El Papa Francisco y la educación Carta semanal del cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares Llovera

Estos últimos tiempos está muy en el candelero el tema de la educación en España y en nuestra Comunidad autónoma. Está en juego y discusión el concepto de educación, el papel de la escuela, el sentido cristiano de la educación… Tengo entre mis manos, entre lo abundante del su magisterio sobre esta temática, un discurso del Papa Francisco dirigido a los estudiantes de las escuelas de Jesuitas en Italia y Albania, de junio de 2013, que nos viene como anillo al dedo en nuestra situación española.

Un Papa como Francisco, tan sensible a todo lo humano, tan preocupado por el hombre, sobre todo los más pobres y vulnerables y como buen jesuita, no podía dejar de estar atento a una realidad profundamente humana y vital en la que se juega su futuro, el ser hombre: LA EDUCACIÓN. Mucho podríamos decir de esta faceta educativa de Francisco, desde Jesuita, como Arzobispo de Buenos Aires con la creación de la plataforma de “Scholas ocurrentes” o las “Escuelas de vecinos”, y en la actualidad como Papa. Su magisterio sobre la escuela, sus enseñanzas dirigidas a los maestros, a los padres y a los jóvenes, sus alocuciones e indicaciones para los centros de estudio superiores, es abundantísimo y constante. No podía ser de otra manera en un Papa como el que Dios nos ha regalado y nos confirma en la fe de la Iglesia, cuyo camino no es otro que el hombre, en expresión feliz de San Juan Pablo II.

La educación, muy en primer término, en el pensamiento de Francisco, es como hacía Jesús, nuestro Maestro: “enseñar a vivir bien”; es decir, “enseñar a cómo realizar una existencia que tenga un sentido profundo, que dé entusiasmo alegría y esperanza”, esto es un nuevo estilo de vivir en el que se viva el amor y del amor, la confianza, la gratuidad y la alegría de la vida-
Un día el Papa Francisco preguntaba a jóvenes: “¿por qué vais a la escuela?”. Él mismo añadía: “probablemente me responderéis con muchas respuestas según la sensibilidad de cada uno. Pero pienso que se podría resumir todo diciendo que la escuela es uno de los ambiente educativos en los que se crece para aprender a vivir, para llegar a ser hombres y mujeres adultos y maduros, capaces de caminar, de recorrer el camino de la vida”.

A continuación, en este diálogo con jóvenes de la escuela, les pregunta de nuevo, como buen pedagogo: “¿Cómo os ayuda la escuela a crecer?” y él mismo, Francisco, se responde que ayuda no sólo en el desarrollo de la inteligencia, sino para una formación integral de todos los componentes de la personalidad. Qué poco se tiene en cuenta esto en el ámbito escolar más propenso a enseñar y transmitir datos para almacenar en la inteligencia y como un ordenador, acoplarlos y ordenarlos en orden a capacidades y destrezas, a tener conocimientos y saberes, pero no en orden al ser y al vivir. La instrucción prima sobre la formación y sobre la educación. Francisco se distancia de esto.

Y en este sentido, dirá, siguiendo a san Ignacio de Loyola, que “elemento esencial de la escuela es aprender a ser magnánimos. La magnanimidad es virtud del grande y del pequeño, (Non coerceri máximo coruineri minimo, divinm est) que nos hace mirar siempre al horizonte. ¿Qué quiere decir ser magnánimos? Significa tener el corazón grande, tener grandeza de ánimo, quiere decir tener grandes ideales, el deseo de responder a lo que Dios nos pide, y precisamente por esto realizar bien las cosas de cada día con un corazón grande abierto a Dios y a los demás. Es importante entonces cuidar la formación humana que tiene como fin la magnanimidad”.

Considero qué oportuno es decir esto en estos precisos momentos de gran emergencia educativa en todos los países, particularmente, en los países occidentales, aprisionados por secularizados y laicistas. Esto es lo que deberían ofrecer, caminando a contracorriente, los colegios de la Iglesia o escuelas católicas, como escuelas verdaderamente humanizadoras y evangelizadoras, escuelas que enseñen un nuevo arte y estilo de vivir, en diálogo, para contribuir a la unidad y a la comunicación. Estas escuelas no solo ampliarían la dimensión intelectual de los alumnos, sino, sobre todo, también la humana y la social, para vivir en convivencia y en libertad de verdad. Así nuestras escuelas estarían “atentas a desarrollar las virtudes humanas: la lealtad, el respeto, la fidelidad, el compromiso, la libertad y el servicio”.

Papa Francisco se detiene en estos valores fundamentales, la libertad y el servicio. Ante todo personas libres, teniendo en cuenta que “libertad quiere decir saber reflexionar acerca de lo que hacemos, saber valorar lo que está bien y lo que está mal, los comportamientos que nos hacen crecer; quiere decir elegir siempre el bien. Nosotros somos libres para el bien”. Y en esto no hay que tener miedo a ir contracorriente, incluso si no es fácil. “Ser libre para elegir siempre el bien es fatigoso”, pero hará “personas rectas, que saben afrontar la vida, personas con valentía y paciencia (parresía e ypomoné). La segunda palabra es servicio. En las escuelas participan los alumnos en actividades que los habitúan a no encerrarse en sí mismos o en su pequeño mundo, sino a abrirse a los demás, especialmente a los más pobres y necesitados, a trabajar por mejorar el mundo en el que vivimos”. Por eso, el Papa añadirá y dirá a los jóvenes: “Sed hombres y mujeres con los demás y para los demás, verdaderos modelos de servicio a los demás”.

Además de lo dicho, para ser magnánimos con libertad interior y espíritu de servicio, el Papa Francisco pide “formación espiritual”, como algo necesario en la educación. Por eso dirá a los jóvenes: “Queridos muchachos, queridos jóvenes, ¡amad cada vez más a Jesucristo! Nuestra vida es una respuesta a su llamada y vosotros seréis felices y construiréis bien vuestra vida si sabéis responder a esta llamada. Percibid la presencia del Señor en vuestra vida- Él está cerca de cada uno de nosotros como compañero, amigo, que os sabe ayudar y comprender, os alienta en los momentos difíciles y nunca os abandona. En la oración, en el diálogo con Él, en la lectura de la Biblia, descubriréis que Él está cerca de vosotros. Y aprended también a leer los signos de Dios en vuestra vida- Él nos habla siempre. Incluso a través de los hechos de nuestro tiempo y de nuestra existencia de cada día. Está en nosotros, escuchadle”.

Qué sabiamente concibe el Papa la tarea educativa en la escuela, sobre todo en la escuela católica, y también lo que debiera ser la enseñanza religiosa en el ámbito escolar. Haríamos muy bien en acercarnos al pensamiento educativo tan iluminador del Papa Francisco y la escuela y los jóvenes ganarían muchos enteros en calidad educativa: una verdadera “alternativa” para la enseñanza que tanto se necesita.

Esto, si se hace bien como se debe, vale también para todos. Es verdad que, principalmente en la escuela católica -en toda escuela- reclama educadores que sean testigos de lo que supone la enseñanza para hacer magnánimos como el Papa pide. En Francisco tenemos un pedagogo que nos conduce por la senda a recorrer para hacer hombres y mujeres magnánimos, conforme al gran modelo educativo, antropológico, que es Jesús que ha venido por todos, a todos ama y a todos se ofrece.