Inmaculada Concepción: Santa María del Adviento Carta semanal del cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares Llovera

Hemos vivido la semana pasada la fiesta de la Inmaculada Concepción de la siempre Virgen María. En Ella ha brillado, como en ninguna criatura humana, la gracia del Señor. En Ella hacemos memoria agradecida por las grandes obras que El Señor ha hecho con su humilde sierva y con la humillada humanidad. En Ella vemos y palpamos, reconocemos y admiramos la total fidelidad. La memoria que hacemos de la Concepción Inmaculada de María debe convertirse en gratitud, alabanza y adoración sin fin al dador de todo don, Dios, rico en piedad y misericordia.

La Virgen María ha dado el «sí» a Dios más grande y decisivo que nadie concebido de hombre y de mujer, haya dado a lo largo de la historia, tan grande y decisivo que de ese «sí» ha dependido la salvación y la esperanza del mundo entero. Un «sí» lleno de gozo y confianza. María, llena de gracia, toda santa, Virgen Inmaculada, ha vivido toda su vida en una apertura total a Dios, en perfecta armonía con su voluntad; la que no tocó el pecado primero ni gustó jamás de la amargura y fuerza destructora del pecado, vivió, como humilde esclava, pendiente de su Señor en entera sumisión y en obediencia fiel al que «ha hecho obras grandes en ella y por ella». Y esto siempre, incluso en los momentos más difíciles, que alcanzaron su cumbre junto a la Cruz.

Ella ha puesto toda su vida en manos de Dios, y no dejará jamás de decir este «sí» suyo, por el que ha venido la salvación y devuelto la esperanza a todos los hombres y pueblos. Como su Hijo, Redentor único de los hombres, cuya existencia histórica se mueve entre el «aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad», de la encarnación, hasta el «que no se haga lo que yo quiero, sino lo que Tú quieres», del Huerto de los Olivos en Getsemaní.

La historia de la salvación tiene su punto central en el acontecimiento de la Encarnación del Hijo de Dios, que proclamamos el día de la fiesta de la Inmaculada, situada en el camino de su alumbramiento en Belén.

Que es alumbramiento de una humanidad nueva, concebida ya en el seno virginal y purísimo de la Santísima Madre. Es la Encarnación la naturaleza humana, nuestra humanidad, ha sido asumida para redimirla y rescatarla del pecado y de la muerte; en previsión de los méritos de la Redención de su Hijo y para ser digna morada suya, María ha sido ya rescatada en el momento mismo en que fue concebida. San Pablo nos dice en su carta a los Gálatas «Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley para que recibiéramos el ser hijos por adopción». Estas palabras de Pablo adquieren especial resonancia en esta fiesta, en que leemos el Evangelio, la buena noticia de que Dios, fijando su mirada en María, ha puesto su morada en Ella, ha ennoblecido la naturaleza humana, hasta el punto que su Hacedor no desdeñó hacerse su hechura, en su bendito vientre prendió el Amor. También nosotros nos convertiremos en morada y casa para muchos si nos identificamos con María, con su dócil «sí» al anuncio del Ángel.

Todo en la Virgen María, mujer de fe, dichosa porque ha creído, apunta a su Hijo Jesucristo. En Ella, Él, Hijo único de Dios, ha sido concebido por obra del Espíritu Santo y se ha hecho hombre Emmanuel. Nos ha dado a Cristo en persona y su amor vive en Él, por Él y para Él, de manera que nada ni nadie puede separarle de su amor. Sabe de su amor y, por eso, como a los criados de las bodas de Caná, también a nosotros nos dice hoy: «Haced lo que Él os diga». En esa breve frase de Caná de Galilea se encierra todo el programa de vida que María, nuestra madre Inmaculada, llevó a cabo como la primer a discípula del Señor y que hoy nos enseña. Es un proyecto basado en el cimiento sólido y seguro que se llama Jesucristo. Es el mismo programa que nos puso como gran programa para el Nuevo Milenio, apenas comenzado, San Juan Pablo II: «No, no será una fórmula la que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde ¡Yo estoy con vosotros! No se trata de inventar un nuevo programa … Es el de siempre, recogido en el Evangelio y en la Tradición viva. Se centra en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar, e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historias hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste», hasta que «aparezca un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia».

