“En la cárcel he encontrado el sentido de mi vida” Prefiere ocultar su rostro y usar un nombre ficticio. Sin embargo, sí quiere contar su historia, su experiencia y sus vivencias durante los 3 años y 3 meses que ha pasado en el Centro Penitenciario de Picassent.

Su cuenta ya está saldada y ha pagado por el delito económico que comentió. Podría volver a su vida de antes y olvidarse de esta etapa. Pero su paso por prisión lo ha cambiado todo y ella ya no es la misma persona. Hoy traemos a las páginas de PARAULA el testimonio de una valenciana que, tras pasar por la cárcel, ha creado una fundación para dar soporte y colaborar con la labor de Pastoral Penitenciaria del Arzobispado de Valencia.

EVA ALCAYDE | 22-03-2019
Cuando sus abogados le acompañaron a la puerta, el día que tenía que entrar en prisión, le advirtieron que su vida iba cambiar. Pero entonces Marta no podía ni imaginar el giro de 180 grados que iba a experimentar su vida.
Es valenciana, de buena familia y clase social alta. Nunca nadie de su entorno había pisado una cárcel. Y ella en 2014, después de años de juicios, sentencias recurridas, sesiones de abogados y largas esperas, decidió presentarse voluntaria para ingresar en prisión. Le juzgaron por un delito económico en una empresa y su pena fue de 3 años y 3 meses, que cumplió en el módulo 18 del Centro Penitenciario de Picassent.

¿Cómo se prepara una persona para ingresar a la cárcel?, ¿cómo se encaja eso? Para Marta -como para cualquiera, es de suponer- fue duro. Pero ella decidió que si tenía que pasar por ello, lo haría de la mejor manera posible. “Entré muy asustada y con mucho miedo, pero creo que supe gestionar bien mi estancia allí. No conocía a nadie y cuando vi la celda me quise morir. Me dediqué los primeros 15 días a observar cómo era la vida en el módulo y a saber quién era cada una de las internas”.

Claro que el resto de las reclusas también le observaban a ella. “Se que no tengo el mismo aspecto que la gente que está en prisión. Además decidí que no podía hacerme un moño, ponerme un chándal y esperar a que pasaran los tres años. Yo me arreglaba cada día como si me fuera a trabajar y llevaba la misma ropa que en la calle”, explica mientras tratamos de imaginarla con su traje chaqueta y su maquillaje perfecto, caminando por el módulo 18.
“Mis compañeras me veían leer a todas horas y se me acercaban pidiendo que les leyera documentos o les redactara alguna instancia”, añade Marta que así pronto hizo “grandes amigas” dentro de prisión.

Le nombraron encargada de limpieza del módulo. Y aceptó lo que para ella supuso todo un reto. “No tenía ni idea de fregar, pero le pedí a otra interna, una señora mayor, que me enseñara a hacerlo y aprendí a usar las fregonas y los cubos de palanca. También organicé el cuarto de los productos, puse estanterías y lazos de colores a los mochos”, cuenta Marta para explicar cómo iba dejando el rastro de su personalidad por todo el módulo.

Allí pasó tres años compartiendo vida con 117 mujeres, sin intimidad y sin libertad, las cosas que más echó de menos durante ese tiempo. Aunque lo que más le atormentaba dentro de prisión era lo que su familia pudiera sufrir fuera por su culpa. “Lo pasé muy mal por mi madre. Lo que me estaba pasando a mi lo podía gestionar yo, pero mi sufrimiento era mi madre y la repercusión social que pudiera tener mi paso por prisión. Al principio se lo oculté, le dije que me iba de viaje y todos los días le llamaba desde la cárcel, pero después de un tiempo tuvimos que decirle la verdad y hubo gente que le hizo daño por ello”.

