«He ganado el ‘Gordo’: me encontré con Cristo, conviví junto a Él y he podido contarlo para difundirlo» Miguel Aranguren publica la novela 'J.C. El sueño de Dios'

L.B. | 18-07-2019

Miguel Aranguren, autor de la novela ‘J.C. El sueño de Dios’

El escritor y articulista Miguel Aranguren acaba de publicar su última novela ‘J.C. El sueño de Dios’, de la editorial Homo Legens. La semana pasada visitó Valencia para presentar esta obra en la que convierte a los principales personajes del Evangelio en protagonistas de un argumento con tramas épicas e intimistas.

– ¿Qué le ha llevado a escribir una novela sobre un personaje del que ya parece que se haya dicho todo?
– Jesucristo reúne aspectos fascinantes para un novelista con fe: en primer lugar, es la única persona de la Historia de la que podemos afirmar que sigue viva (no puedo detenerme en las numerosísimas comprobaciones científicas, basadas en los cientos de testigos oculares de su resurrección). Además, su cualidad divina hace que sea posible una relación personal, individualizada, de Jesús con cada ser humano, sin importar el tiempo ni el lugar. Por último, cuanto más lo observamos más nos cautiva. Si a esto sumamos la creatividad literaria, todo lo que he escrito lleva el sello de la novedad. Me conmueve cada vez que recibo un mensaje en el que un lector me asegura que el libro le ayuda a mantener un diálogo prolongado con su protagonista.

– ¿Por qué este título, ‘J.C. El sueño de Dios’?

– Soy un escritor de mi tiempo: utilizo el ordenador para redactar mis novelas y, por tanto, guardo los documentos en archivos a los que doy un nombre propio. Nada más comencé la novela, elegí las iniciales de su protagonista: J.C. para nombrar el archivo. Además, muchas veces me descubría tarareando una canción de Mecano que lleva el mismo nombre. Y cuando finalicé el libro quise completar el título con una realidad que surca todas sus páginas: la salvación es el sueño de Dios con nosotros, un deseo enamorado, la razón por la que envió a su Hijo a vivir, padecer, morir y resucitar por cada uno de nosotros.

– ¿Cómo preparó la novela?
– Hay tanto material acerca de Cristo que antes de empezar a estudiar hice una labor de selección. Me interesaban los estudios serios, aquellos que van y vuelven a los Evangelios, lejos de polémicas vacías. Por otro lado, necesitaba mucha información acerca del momento histórico y el lugar que Dios escogió para venir al mundo. Era una sociedad muy peculiar, con costumbres propias y un carácter que la distinguía de los demás pueblos. Por eso recurrí a todo tipo de fuentes acerca del judaísmo de la época. Y solicité, también, ayuda de un arqueólogo que realiza excavaciones en Tierra Santa, de un sacerdote especializado en el Antiguo Testamento y busqué muchos datos acerca del clima, la botánica, la fauna, la agricultura… Eso sí, no me he servido de los Evangelios Apócrifos sino que en todo momento he querido estar acompañado por los canónicos: Marcos, Mateo, Lucas y Juan.

– Cuando la escribió, ¿pensaba en algún tipo de lector en concreto?
– El proceso creador de una novela es muy delicado. Exige dar el cien por cien en cada momento, y en este caso los momentos han sumado siete largos años en los que me centré en el texto, ajeno a lo que pudiera venir una vez estuviese publicado. Considero un error escribir para un público concreto. El novelista anhela que su obra trascienda, que llegue a todo tipo de lectores y que guste, sobre todo, a aquellas personas que todavía no le han leído o no comparten sus creencias ni sus ideas. Tratándose de Jesús -¡el personaje más universal!-, abrí el corazón con el deseo de llegar a cuanta más gente.

– ¿Por qué cree que un no creyente puede tener interés en leer una novela sobre Jesús de Nazaret?
– Me gusta una anécdota referida a un obispo español que fue invitado a visitar una universidad pública. Mientras caminaba por los pasillos, un alumno tuvo el atrevimiento de insultarle. El prelado se detuvo, lo buscó y le dijo con mansedumbre: “Si me conocieras, me querrías”. Al día siguiente, además, se tomó la molestia de que uno de sus ayudantes volviera a la universidad para buscarle e invitarlo a almorzar en el palacio episcopal. Aquel gesto fraguó una bonita amistad entre el joven y el obispo, de tal forma que cuando fue designado como titular de otra diócesis, el estudiante lloraba al despedir a su amigo (por cierto, sé que a partir de la comida recibió varios sacramentos). Algo parecido sucede con Jesús: cuando le conoces, cuando le tratas se rompen todas las barreras. Nadie hay tan atractivo como él, para los creyentes, por supuesto, pero también para aquellos que no creen.

– ¿Qué novedad aporta a la figura de Jesucristo esta novela?
– Por lo que me cuentan los lectores, el libro les atrapa de tal forma que sienten estar participando en cada una de sus tramas. He procurado trabajar los espacios que quedan entre una escena y otra de los Evangelios, pues es allí donde es posible dejar libre a la imaginación. A su vez, los personajes me han permitido colarme en la intimidad de sus viviendas, conocer sus grandezas y miserias, sus miedos y alegrías. Y el lugar en el que me he sentido más cómodo -fácil es suponerlo- ha sido el hogar de Nazaret, donde me he visto cara a cara con Jesús niño y adolescente, pero lejos de los tópicos dulzones de las obras artísticas bien intencionadas. Es ese Jesús que todavía no ha dado comienzo a su vida pública el que me ha robado el corazón.

