La acogida en la Iglesia, como primer anuncio Carta semanal del arzobispo de Valencia, monseñor Carlos Osoro Sierra

El texto del Evangelio de San Juan que la Iglesia nos ha entregado este domingo pasado (Jn 10, 17-30), me impactó de una manera especial. ¡Cuidado que lo he meditado veces! Pero, quizá, en otras ocasiones no había examinado esas palabras del Señor en las que hace una afirmación tan rotunda y de tanta belleza y trascendencia: “Yo y el Padre somos uno”. En estas palabras, manifiesta una identificación entre Él y el Padre de una trascendencia impresionante. Yo las he traducido e identificado con esta expresión: Jesús es el icono del amor y de la ternura de Dios hacia nosotros. Y tienen tal fuerza para la Iglesia, en estos momentos que vive la humanidad, que sobre estas palabras quiero hacer la carta de esta semana.

En muchas ocasiones, “Yo y el Padre somos uno”, las había aplicado para dar luz a mi propio ministerio, y así debe ser también. Pero esta vez he querido ver a toda la Iglesia en esa afirmación.

La Iglesia, icono del amor y de la ternura de Dios que se nos ha manifestado en Jesucristo. Y, como consecuencia, si es la Iglesia Cuerpo de Cristo, es también un “icono del amor y de la ternura de Dios” entre los hombres y tiene una tarea en estos momentos: expresar que acoge a los hombres, que es el mejor modo de manifestar el amor y la ternura de Dios. La acogida en la Iglesia tiene que ser una característica del primer anuncio, pues suscita e incentiva el interés por Jesucristo y genera un movimiento de la persona hacia Él; no nos hace crecer en la fe como la catequesis, pero nos hace nacer a la misma con fuerza. Ante tantas heridas que hoy tiene el ser humano en todas las latitudes de la tierra, es muy importante que la Iglesia se presente en este mundo generando, por su vida y sus acciones, por la acogida que realiza con obras, palabras y gestos con los que se muestre el amor y la ternura de Dios manifestada en Jesucristo.

En toda la humanidad, pero en estos momentos con fuerza entre nosotros, en nuestra misma sociedad, en el vivir diario, nos encontramos y descubrimos innumerables víctimas que, como en la parábola del Buen Samaritano, están tiradas en el camino con graves e inusitadas situaciones de incertidumbre y de temores, con horizontes que, de vez en cuando, incluso, parecen de violencia, que dificultan la pacífica convivencia y la búsqueda de salidas para los que más están sufriendo. Densas nubes surgen por las situaciones de desamparo que viven tantas personas. No estamos exentos de los conflictos sociales que se generan y que ponen en duda a instituciones necesarias en el diario vivir de los hombres.

Todo ello manifiesta en toda su urgencia la necesidad de tener muy cerca a quien llamamos Príncipe de la Paz, a Jesucristo. Necesitamos su luz y su gracia. Y todo, para que los corazones de los hombres vuelvan a estar disponibles para la reconciliación, la solidaridad, la búsqueda de salidas para quienes están sufriendo más y la curación de las heridas que han aparecido. Os aseguro que cada día confío más en la bondad misericordiosa de Dios que abre caminos para todos los hombres y elimina los gérmenes nocivos y mortales. Os invito a acoger a Jesucristo, que es el icono del amor y de la ternura verdadera, que anima también a transformar todo en caminos de crecimiento. La Iglesia es “casa de acogida”, “lugar donde todos los hombres pueden entrar y tener un sitio”, “casa que ofrece curación y salud a todos los hombres sin excepción”, “casa de curación y comunión”.

