Jornada Pro Orantibus para manifestar el agradecimiento por la vida contemplativa PARAULA ofrece el testimonio de las Carmelitas de la Encarnación de Valencia

C.ALBIACH | 24-05-2018
“Solo quiero que le miréis a Él“. Con esta frase de santa Teresa de Jesús, la Iglesia en España celebra la Jornada Pro Orantibus, que coincide con la solemnidad de la Santísima Trinidad. Una jornada en la que se recuerda especialmente a las comunidades de vida contemplativa que dedican su vida a la oración en la clausura. Desde la comisión episcopal para la Vida Consagrada de la Conferencia Episcopal Española señalan que con el lema de la jornada de este año “se quiere manifestar el agradecimiento y, a la vez, el apoyo paternal a los innumerables hombres y mujeres que esparcidos por la geografía española mantienen vivo el ideal religioso de la vida contemplativa”.

Encuentro abadesas
En el marco de esta celebración este viernes 25 de mayo se celebrará el encuentro de abadesas y prioras con el arzobispo de Valencia en la casa de ejercicios de la Purísima de Alaquàs.

En esta jornada, además de la celebración de la eucaristía presidida por el arzobispo de Valencia, el cardenal Antonio Cañizares, habrá un momento de diálogo de las prioras y abadesas de los conventos y monasterios femeninos abiertos de la diócesis con el Arzobispo. Asimismo Rafael Belda, servidor mayor de los Cooperados de la Verdad, ofrecerá la conferencia ‘La vida contemplativa en el siglo XXI a la luz de la Vultum Dei quaerere’.

Una vida feliz dedicada a la oración

La comunidad de la Encarnación está formada por 16 religiosas, entre ellas cuatro postulantes. (FOTO: S.MARTOS)

En pleno centro de Valencia, en medio del bullicio de la ciudad e incluso a escasos metros de unas calles marcadas por la prostitución y la droga se levanta el Convento de la Encarnación, donde viven entregadas a la oración 16 religiosas de la orden Carmelitas de la Antigua Observancia. En sus muros aunque no hay móviles ni ‘tablets’ ni grandes lujos las religiosas, muchas de ellas jóvenes, son felices. Así lo demuestran sus palabras pero sobre todo sus rostros, que se asoman entre las rejas del locutorio.

¿Qué se hace dentro de un convento de clausura? El trabajo principal es la oración. “Los que buscan al Señor no carecen de nada”. Con este versículo de un salmo la priora del convento, la hermana Mª del Sagrario Lorite, recuerda que aquí no les falta de nada: “Dios nos ha llamado para alabarlo, bendecirlo y darle gracias y en medio del silencio nos da el entusiasmo y la alegría”. Además, la religiosa recuerda que no están retiradas del mundo: “Estamos en el centro de todos los problemas, en el corazón del hombre y para eso estamos aquí, para rezar por todos”.

A la oración unen el trabajo, que consiste en planchar la ropa y ornamentos que les llevan y hacer escapularios, así como la vida en la celda. Todo bajo el espíritu del Carmelo.

La priora, natural de Jaén, tras 40 años de vida religiosa, es la que más transmite alegría y así se lo hace ver a las más jóvenes, de las que gran parte de ellas han encontrado la vocación a la vida contemplativa en su vivencia de la fe en el Camino Neocatecumenal en Venezuela. “Llegan tras un discernimiento con los catequistas y los sacerdotes allí. Además, siguiendo las indicaciones del papa Francisco, el discernimiento continúa aquí y tienen que pasar varios años hasta la realización de los primeros votos”.

Así lo atestigua la maestra de novicias, la hermana Noraima, que llegó hace 15 años al convento. “Con mi misión imito al maestro, a Cristo y estoy para dar una palabra de ánimo y para ayudarles que hagan la voluntad del Señor”. Ella cuando habla de su vocación no duda en resaltar la gran importancia de la oración: “Rezar es clamar a Dios para que bendiga a todos, la oración es la que mueve a la Iglesia y la evangelización, es su motor”.

Llamadas desde jóvenes

A su lado se encuentra la hermana Ana Mª de Jesús, de 24 años y que llegó hace siete al convento. Antes de entrar era gimnasta y estudiaba música pero la participación en la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid en 2011 cambió de rumbo su vida. “Dos meses antes sentí una llamada fuerte a la santidad y en la peregrinación vi que el Señor me llamaba. Media hora antes de embarcar para volver a Venezuela, en el mismo aeropuerto, la priora y otra hermana me propusieron que si quería hacer una experiencia en el convento. Yo veía que esa no era mi vocación pero accedí”, relata. Poco a poco, tal y como cuenta, “el Señor me ha hecho muy feliz con esta vocación, que me costó mucho”. “Cuando entré estuve meses sintiendo que me vibraba el móvil en la pierna y eso que no lo tenía”, cuenta entre risas.

Una historia similar a la de Celina de Santa Teresita, de 18 años, y una de las cuatro postulantes que hay en el convento. “Mi vida era muy vacía, yo no tenía personalidad y mi vida se dedicaba a dormir, comer y estar en Internet viendo series y más series”, cuenta. “Sin embargo, tras experimentar que eso no me llenaba vi que el Señor me llamaba y decidí dedicarle un año al Señor”, añade. Tras cinco meses en el convento no duda en expresar su felicidad: “El Señor me sacó del vicio de Internet y he descubierto que el único que da la vida es Jesucristo. Aquí soy feliz”.

Una historia muy diferente es la de la hermana Manuela, de Jaén y que hace el servicio en la sacristía. Ella ingresó en el monasterio con casi 60 años después de una vida muy activa trabajando en una farmacia y ayudando en la parroquia. “A los meses de morirse mi madre me rompí la pelvis y me tuve que jubilar. En ese momento me empecé a plantear si el Señor me llamaba a estar en un convento, cosa que jamás me había planteado”, relata. Esa inquietud se la comentó a la priora, con la que tenía relación, e hizo una experiencia. Hoy lleva ya 13 años de vida religiosa: “Aquí tengo contacto directo con Dios fuera del ruido del exterior”.

Todas las hermanas coinciden en hablar de felicidad. Es el caso de Mercedes, que llegó con 29 años. “Era ingeniera civil, tenía coche, dinero… lo tenía todo y sentía un gran vació y vi que en ese momento el Señor me llamaba a ser su esposa”, relata. Tras un discernimiento llegó al convento: “Dije vengo para un año y me vuelvo, pero ya llevo 15. Aquí soy muy feliz”.