– ¿Y de otros personajes que aparecen en ella: José, María, Juan Bautista…?
– San Juan Bautista es un desconocido, a pesar de que el mismo Cristo diga de él que se trata del hombre más grande nacido de mujer. Nos resulta extraño, lejano a nuestra realidad, al cristianismo aplicado al mundo de hoy. Sin embargo, en él se reúnen rasgos apasionantes: no solo pagó con su vida la fidelidad a Jesús, sino que aceptó de pronto un papel secundario, a pesar de que fue el colofón del tiempo viejo (Jesucristo inaugura el tiempo nuevo, el culmen de la Historia), lo que le obligó a renunciar a todo prestigio y autoridad en favor del nuevo rabí. En su cautiverio padeció dudas de fe, la conocida noche oscura del alma que lo hermana a todos nosotros, que también flaqueamos en el camino hacia Dios.

Por otro lado está José, el bueno de José. Es un hombre que pasa desapercibido entre su gente, a pesar de su disposición a servir a los demás, de su empeño en realizar bien su trabajo, de su alegría, aunque sea torpón en algunas cosas. José deseaba formar un hogar para llenarlo de hijos… Y de pronto, sin quererlo ni beberlo, se convierte en el eje del más grande de los misterios, lo que implica muchas renuncias por su parte, de las que solo él y María son conscientes. Dios le llamó para soportar terribles sufrimientos morales. Con sencillez, supo abandonarse, confiado, en la voluntad de Yahvé, fortalecido como un héroe. Además, estaba locamente enamorado de María.

Por último, María, cuya recreación me ha supuesto todo un reto. También ella pasaba desapercibida en su entorno, y eso que había recibido un alma inmaculada, limpia de pecado. Se vio abocada a compartir su dulzura con un mundo violento, vengativo, sin que se alterara su capacidad de vivir en paz. Supo guardar los secretos de Dios, destinados a abrirnos las puertas de la felicidad.

– La presencia del demonio es continua en la novela, ¿por qué?
– La Historia es un drama: la lucha entre el Bien y el Mal. Sabemos cuál va a ser el final, la derrota de Satanás. Pero hasta entonces todo está sujeto al desequilibrio, a pesar de que Dios no se olvida de nosotros. En aquel tiempo el demonio cobró un especial protagonismo porque él sospechaba que se acercaba la hora del Mesías, al que pretendía devorar. Lo constatamos en la aparición constante de endemoniados en cada uno de los Evangelios, en la actividad de Jesús y de sus discípulos contra el poder del Infierno, así como en la predicación de Cristo, que se refería con frecuencia al Príncipe de la Mentira en una llamada de atención a los hombres de aquellos momentos y también a los de hoy.

– ¿Qué le ha aportado a Vd. esta novela?
– ‘J.C. El sueño de Dios’ me ha exigido más que ninguna de mis otras obras. En su preparación y redacción he sufrido y gozado a partes iguales, como si para culminarla tuviera que pagar un precio (la sensación de que no iba a acabarla, la constatación de que muchas editoriales me cerraban sus puertas, la presión externa para que abandonara este proyecto…). Eso sí, desde el primer momento he contado con el apoyo de mi mujer y el de Marta Moreno, mi agente literario, que creyeron a pies juntillas en la necesidad del libro. Por último, me siento un privilegiado por la oportunidad de acercar a miles de lectores a Jesús.

– ¿Qué nos puede aportar a los lectores o a la sociedad actual? ¿En qué nos puede mejorar?
– Uno de los aspectos que más me han llamado la atención durante la escritura de ‘J.C. El sueño de Dios’, es que los Evangelios no envejecen. Es decir, suenan actuales como si se hubiesen redactado hoy mismo, lo que me hace pensar que Jesucristo es el personaje central de la humanidad y que lo seguirá siendo hasta el final de los tiempos. Él tiene el poder para cambiar vidas, para que en la rama seca que somos cada uno de nosotros corra de nuevo la savia y broten hojas y frutos, para que el sufrimiento encuentre sentido y para que el bien se contagie por todos los rincones. Y, de premio, la herencia del Cielo.

– Dentro de su producción literaria, ¿dónde situaría esta novela? ¿Considera que tiene algo especial que la haga distinta?
– No me corresponde encasillar mi novela en un género u otro. ¿Es una novela histórica?… Sí. ¿Es una novela de aventuras?… Sí. ¿Es una novela de carácter religioso?… Sí. ¿Es una novela introspectiva?… Sí. Y por supuesto que es una novela distinta en el conjunto de mi obra, de tal modo que la valoro como un regalo, una lotería que no busqué y, sin embargo, me ha hecho ganar el ‘Gordo’, ya que puedo asegurar que yo me encontré con Cristo, conviví junto a Él y he tenido la ocasión de contarlo para difundirlo a miles de lectores.