se le da del nuevo san Pablo, o de apóstol de las gentes, o apóstol de Europa. Se trata de un manuscrito de la segunda mitad del s. XIII, de una Biblia , escrita e iluminada en Francia, en un taller parisino, que debió pasar a san Vicente en su etapa de Aviñón. Tiene dos iniciales historiadas magníficas, la primera en el inicio del texto, y la segunda con los siete días de la Creación al comienzo propiamente de la Biblia: el Génesis. En el vuelto de su hoja de guarda y en dos momentos de escritura, propias de dos manos de finales del XV-principios del XVI, la primera; de este siglo más avanzado, la segunda, respectivamente, momento en que el códice estaba ya en la Catedral, se indica: “Hanc Bibliam portabat secum divus sanctus Vincentius Ferrer// in qua sunt quaedam scolia sua propia manu”.

El manuscrito cuenta con 510 hojas de tamaño reducido, escrito a dos columnas, excepto la parte final con los nombres hebreos, que está a tres columnas. En una escritura minúscula gótica, salvo las mayúsculas de los títulos y las iniciales agrandadas y decoradas alternando el rojo y azul, está escrito todo él en latín. Se trata de una biblia de las llamadas de bolsillo, en la que sorprende el tamaño de la letra.

Llegó a la Catedral entre finales del S. XV y mediados del XVI. Al menos en 1594 estaba ya en la Catedral y en 1756 el archivero Juan Pahoner describe la misma encuadernación que hoy conserva: “de terciopelo carmesí”. Se trata de una Biblia que sigue la tradición de la Vulgata, declarada definitivamente texto oficial con el concilio de Trento, pero que carece de los salmos y tiene una ordenación diferente de los libros a la actual, así como ausencia de versículos. La posesión de una Biblia era algo costoso, de ahí que incluso en los monasterios hubiese solo una, a menudo Biblias atlánticas en uno o varios volúmenes y biblias más pequeñas “portátiles”, diríamos ahora.

bibliaEl manuscrito 304 de la Catedral estuvo hasta hace poco en el relicario de la misma, trasladándose al archivo para su mejor custodia y conservación. Al igual que los sermonarios fueron restaurados el año 2014 por el IVACOR, con una ayuda económica dels Cavallers Iurats de sant Vicent, de varios altares de sant Vicent y de las cofradías de sant Vicent Ferrer de Llíria y Teulada. Es curioso la cantidad de manchas de cera que tenía, producto de tantas horas de lectura personal, preparando los sermones.

En 1992 se hizo un facsímil a cargo de la editorial SCRIPTORIUM S.L., con estudio y edición de las notas marginales del profesor Francisco Gimeno Blay, catedrático de Paleografía de la Universitat de València, el cual demostró que una parte de las notas marginales son autógrafas del santo.

Sermones del santo
pulpito-san-vicenteEl gran tesoro vicentino de la Catedral y de su archivo, junto con la Biblia, son también los 8 volúmenes de sermones del santo. Se trata del mayor conjunto de sermones conservado, una parte de los cuales fueron editados por los canónigos R. Chabás y J. Sanchis Sivera y por Gret Schib, todos ellos manuscritos del s. XV, muy cercanos a la época del santo. Forman dos grupos:
Los códices 273 a 280, en papel, el primero de ellos la cuaresma de 1413, de los cuales el 277 se perdió durante la guerra civil, cuando estaba en manos de Sanchis Sivera, quien lo tenía en depósito para facilitarle su transcripción. Fueron donación del canónigo Guillem Serra en 1489, quien dono unos 30 manuscritos de su biblioteca seleccionados por Melchor Miralles, beneficiado de la catedral.

Y el manuscrito 168, en pergamino, de factura y formato totalmente diferente a los anteriores.
Se trata de reportationes, resúmenes más o menos esquematizados de las homilías de san Vicente que escribanos especializados copiaban mientras el santo predicaba y que luego se volvían a copiar en otros manuscritos. Algunos parte en valenciano, aunque la mayoría en latín. El santo utilizaba para captar la audición (captatio benevolentiae) ejemplos sacados de la vida cotidiana o pequeñas historias (exempla), desglosando el tema principal en varios puntos.
También los misales y breviarios valentinos se hacen eco de la canonización del santo después de 1455 al incluir la fiesta el 5 de abril en sus calendarios, fecha de su muerte: san Vicente confesor, así como las oraciones y oficio correspondiente.

El Archivo de la Catedral conserva también un incunable con los sermones de san Vicente publicado en Venecia, además de otro sermonario en castellano publicado en Valladolid a principios del s. XVI, un ejemplar único que perteneció a san Luis Bertrán, el otro gran dominico valencian

Otra documentación
Pero los testimonios de san Vicente Ferrer en el Archivo de la Catedral de Valencia no acaban en los manuscritos e impresos citados. Ha quedado documentación relacionada con facetas importantes de su vida: como predicador y como pacificador.

Los protocolos notariales conservan algunos documentos relacionados con su participación en el compromiso de Caspe en 1412.

Los libros de fábrica se refieren también a los gastos ocasionados con motivo del traslado de bancos desde las cofradías cercanas y otros espacios a la catedral con motivo de las estancias y predicaciones suyas en Valencia, o con la colocación de entarimados.

Entre estos documentos destaca la sentencia de 1389 (manuscrito 156) en el pleito entre las parroquias y los conventos de ordenes mendicantes de la ciudad sobre los derechos de sepulturas y otras cuestiones relacionadas con los entierros.

El santo dispone:
Según el hábito elegido, podían asistir o no los frailes, debiéndose avisar previamente al rector y clero de la parroquia a la que pertenecía el difunto.

El párroco podía acompañar al difunto con cruz alzada hasta la puerta del convento y la familia debía pagar a la parroquia cuando el entierro fuera en un convento los derechos de cuarta funeral y la conocida fuga.
Paralelamente, el santo sentenció también en el conflicto entre la cofradía de san Jaime y la de Santa María por la precedencia en funerales y procesiones, una la más antigua, otra santa María, más importante. El santo salomónicamente señala que vayan unos a la derecha y otros a la izquierda.

Centenarios y homenajes
Finalmente, el archivo conserva además de varias historias impresas del santo, documentación relacionada con diferentes centenarios y homenajes, desde el S. XVI, en época de san Juan de Ribera, el santo que fijo la fiesta para la diócesis en el lunes siguiente a la octava del domingo de Pascua para que nunca se dejase de celebrar, hasta 1951, con D. Marcelino Olaechea y la misión llevada a cabo; o diferentes documentos de carácter litúrgico, como el decreto pontificio de 1706 extendiendo a toda la Iglesia el rezo semidoble del precepto de san Vicente.

También su hermano Bonifaci Ferrer y la cartuja de Portacoeli están presentes en el Archivo a través de varios documentos y manuscritos.

Quisiera hacer mención para acabar de aquellos que se han dedicado a editar y estudiar los sermones de san Vicente, especialmente los canónigos Chabás y Sanchis Sivera, los padres dominicos Robles y Esponera, el sacerdote canónigo de Segorbe Dr. Perarnau y los Doctores Francisco Gimeno Blay y Mª. Luz Mandingorra, catedrático y profesora titular respectivamente de la Universitat de València.

Se acerca el año 2019 y el 600 aniversario de su muerte, una ocasión para celebrar y conmemorar de forma especial la memoria del santo valenciano más universal, pero también para pedir por su intercesión dos de sus principales virtudes: la astucia de la paciencia y la sabiduría de la prudencia.