Del rock y el monopatín, a ser cura Entrevista a Carlos de la Fuente, sacerdote valenciano ordenado en Córdoba

C.A. | 26-07-2017

Carlos recibe el cáliz y la patena de mano del obispo de Córdoba.

Carlos de la Fuente, natural de Alboraya y de 28 años, formado en el Seminario Diocesano Misionero Redemptoris Mater San Juan de Ávila de Córdoba, fue ordenado sacerdote el 24 de junio en la catedral de Córdoba. Carlos pertenece a una comunidad neocatecumenal de la parroquia Santo Tomás Apóstol y san Felipe Neri de Valencia y ha sido formado en Córdoba para ser un sacerdote misionero tras entrar en un sorteo para ir a cualquiera de los más de cien seminarios Redemptoris Mater del mundo.

-¿Cómo surgió tu vocación?
– Nunca tuve especial aprecio por las cosas de la liturgia ni era monaguillo. De hecho, yo he ido a la parroquia en monopatín, con el pantalón medio bajado y he combinado la vida parroquial con el grupo de rock en el que tocaba la batería. Además era de esos jóvenes que soñaba con que quería casarme, tener hijos…
Así que un cambio tan radical se debe únicamente a la extraordinaria experiencia de agradecimiento que he sentido hacia Dios y hacia la Iglesia por su irrupción en mi vida cuando era adolescente. Es en la Iglesia donde nunca me he sentido juzgado y donde me ha impresionado su gratuidad, su libertad y su anuncio fresco del Evangelio. Quería ser cristiano y así tener la libertad de amar al que me humilla en público, me hace el mal o se aprovecha de la injusticia.
Al final, mi experiencia eraque Dios ha sido capaz de hacerme feliz y me ha dado una vida preciosa, por lo que empecé a tener en el corazón un celo por anunciar el Evangelio que no me dejaba tranquilo. Deseaba lo que yo estaba viviendo para los demás, mis amigos de conciertos, conocidos, desconocidos… pero para mí entrar a un seminario y dejar mis relaciones en Valencia era la muerte; pero si Cristo ha vencido a la muerte, si ha sido capaz de hacerme feliz en Valencia ¿a qué temer?

-¿Cómo lo vivió tu familia?
– Cuando tomé la decisión de irme al seminario estaba en una peregrinación de jóvenes en Israel. Me acuerdo que le escribí un mensaje a mi padre pidiéndole perdón por pretender irme al seminario y acabar con su apellido en caso de que me ordenase presbítero. Sin embargo, él no entendió por qué le pedía perdón y me llamó felicitándome.

-¿Cómo ha sido la experiencia del seminario?
– El inicio no fue nada fácil. Pasé de ser el principito de mi casa a ser un don nadie entre 20 seminaristas -procedentes de todo el mundo-, con un horario marcado, etc. Uno no tarda mucho tiempo en palpar su debilidad y sus límites, y eso, normalmente, es muy duro, sobre todo si es un idealista que se creía bueno y capaz. Sin embargo, el Señor me ha llevado al Seminario una y otra vez: si Dios es todopoderoso y ha sido capaz de hacerme feliz, tal vez, si permite que sufra dificultades e incomodidades, es porque quiere que aprenda a sufrir un poquito, es decir, madurar y comenzar a amar.

-¿Qué ha implicado formarse en un seminario misionero?
– En primer lugar, la experiencia de desarraigo caracteriza al seminarista de un seminario misionero. El formarte en otro sitio que no es donde has crecido, te separa de las seguridades que te dan tu ambiente, tu familia, tus conocidos y amigos. Eso hace sentirte vulnerable y pequeño y es bueno para ser un misionero mínimamente humilde.
Además en este tiempo he estado en misión. Primero en la ‘Domus Galilaeae’, una casa de peregrinos en el Monte de las Bienaventuranzas, donde aprendí nociones básicas de árabe. Otro año estuve en Jordania, poniendo en práctica lo aprendido, en una parroquia en mitad del desierto entre la capital Ammán y la famosa Petra. Ha sido un tiempo lleno de dificultades pero muy gratificante.

-¿Qué debe caracterizar a un sacerdote hoy?
– La cualidad de haber recibido la fe y la llamada de Dios a desempeñar la misión de ser presbítero; si no ¿quién tendría la osadía de acercarse a este terrible sacramento que te hace actuar en nombre de Cristo?

-¿Alguna cita Biblia con la que te identifiques?

– “Yo soy pobre y desgraciado, pero el Señor se cuida de mí” (Sal 39, 18).