Hermanas de la Caridad de Santa Ana: pobreza, castidad, obediencia… y hospitalidad 210 años de la congregación que hoy rige el hospital Casa de Salud de Valencia, con vivencias entrañables
Además de colegios y centros de acogida, las Hermanas atienden a enfermos y ancianos. Foto: Alberto Sáiz

Además de colegios y centros de acogida, las hermanas atienden a enfermos y ancianos. Foto: Alberto Sáiz

L.B. | 17-12-2014

El próximo domingo 28 de diciembre la congregación de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana celebrará el 210 aniversario de su fundación. “Somos una inocentada que el Señor le gastó a la Iglesia”, comenta con mucho humor la hermana Mª Victoria Pérez.

Son ya más de dos siglos de “caridad hecha hospitalidad, especialmente con los más necesitados”, según su carisma. Precisamente de la hospitalidad han hecho su cuarto voto, junto a la pobreza, la castidad y la obediencia.

En nuestra diócesis son muy conocidas por ser las religiosas del hospital católico Casa de Salud, pero su presencia es mucho mayor, pues cuentan con varios colegios, residencias de mayores y casas de acogida para niños y jóvenes.

La congregación nació en Zaragoza el 28 de diciembre de 1804, cuando un grupo de doce mujeres, encabezadas por la madre María Ráfols (Vilafranca del Penedés 1781-1853) , llegaron acompañadas por el padre Juan Bonal para atender el Hospital de Nuestra Señora de Gracia. Allí, cuidaban de los enfermos y, también, de los niños abandonados. Por eso, al principio sus fundaciones “unían escuelas y hospitales o dispensarios”, explica la provincial, la hermana Juani Garrido.

 

Más que un hospital

Las Hermanas de la Caridad de Santa Ana llegaron a Valencia en 1895 al hospital Casa de Salud, que entonces se llamaba ‘Instituto ginecológico del Dr. Manuel Candela’.

La labor de las religiosas en el hospital va más allá de la atención sanitaria. “Cuando estamos enfermos o tenemos a alguien en el hospital nos sentimos muy vulnerables y desprotegidos. No entendemos nada, ni le vemos sentido a la enfermedad, al sufrimiento ni a la muerte. Necesitamos hablar y contar qué es lo que nos pasa. Por eso, nos buscan, nos llaman o, simplemente, empiezan a hablar con nosotras en cuanto nos ven”, explica la Hna. Mª Victoria, superiora de esta comunidad.

La capilla también es un lugar de encuentro con las hermanas. “A veces están en la capilla mientras el familiar está en quirófano. El tiempo de espera es tremendo”, subraya.

Ese compartir con las religiosas las situaciones difíciles y también las alegres, como el nacimiento de un niño o la curación después de una enfermedad difícil, “une y crea lazos, a veces, más fuertes que los familiares” y hace que la relación con los pacientes y sus familiares vaya más allá de la estancia hospitalaria e, incluso, dure toda la vida.

Ése es el caso de una hermana que ha desempañado una labor muy importante en la lactancia. “Enseñaba a las madres a dar de mamar a los niños y, como ha estado tantos años, la conoce media Valencia. Cuando sale a la calle le saludan todas las mujeres”.

 

Lloró al reconocerla

A otras hermanas aún vienen a verlas personas a las que atendieron en los años 60 y 70. “Alguna de esas hermanas sigue estando en planta y la gente pregunta por ella. Se acuerdan, le tienen cariño y agradecimiento”, explica la hna. Mª Victoria. “El paciente viene muy preocupado y sin aceptar la situación, pero poco a poco lo va aceptando, día tras día lo ves que va cambiando y eso me enseña a mí y lo vivo como algo mío”, comenta la propia María Lara.

“La hermana Bárbara Torres es sorda y cuando veía el timbre de llamada de algún enfermo, ella iba sin preguntar. Era muy servicial y muy, muy trabajadora”, cuentan. “Hace unos años, le acompañamos a Correos a recoger alguna cosa. Mientras esperábamos nuestro turno, salió un chico de detrás del mostrador, preguntó si era ella, le pidió permiso para abrazarle y se puso a llorar”, recuerdan. “Nos contó que la hna. Bárbara cuidó de su madre y de él cuando tenía 12 años. Su madre le hizo prometer que la buscaría y le daría un abrazo en su nombre. Por fin, había podido hacerlo”.

A las enfermeras la hermana Mª Victoria siempre les dice que “esta casa está edificada sobre tierra sagrada porque aquí hay mucha vida de las hermanas. Tanta entrega… sin medir horas, pasos, ni trabajo… Su vida entera está aquí”.

 

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