Con toda nuestra imperfección y pecado, no queramos otra cosa que vivir en Cristo, conocer a Cristo, dar a conocer a Cristo y ser testigo de su verdad y de su misericordia. Miremos a Cristo y sigámosle. No nos cansemos de proclamarle. En Él tenemos todo el gozo, la alegría, la felicidad, la paz. En El sólo, y nada más que en Él, está la vida, la salvación y la esperanza. Él es el rostro de Dios. Y Dios, como tantas veces he dicho desde que vine a vosotros, es el único asunto central para el hombre. Cuando se silencia a Dios o se vive al margen de Él es el hombre el que sufre el más profundo quebranto de su humanidad más propia.

Por eso, exhorto a todos a que no tengamos miedo a que Cristo sea de verdad nuestro Señor, dueño y maestro, nuestro salvador. No temamos seguirle. No podemos tener miedo a anunciar le, ya que es el único Nombre en el que podemos ser salvos, el camino, la verdad y la vida de todo hombre que viene a este mundo. No podemos tener miedo, por lo mismo, a ser santos porque esa es nuestra vocación: en Cristo hemos sido llamados y elegidos para ser irreprochables, e inmaculados, Inmaculada, toda santa, resplandece esta llamada. Ella también escuchó las palabras «No temas, no tengas miedo, a ser morada del que viene a traer la santidad a la tierra». No tengamos miedo, pues, a vivir de verdad el Evangelio de Jesucristo, que es el Evangelio de la caridad, de la felicidad, de las bienaventuranzas, de la misericordia, de la gracia, de la reconciliación y de la paz. No podemos tener miedo a hacer presente el Evangelio en la familia, en la sociedad, en la política, en el mundo laboral y profesional, en la economía, en la enseñanza, en la cultura, en los medios de comunicación social, en todo lo que afecta al hombre y es humano. Sí, por el contrario, hemos de estar precavidos y tener miedo a una Iglesia, a unas comunidades anquilosadas y sin vida, a un ser cristianos sin profundidad religiosa y teologal, a una destrucción del hombre, a un pseudocultura hedonista, a una forma de vivir la fe desentendida de los problemas y sufrimientos de los hombres, a una cultura de la muerte y de la insolidaridad, de la violencia o del terror. De nada ni de nadie hemos de tener miedo: Dios está con el hombre, con cada hombre. En la Encarnación de su Hijo, en cierto modo, se ha unido con cada hombre. En eso se ha manifestado su amor que disipa todo temor. En Cristo tenemos cómo Dios nos ama. Y, como dice San Pablo, «¿Quién podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús?».

Al finalizar este coloquio con vosotros, lectores de PARAULA, dirijo la mirada a la Santísima Virgen María, la fiel esclava del Señor, que de tal manera colaboró con Dios, que por Ella nos vino la salvación y la vida, y le pido que vuelva sobre todos nosotros, sus ojos misericordiosos y nos muestre al fruto bendito de su vientre: Jesús, para que le conozcamos, le amemos, le sigamos, y, como Ella, lo entreguemos a los demás. A Ella, Madre de misericordia, nos encomendamos para que sea Ella, imagen perfecta de la Iglesia, toda santa y llena de gracia, la que nos ayude a ser una Iglesia santa, una Iglesia de santos que testifica ante los hombres que Dios es Dios, Santo; que Ella interceda por todos nosotros, que gemimos en este valle de lágrimas, y sea para todos nosotros maestra y modelo de vida cristiana vivida en plenitud. A Ella, Virgen del Aviento, fuente viva de esperanza, confiamos el presente y el futuro de Valencia, y de toda la humanidad. En Ella se ha cumplido la promesa que es la vida, el deseo de felicidad que la define a pesar de todos los desastres presentes y futuros. Por eso Ella es la revancha más clara y profunda sobre la aparente inutilidad de la vida. Nadie, tampoco nosotros, puede arrancar la realidad de esta flor, la de la Virgen Inmaculada, Madre de Dios. Ella es un hecho que desafía nuestro escepticismo, nuestra ausencia de esperanza. En Ella se muestra la verdad de que para Dios «nada hay imposible».

Para todos, mi afecto siempre, mi plegaria y mi bendición.