Juan Manuel Cotelo: “Dios está activo en todo momento, no se ha ido jamás de vacaciones”
Juan Manuel Cotelo, director de cine y de la productora Infinito+1
Juan Manuel Cotelo se define así: pesé al nacer 4,400. Engordé hasta los 75 kg. y ahí sigo, ¡comiendo de todo! Tras pasar por cinco universidades como profe y alumno, sé cuál es mi escuela favorita: la vida misma. ¡Y es gratis! Soy actor ¡de los ‘buenos’! ¡Aunque me encantaría hacer de ‘malo’! ¡Si los directores de ‘casting’ me vieran cabreado! Me has podido ver en ‘Siete Vidas’, ‘Policías’, ‘Compañeros’, ‘Periodistas’, ‘Hospital Central’, ‘El comisario’, ‘Aída’, ‘El Internado’, ‘Los Serrano’… He pasado por informativos, concursos, musicales, humor, teatro, cine… delante y detrás de las cámaras. Pero hoy, el mejor resumen de mi vida es éste: “El reino de los cielos es semejante a un comerciante que busca perlas finas y, habiendo dado con una de gran valor, vende todo cuanto tiene y la compra”. Ahora soy joyero y comparto mi tesoro a través de Infinito + 1. Tiene tres hijas y está casado con Simona, que junto con su hermana gemela, Paula, han grabado el CD de villancicos ‘A ti, Niño’, un proyecto que surgió de la mente de las tres pequeñas para “recuperar el auténtico espíritu de la Navidad”.
04 enero, 2012

Belén Nava | 19-01-2012
A estas alturas no hace falta presentar a Juan Manuel Cotelo, sus trabajos hablan por sí solos y cuentan mucho de la personalidad de este inquieto periodista, guionista, actor, director… Lograr que un filme propio se estrena en 17 países no es una tarea fácil, y Juan Manuel consiguió esta proeza con ‘La última cima’.

Mucho antes había realizado cortometrajes y había recibido premios por su labor como director novel. Ahora, con ‘Te puede pasar a ti’, la historia de ateos conversos, nos adentra en un mundo de intensas experiencias sobre el bien y el mal, la esperanza y la desazón…

A través de la cámara se muestra el testimonio de  conversión de un pandillero, un boxeador, una estudiante, un escultor, una actriz, una empresaria, un malabarista, una modelo, un terrorista…Una idea que surgió por casualidad cuando alguien le recomendó leer el libro que relata la historia de una princesa italiana y su conversión.

– Teniendo como precedente ‘La última cima’ y sabiendo que más de uno se emocionó al conocer la historia del sacerdote Pablo Domínguez, ¿va a encontrarse con algo similar el espectador cuando vea y escuche los testimonios de ‘Te puede pasar a ti’?

– No hay dos espectadores iguales, ni podemos prever la reacción de cada uno. En principio, el contenido de ‘Te puede pasar a ti’ no es a priori lacrimógeno… salvo que Dios toque el corazón de un espectador, cosa que ya he visto. La primera persona a la que mostramos el primer capítulo de ‘Te puede pasar a ti’ empezó a llorar a los quince minutos de empezar y tuvimos que interrumpir la proyección durante media hora. Al día siguiente se apuntó al Itinerario Diocesano de Renovación (IDR) propuesto por el arzobispo de Valencia, monseñor Carlos Osoro, en la diócesis. No es una persona católica, pero tiene un deseo muy grande de encontrar el sentido espiritual a su vida. Me atrevo a decir que esas lágrimas no fueron provocadas por lo que vio en pantalla, sino por lo que Dios provocó en su interior. Lo de llorar o reír es lo de menos. Lo importante es que nuestro trabajo pueda despertar ese deseo de Dios.

– En el mundo de la comunicación, el testimonio es una de las mejores maneras de hacer entender al público un determinado mensaje. El encontrar testimonios no es nada fácil y usted dice que los testimonios de ‘Te puede pasar a ti’ le llegaron de forma casual: ¿cómo fue ese encuentro con cada una de las historias?

– Durante un año conocí a doce personas, de diez países diferentes, que me contaron de qué modo cambió su vida al descubrir el amor que Dios les tenía. Al primero de ellos le pregunté si podía entrevistarle. Luego entrevisté a otro, y a otro… y a otro… hasta contar con 27 horas grabadas. Años más tarde hemos dado formato a ese contenido, convirtiéndolo en una serie de programas. pero al principio no sabía qué haría con esas entrevistas. Simplemente, quería conocer sus historias, que me resultaban tan atractivas. Sentí envidia de ellos y quise aprender el camino de la conversión del corazón.