A Marta su paso por prisión le ha servido de mucho y como vaticinaron sus abogados le ha cambiado la vida. Resuelta y decidida, asegura que “estar en la cárcel te sirve para hacer una limpieza de agenda tremenda”. También allí se acercó a la pastoral penitenciaria y ha tenido la oportunidad de conocer a personas que, de otra manera no se hubiera cruzado nunca con ellas. “Y me siento muy orgullosa de haberlas conocido”, apunta Marta que continua visitando a algunas de sus amigas en Picassent todos los fines de semana.

De la cárcel al centro de Valencia
Tras su estancia en el Centro Penitenciario, y con el tercer grado en el bolsillo, Marta pasó al Centro de Inserción Social Torre Espioca y de allí a la casa de acogida para mujeres “Antonia Mª de la Misericordia”, impulsada por la Pastoral Penitenciaria del Arzobispado, en el centro de Valencia.

Allí Marta convive con otras 16 mujeres. Cada una de ellas con una historia diferente y personal a cuestas y en común un pasado delictivo, un presente acogedor y un futuro esperanzador. Esta casa permite a las mujeres vivir en semilibertad, cerca de su entorno social, y prepararse para su nueva vida en libertad. Entre las 23:00 y las 7:00 horas todas deben estar en la casa, pero ellas acuden mucho antes.

“En esta casa soy feliz. Cada una somos diferente pero estamos muy unidas. Nos reímos mucho y aunque tenemos que entrar por la noche, muchas venimos a cenar con Víctor y su familia”, afirma.

Y es que en la casa también vive el responsable de Pastoral Penitenciaria, Victor Aguado, con su mujer y su hija. Ellos tienen una zona reservada donde mantener un poco la intimidad, aunque según Aguado “aquí, la familia somos todos” y su ejemplo y testimonio también es una enseñanza para las usuarias de la casa.

“Con Víctor podemos hablar de cualquier cosa, le podemos contar todo, porque sabemos que él no nos va a juzgar. Al contrario, se pone en nuestro lugar, nos comprende y nos ayuda”, dice Marta que está tan a gusto en la casa que ha retrasado su salida todo lo que ha podido. “En realidad es que somos una auténtica familia”, asegura.

Una Fundación para dar soporte a la Pastoral Penitenciaria

Mucho tiempo libre en prisión le hizo a Marta pensar en muchas cosas. Por ejemplo en su suerte por tener un equipo de abogados que velaban en todo momento por ella y sus intereses. “Me visitaban todas las semanas. Pero allí dentro vi a gente aparcada como un mueble durante años, que hubieran podido salir antes, pero por falta de medios, por desconocimiento, o porque nadie se movía por ellos, ahí estaban…”, lamenta la valenciana que decidió que tenía que hacer algo por cambiarlo.

Así que nada más salir se ha puesto manos a la obra y está realizando los trámites necesarios para crear una fundación, sin ánimo de lucro, que apoye la labor de la Pastoral Penitenciaria, especialmente para ayudar en la reinserción social de los internos.

“Mi idea es hacer todo lo posible para llegar donde la Pastoral Penitenciaria no puede llegar, facilitar los trámites de la gente dentro y fuera de prisión, y cubrir necesidades como la búsqueda de empleo, la terapia psicológica, o ayudas de cualquier tipo”, explica al tiempo que reflexiona: “Podría no hacer nada, haber cumplido mi condena y volverme a mi vida de antes. Pero la cárcel me ha cambiado y quiero trabajar por los demás. He descubierto que me llena ayudar a los demás, me hace feliz y es lo que quiero hacer”, asegura Marta, que llega incluso a afirmar con rotundidad “Me siento orgullosa de haber estado en prisión”.

Y es que a Marta la cárcel le ha transformado y es muy consciente de que ha salido más fuerte de lo que entró, “sin miedo a nada, con el corazón muy sensibilizado y más humanizada”, dice orgullosa. “He sufrido mucho por los desengaños que me he llevado y el daño que he hecho a mi familia lo llevo dentro, pero la cárcel ha sacado también lo mejor de mi y me ha hecho darme cuenta, de que tengo que llenar mi vida de otras cosas, de autenticidad”, dice con una gran sonrisa.