Ante la renuncia de Benedicto XVI al ministerio petrino Por monseñor Enrique Benavent Vidal, obispo auxiliar de Valencia

La noticia de la renuncia del Papa Benedicto XVI al ministerio petrino nos ha sorprendido y nos ha conmocionado a todos los que amamos a la Iglesia. Nos ha sorprendido porque ha sido una noticia inesperada. Nada hacía prever que el Papa había tomado esta decisión. Nos ha sorprendido porque es una situación inédita para todos los católicos que exige de no-sotros unas determinadas actitudes espirituales para acogerla desde la fe. Los días posteriores al anuncio la pregunta que me he formulado en mi interior y que he llevado a mi oración es ésta: ¿Cuál es la reacción que nace desde la fe? A esta pregunta quieren responder estas breves reflexiones.

a) Respeto a la decisión de Benedicto XVI. El Papa ha afirmado que la ha tomado ante Dios y en fidelidad a su conciencia. Ha sido una decisión que viene exigida por su conciencia, pero una conciencia que quiere responder a la voluntad de Dios en este momento de su vida. Nada hay más digno de ser respetado en toda persona que las decisiones que toma en fidelidad a lo que la conciencia iluminada por la fe le dicta. Por tanto, no me parecen cristianos los juicios que desde el exterior se puedan hacer sobre esta decisión, tanto los juicios acusadores como los de aquellos que desde fuera de la Iglesia y, posiblemente movidos por intereses que no son el amor hacia ella, se puedan hacer.

b) Dolor por lo que el Papa y la Iglesia estamos viviendo. La situación no es para alegrarse. Sin duda alguna, detrás de esta decisión hay un sufrimiento moral y físico. El Papa no se siente con fuerzas para ejercer dignamente su ministerio. Y esto le hace sufrir a él y a toda la Iglesia. La decisión no le habrá resultado fácil. La habrá tomado después de un doloroso combate interior. Nosotros, como Iglesia, nos unimos y participamos de su sufrimiento. No me parece que sea un sentimiento cristiano alegrarse por su marcha porque se pensaba que el Papa no era el que la Iglesia necesitaba, ni la alegría de los que piensan que éste ha sido un gesto valiente y que ya era hora de romper con algo que se consideraba un tema “tabú” como lo es la renuncia del Papa.

c) Gratitud por el servicio que el Papa ha prestado a la Iglesia durante los años de su pontificado. El Papa, en su magisterio, nos ha ayudado a recordar lo esencial de nuestra fe y de lo que el testimonio cristiano nos pide en el momento actual: ser testigos del amor y de la esperanza cristianos, vivir en el mundo en constante diálogo con él dando razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pidiere y haciéndolo con dulzura y respeto, estar cercanos a los hombres de nuestro tiempo sin actitudes previas de condena, volver a lo esencial del cristianismo que es la apertura a un Dios a quien nuestra cultura tiende a relegar a un lugar irrelevante, mostrar el rostro de Cristo para que los hombres puedan conocerlo y amarlo. No ha sido un papa “político”, sino profundamente religioso. No cree en las estrategias del mundo para hacer “vencer” sus ideas, sino que confía en la fuerza de la fe. Por estas enseñanzas y por el testimonio de su humildad, sencillez y cercanía debemos estar agradecidos a Dios. No me parece una actitud cristiana pensar que Benedicto XVI no ha aportado nada a la Iglesia. Ha sembrado de manera admirable la semilla del Evangelio en nuestro mundo y no dudo que el Señor la hará fructificar.

d) Confianza en que la decisión del Papa es lo mejor para la Iglesia. Benedicto XVI ha tomado su decisión en plena libertad y siendo plenamente consciente de la gravedad de la misma. No estamos ante una decisión improvisada y tomada de un modo irreflexivo. No es su modo de actuar. El Papa mismo hace pocos años había manifestado su convicción de que el Sucesor de Pedro tiene el derecho y el deber de hacer lo que él ha hecho si siente que sus fuerzas le incapacitan para ejercer dignamente el ministerio. La decisión es grave, pero podemos imaginar que Benedicto XVI habrá pensado que no dar este paso podría haber conducido a la Iglesia en un futuro inmediato a una situación más grave que la que pueda haber creado a la Iglesia su renuncia. Del mismo modo que hemos confiado en él durante su pontificado y nos sentíamos seguros con él al frente de la Barca de Pedro, también debemos confiar en que él ha tomado la decisión no pensando en sí mismo, sino en el bien de la Iglesia. No me parecen cristianos los juicios que pueden llevar a pensar que el Papa no ha buscado el bien de la Iglesia.

e) Oración por la Iglesia en estos momentos. Oramos por él, para que sienta la cercanía del Señor en estos momentos en que quiere pasar a ser invisible para el mundo. Él estará con su oración cerca de la Iglesia. Que no dude que la Iglesia estará también a su lado con su afecto y con su oración. Toda una vida entregada a la Iglesia y el sacrificio que esta decisión supone para él merecen todo nuestro afecto y nuestra plegaria. Oramos también por la Iglesia, para que el Señor le regale un pastor que sea testimonio de auténtico discípulo y apóstol del Señor, para que encuentre el afecto de una Iglesia en la que, por nuestros pecados, hay excesivas rencillas y divisiones interiores y para que el Señor le ilumine en su misión de presentar el Evangelio como fuerza de salvación para todos los hombres.