El Cardenal a los consagrados: “Os admiro por vuestra vida notoria y escondida y por todo lo que hacéis” En la misa en la Catedral con motivo de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada

PILAR MELGAR | 7-02-2019

La misa con motivo de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada tuvo lugar en la Catedral. (FOTO: J.PEIRÓ)

Con un agradecimiento al “testimonio valiente” de todos los miembros de institutos de vida consagrada y de las sociedades de vida apostólica de la archidiócesis comenzó la eucaristía que presidió el cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, junto al obispo auxiliar, monseñor Javier Salinas y el delegado de la vida consagrada Martín Gelabert, en la Catedral coincidiendo con la Jornada Mundial de la Vida Consagrada.

Ante una multitud de religiosos, miembros de institutos seculares, virgenes consagradas y con la solemnidad que caracteriza, y a la que colaboraron de forma especial los cantos litúrgicos a cargo del grupo de estudiantes dominicos que tam­bién actuaron como ácolitos, dió comienzo la Eucaristía con la bendición de las velas y pro­cesión solemne que representa la entrada de Cristo, que es la luz del mundo, al Templo de Jerusalén.

La proclamación de las lectu­ras, corrió a cargo de varias re­ligiosas.

Vivir como hijos de la luz
En su homilía el Cardenal con un saludo a los presentes y felicitándolos “porque también nosotros hemos visto al Salvador.“La consagración religiosa nos evoca y remite a la consagración bautismal.” Por ésto hizo una invitación a “vivir como hijos de la luz, para que cuando aparezca el Señor nos encuentre con la lámpara encendida”.
Recordó a todos que: “Por vuestra vocación estáis llamados a representar el misterio de la redención” “ Sois recuerdo vivo y permanente de la llamada a la santidad”.

Aprecio y admiración
El Arzobispo, expresó a todas las personas consagradas su “gran aprecio, admiración y reconocimiento por vuestra generosidad, caridad y servicio a los demás, a favor de la Iglesia y de los hombres, brilláis en este mundo con vuestra presencia en escuelas, hospitales, atendiendo a desvalidos y marginados”.

Recordó que “Dios es vuestro horizonte, sólo Dios, y ésta es la sustancia de la vida consagrada”, por lo que “en tiempos de desconcierto en los que vivimos, la sociedad y el mundo necesita vuestro testimonio”.

Por todo ello, “la Iglesia, a todos vosotros y vosotras os debe mucho; yo os debo mucho, la diócesis os debe mucho y os quiere”, según el Arzobispo animó a seguir siendo “medio privilegiado de evangelización eficaz, dando testimonio de esa santidad y caridad” y a “vivir con radicalidad” la vocación, “testimoniar a Cristo con obras y palabras” y matizó que este seguimiento de Cristo ha de ser “sin dudas ni ambigüedades. Seguid a Cristo hasta la muerte”

De igual manera tuvo una llamada a la comunión puesto que “el camino de la renovación es el de la comunión” y animó a “buscad siempre el camino de la mutua colaboración”.

Signos de esperanza
Igualmente, el Cardenal aseguró que la vida consagrada “es el presente de lo que esperamos en el futuro”, para alcanzar una humanidad nueva.

“Sois signo de esperanza y vitalidad” como “la Iglesia joven, gozosa y llena de belleza y vida que he podido ver recientemente en Panamá durante la Jornada Mundial de la Juventud”.

Terminó su homilía encomendándonos a María la sierva del Señor.

Tras sus palabras continuó la Eucaristía, que fue concelebrada también por una treintena de sacerdotes, el titular de la archidiócesis de Valencia pidió por Venezuela y “por todos aquellos países que están atravesando una situación difícil para que sean iluminados por la luz de Cristo” y para “que sea posible una humanidad nueva, en paz”.

En la eucaristía participaron activamente en las preces representantes de numerosos institutos de vida consagrada y de las sociedades de vida apostó́lica de la archidió́cesis.

Al finalizar la comunión y durante la acción de gracias intervino el vicario episcopal para la Vida Consagrada, Martín Gelabert, quién agradeció al Cardenal sus palabras y destacó que “es importante que podamos reunirnos para dar gracias a Dios por el gran don de la vida consagrada, como signo de unidad entre nosotros, y como signo de que la vida consagrada forma parte esencial de la vida de la Iglesia”.
La Eucaristía finalizó con el himno a la Mare de Déu.