Necesitamos urgentemente una nueva evangelización Carta del cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares

escudo-canizaresAnte la fiesta de Santiago Apóstol, Patrono de España, y pensando en la Jornada Mundial de la Juventud que se está celebrando en Polonia, siento que me apremia hablaros de nuevo sobre la necesidad urgente de una nueva evangelización. La “nueva evangelización constituye el horizonte de la misión de la Iglesia, de toda la Iglesia, en este milenio que prácticamente estamos todavía comenzando. Hoy apremia, como tantas veces nos lo recuerda el Papa y nos lo enseña con su ejemplo, que debemos ser anunciadores incansables del Evangelio. Ninguna otra dedicación puede quitarnos de ésta. El desplome del cristianismo y de la fe en Occidente, la inmensa masa de hombres que en el Oriente o en el Sur, incluso entre nosotros, no le conocen reclama que nos entreguemos prioritariamente al servicio del anuncio misionero del Evangelio. La hora presente debe ser la hora del anuncio gozoso del Evangelio, así será también la hora del renacimiento moral y espiritual de nuestro mundo, la hora de la esperanza que no defrauda”.

En continuidad con el magisterio del Concilio y con las ricas indicaciones del magisterio de los últimos Papas, ésa es en este nuevo periodo de la historia nuestra tarea más apremiante como Iglesia, que no podemos en modo alguno dejar de lado o debilitar. Porque no podemos ir a los hombres, ni estar en medio de ellos ni dirigirnos a ellos con otra fuerza ni con otro bagaje que con el que nos ha entregado la Iglesia, su riqueza única, Jesucristo, el verdadero tesoro; no poseemos ninguna otra palabra ni ninguna otra riqueza, no tenemos oro ni plata, no poseemos poder ni fuerza alguno para servir a la esperanza y dar testimonio de ella que Cristo: pero ésta ni la podemos olvidar, ni la queremos silenciar, ni la dejaremos morir. En el mundo que vivimos, no queramos saber otra cosa entre los hombres, al igual que Pablo, que Cristo, y Éste crucificado, y no queramos hacer otra cosa que evangelizar a través de cuanto somos y hacemos, a través del testimonio de nuestra palabra y de nuestra existencia, a través del anuncio explícito de Jesucristo y de su testimonio vital cada día más diáfano, claro y valiente.

En el fondo de los hombres de hoy en general, y de los jóvenes en particular, hay una sola y gran aspiración en relación con la Iglesia: ¡Tienen sed de Cristo; el resto lo pueden pedir a otros. Buscan a Cristo. Todos le buscan. A la Iglesia se le pide a Cristo! Y de nosotros tienen derecho a esperarlo con obras y palabras. Somos deudores para con los hombres de hoy de este anuncio-testimonio; se lo debemos porque nosotros hemos recibido esa gracia sin mérito nuestro, y ellos tienen derecho a reclamarlo de nosotros; se lo debemos a los más cercanos y a los lejanos; se lo debemos sobre todo a los más pobres y necesitados, en el alma y en el cuerpo; a todos, también a los que confiesan a Dios en otras religiones o a los que en absoluto creen en Él, a todos se lo ofrecemos también con respeto y amor fraternales, humilde, con sencillez.

Así pues, insistiendo una vez más, “nuestro tiempo, como dijo hace unos años el Papa San Juan Pablo II en Palermo, no puede ser tiempo para la simple conservación de lo existente, sino que es tiempo para la misión. Es tiempo para proponer de nuevo, y ante todo, a Jesucristo, el centro del Evangelio. Una pastoral de sola conservación y mantenimiento es, a todas luces, insuficiente; aún más, hoy es también culpable”. No podemos caer en esa culpabilidad. Por ello nos apremia esa “nueva evangelización: Nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en su expresión”, como dijo muchas veces el Papa San Juan Pablo II. “El ardor tiene que ver con la conversión, es decir, con la mirada a Cristo. Los métodos y la expresión serán nuevos en la medida en que Cristo sea encontrado por hombres de este mundo, de esta cultura, que expresan el drama de la existencia, y por tanto, en el lenguaje y con los modos propios de nuestro mundo de hoy. Los métodos y la expresión no son nada si falta el ardor de un encuentro con Jesucristo que toque el centro de la persona”.

Que Dios nos conceda el que podamos ser testigos cada día más valientes del Evangelio de Jesucristo. Que Dios nos conceda la fortaleza de su Espíritu para que, ganados enteramente por Cristo y para Cristo, sintamos cada día más viva esa urgencia que sintió san Pablo y vivió Santiago: “¡Ay de mí si no evangelizare!”. Que la fuerza para todo ello la saquemos de donde únicamente puede brotar: de la Palabra de Dios, de la oración, de los sacramentos, de la comunión eclesial, de la Eucaristía, encuentro real con el Señor presente en el pan y en el cáliz que ofrecemos al Padre cada vez que celebramos el memorial del Misterio Pascual.