– ¿Cómo se difunde un testimonio de fe hoy en día?

– Exactamente igual que hace veinte siglos. Sólo hay un camino: el enamoramiento. Una persona enamorada ha de hacer esfuerzos para ocultar su amor. Le sale fácil el contagiarlo, el comunicarlo a otros, no sólo de palabra, sino con toda su actividad. No hay táctica, estrategia o plan que supla ese enamoramiento personal. El amor y el servicio a los demás es el mejor modo de compartir el amor que Dios nos tiene.

– ¿Con qué actitud se enfrenta uno a los testimonios que se narran en el documental?, dado que no parecen ‘normales’, en el sentido de que detrás de cada una de esas personas hay una historia personal durísima.

– Todos son normales, corrientes, incluso vulgares. En algún caso puede llamar la atención su profesión (un deportista conocido, un guionista de Hollywood), o su pasado especialmente contrario a la ley de Dios (un terrorista, un ‘gigoló’…) pero como personas son y somos todos iguales: normales, seres humanos que cometemos errores y aciertos, que dudamos y avanzamos. Ninguno destaca en ese sentido. Todos provocan la envidia buena, el deseo de paz que sólo se disfruta al dejarse amar por Dios. En ese sentido,  cualquier espectador puede llegar a contagiarse.

– En uno de los coloquios que se realizaron en Valencia sobre su anterior trabajo se aludió en varias ocasiones a Medjugorje: ¿cómo le influyó su visita al santuario de esa ciudad bosnia?, ¿cómo ha cambiado su visión de la fe y de la Iglesia desde entonces hasta ahora?

– Mi visión de la fe y de la Iglesia está en permanente evolución, porque va ligada a mi experiencia de Dios, a quien voy conociendo poco a poco. Me siento un ignorante que sólo sabe unas poquitas cosas con total certeza: que Dios me quiere, que la Iglesia me acoge, que he sido creado para amar… Con esas pocas muletas, uno ya puede empezar a caminar. Sigo sorprendiéndome del amor tan grande que bulle dentro de la Iglesia. Constantemente doy con personas que me quieren sin conocerme, que se quieren entre sí, que acogen a todo el mundo, que sonríen y se abrazan… y pienso que de eso no se habla: del amor que se experimenta dentro de la Iglesia. Es una pasada, es algo que podría conmover al mayor enemigo de la Iglesia, si lo experimentara, si lo viera de cerca. No hay una institución más hermosa que la Iglesia, a pesar de los pecados de todos nosotros, ¡eso lo hace más hermosa, porque ves que la Iglesia no es un gran club de gente perfecta, sino un hospital donde cabe cualquiera y donde cualquiera puede saberse querido y aceptado como es!

– Viendo ‘Te puede pasar a ti, uno no puede más que reflexionar -quiza de forma algo trivial- sobre la condición del ateo y reflexionar: ¿realmente el ateo no cree en Dios o simplemente está esperando a qué algo o alguien le ‘toque’ y le haga ver que él/ella tambien es especial para Dios?

– Nadie puede ser, en sentido estricto ‘ateo’, una persona sin Dios, porque es imposible lograr que Dios abandone a una sola persona. Lo que sí es frecuente es la búsqueda de Dios en direcciones equivocadas. Buscamos la paz que sólo puede dar Dios en otras recetas: en el éxito profesional, en la estima de otros, en la salud, en la diversión… y sólo Dios puede colmar los deseos del corazón. El problema está en que nos han hablado de un dios falso, que no existe, y por eso le rechazamos. Un dios lejano, pasivo, indiferente, aburrido, cruel… Tiene sentido querer ser ateo si dios es ese ser tan antipático. Pero Dios es cercano, activo, amable, servicial, bueno… Es amor. Ese descubrimiento es una bomba para cualquiera.

– En este tiempo de crisis, ¿vamos a encontrarnos con más conversos?

– Dios está activo en todo momento, no se ha ido jamás de vacaciones. Somos las personas quienes acudimos a Él sobre todo en tiempos de dificultades o dolor. Pero también podemos encontrarle en la alegría, en las distracciones, en la belleza… Como dijo hace poco Benedicto XVI, hay tantos caminos para llegar a Dios como personas: infinitos.