Fallece el P.José Mª Salaverri, marianista, escritor y colaborador de PARAULA '¡Hasta el cielo!' La carta que dejó el P. Salaverri y que se leyó tras su fallecimiento

El P.Salaverri en su despacho con el cuadro de Faustino al fondo.

A mi Superior de comunidad. Querido Hermano:
Como superior mío, y por lo tanto como representante de Dios para mí, me atrevo en estos momentos a pedirte unos pequeños servicios.

El primero se refiere a mi funeral. Si es posible me gustaría sugerir unos detalles. Ante todo las lecturas. Como primera lectura: 1 Jn 1, 1-4; ya que me parece una maravillosa confesión de fe enamorada. Como salmo responsorial, el salmo 22 “El Señor es mi pastor”. Pues lo ha sido. El Evangelio sería Lc 1, 26-38, es decir el relato de la Anunciación. Fue el que se leía cuando vine al mundo; puede ser el que me acompañe en el nacimiento definitivo. Si es posible, que como acción de gracias se cante el Magnificat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor… pues ha mirado la pequeñez de su esclava”. Y, por favor, que recen mucho y de verdad por mí. Muchas gracias.

Aprovecho esta última ocasión para decir “¡Hasta el Cielo!” a todas las personas que de algún modo han estado vinculadas a mí durante mi peregrinación por la tierra: mis hermanos y familiares, mis Hermanos marianistas y mis Hermanas, amigos y amigas del alma, alumnos, y tantas y tantas personas con las que he tenido contactos más o menos duraderos o esporádicos …
A todas las pido perdón si alguna vez, por lo que sea, inconscientemente desde luego, les he podido ofender, o si no he sido capaz de darles todo lo que podían haber esperado de mí como persona, como religioso o como sacerdote.

Pero que sepan que les estoy muy agradecido por su presencia en mi vida … por sus detalles, por su cariño, por su amistad. Me he sentido siempre muy querido por tanta gente a la que me gustaría haber correspondido del mismo modo. He procurado, eso sí, querer con todo mi corazón, con las inmensas posibilidades que da un corazón virgen consagrado al Señor. Las seguiré queriendo – y ahora con un amor purificado, renovado y multiplicado por un Dios que es Amor – ; y desde el Cielo, si el Señor tiene a bien concedérmelo, espero ayudarles hasta el encuentro definitivo en la Patria común.

Quiero también expresar mi inmenso agradecimiento al Señor por el don de la vocación religiosa. Ha sido un regalo espléndido, no merecido, y fuente de gozo no sólo espiritual, sino también de plenitud humana.
Se me ocurre finalmente expresar a todos que merece la pena consagrarse a María. ¡Qué maravilloso ha sido el Señor dándome, dándonos a todos, a su madre!. He intentado, creo que con todas mis fuerzas, “conocerla, amarla y servirla” y hacerla conocer, amar y servir. Ella ha sido la estrella de mi vida; ella, la fuerza que ha suplido mi debilidad en los momentos difíciles; ella, una presencia amorosa que ha impregnado mi vida. Ella ha modelado mi personalidad; ella ha marcado mi relación con los demás; ella me ha enseñado la delicadeza; ella me ha ayudado a amar virginalmente. Ella me ha iluminado para amar apasionada e incondicionalmente a la Iglesia, de la que siempre he procurado ser hijo fiel. Ella me ha enseñado a respetar y amar, con amor lúcido y fiel, a Pedro, a todos los Papas de mi vida. Sí, me siento feliz y orgulloso de haber sido hijo de María y de la Iglesia.

Por casualidad, digamos mejor que por Providencia suya, fuí a parar a una Congregación religiosa dedicada a María. En ella he procurado sentirme y ser instrumento dócil en manos de la Virgen.

He amado la Compañía de María, a veces dolorosamente. Me gustaría ver en ella una vida personal y comunitaria más austera; una mayor fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia; más “piedad” en la vida de oración; una presencia de María, profunda sí, pero también sencilla … La sencillez ha sido una virtud característica de la Compañía y no debe perderse…

Se me dirá, y con razón, que mucho de todo estuvo en mis manos, ya que he tenido puestos de la máxima responsabilidad en la Compañía. Es cierto, y por eso asumo la parte de responsabilidad que me toca, y espero que el Señor tenga más en cuenta mis grandes deseos que mis pobres realizaciones.
Pero veo que he ido más allá de lo que había pensado.
Termino con un gracias gozoso y sincero a todos.
¡Hasta el Cielo!
Con todo afecto