¡Cuántas heridas tenemos los hombres hoy! ¡Cuántas incertidumbres! ¡Cuántos agobios! ¡Cuántas situaciones de sufrimiento! Hay muchos tirados en el camino. Y la Iglesia, como el buen samaritano, tiene que acercarse y pararse ante todos, nunca pregunta nada, se para ante todos, sin condiciones, y todos los que formamos parte de la Iglesia tenemos que conmovernos y acercarnos con la mirada y los gestos de amor y ternura de Jesucristo. Hemos de invitar a todos los hombres a entrar en ella, pues propone a quien es Camino, Verdad y Vida, pero hemos de ser quienes formamos la Iglesia espejos buenos que reflejen el rostro de Dios y la maravilla que es, mostrar con nuestras vidas, ese icono de amor y ternura que es Jesucristo. Todo está abierto de par en par, en esta “casa del Señor”, “casa de acogida”. Que todos vean en nosotros la mirada de Cristo, la que tuvo el Buen Samaritano con aquel que se encontró en el camino, lo miró y lo trató como a una imagen de Dios que somos los hombres, lo curó y puso a disposición de él lo que era y lo que tenía. Así se sitúa el ser humano ante Dios. Hemos de ser capaces de vendar las heridas y poner todos los remedios necesarios para que se curen. El mejor remedio, la mejor medicina, es vivir con el mismo amor del Señor, que tiene su traducción en obras concretas que redundan siempre en recuperar la imagen de Dios que somos, cuando estamos heridos por algo o alguien en el camino de la vida.

Una tarea urgente
Urge pensar en profundidad y analizar todas las manifestaciones que tiene todo esto que estamos llamando crisis económica, pero que es mucho más, porque lo que se está poniendo en juego es la concepción de hombre y, por tanto, el significado plenamente humano del quehacer del hombre. Es una crisis más profunda, pues afecta a todo el ser humano y a sus relaciones. La crisis actual, como nos recordaba el Papa emérito Benedicto XVI, hunde sus raíces en la crisis de fe. De ahí la urgencia del primer anuncio y de esa tarea urgente en ese primer anuncio, “la acogida”. El anuncio de Jesucristo, como hicieron los primeros cristianos, que consideraban la hospitalidad como un deber fundamental, es una de las expresiones más auténticas de la caridad. Recordemos aquellas palabras de San Pablo: “acogeos mutuamente como os acogió Cristo para gloria de Dios” (Rom 15, 7). El primer anuncio con esa dimensión de “la acogida”, lo podemos hacer todos los bautizados. A todos se nos ha dicho “id y anunciad”. Solamente cuando el ser humano se siente acogido, se le pueden ofertar certezas sólidas y criterios sobre los cuales construir la vida.
Servir y acercar el amor y la ternura de Dios a los hombres, en estos momentos que vive nuestra sociedad, es una tarea urgente. En nuestra cultura prevalece la insatisfacción, el vacío de la existencia, la pérdida del deseo de creer, amar y esperar. ¡Y éstos son cimientos para construir la persona! Por eso, si faltan, ¿qué hacer para ponerlos? Animémonos todos los cristianos a acercar la persona de Jesucristo a los hombres. Tomemos esta tarea como algo urgente, pues la construcción de la ciudad del ser humano tiene todo el sentido. Pero, para ello, hay que saber quién es el ser humano y conocer sus verdaderas medidas. Todo ello nos lo revela Jesucristo. Por eso, fuera el relativismo, que elimina la luz de la Verdad y considera peligroso hablar de la Verdad, y fuera el encapsulamiento de la persona en sí misma. Hay que abrirse a los demás y, por supuesto, a Dios. Cuanto más nos abrimos a Dios, más entran todos los hombres en nosotros y ponemos nuestras personas al servicio de ellos. Fuera la dictadura del relativismo que nada reconoce como definitivo y deja como medida última solamente el propio yo. Fuera la desesperanza, pues solamente la esperanza hace que el ser humano no se cierre en el nihilismo paralizador y estéril, solamente la esperanza hace que nos abramos al compromiso generoso hacia todos los hombres y a nuestra sociedad para poder mejorarla. Nuestro mundo tiene necesidad del anuncio de Jesucristo. Seamos miembros vivos de la Iglesia y hagamos de ella lugar de “la acogida”.