Resurrección, paz y misericordia Carta semanal del cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares

El domingo pasado fue el Domingo in Albis, domingo en que celebramos además, por decisión del Papa San Juan Pablo II, la Divina Misericordia: su muerte coincidió providencialmente con este domingo. Comparto el gozo y la alegría de la Pascua, y con los cristianos el gozo y la alegría de la fe y de ser y de vivir en la Iglesia. No hay más que motivos para dar gracias a Dios, que hace la Iglesia; la misma y única Iglesia de los primeros tiempos, aquella que se reúne en torno a los apóstoles y sus sucesores, en torno a Pedro y sus sucesores que sigue actualizando signos y maravillas de la misericordia de Dios en favor de su pueblo. ¡Qué gran testimonio el de aquellos primeros cristianos que vivían y se reunían de común acuerdo, que tenían un sólo corazón y un sólo pensar, que admiraba a las gentes y crecía en número de los que se adherían al Señor. Es esa misma Iglesia en la que estamos tantos, a la que Dios, en su infinita misericordia, ha querido asociarnos e incorporarnos a tantos, llamada también hoy a admirar, aun en medio de incomprensiones, de persecuciones, de los poderes de este mundo.¡Cuánto necesitamos de esto, precisamente en una semana trágica para nuestra Iglesia hermana en Sri Lanka, que ha sufrido de nuevo el zarpazo de la división y de la Pasión de más de 250 nuevos mártires asesinados por las fuerzas de Satanás, presente en el ISIS o en el DAESH, que tanto odia al hombre, los cristianos y la paz. Expresamos nuestra unión total y plena en el dolor, la esperanza y la oración por esta Iglesia hermana de Sri Lanka, tan afligida y azotada, pero tan pletórica de esperanza por el testimonio de sus recientes mártires, testigos actuales y singulares de la resurrección, de la victoria en ellos de Cristo sobre el enemigo Satán, que busca a quien devorar y destruir.

Hay un dato muy significativo de la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles que merece la pena destacarse: «La gente sacaba los enfermos para que al pasar Pedro, su sombra al menos cayera sobre algunos. Mucha gente de alrededor acudía a Jerusalén llevando enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos se curaban». Es en la Iglesia, representada por Pedro, donde se muestra la sombra de la misericordia de Dios, que es curación, que es vida, que es amor, en definitiva, tan contrario al odio y a la destrucción del hombre por el hombre. Este es el sentido de la Iglesia, surgida del costado de Cristo, de las llagas y de las heridas de Cristo, para dar testimonio del amor, del perdón, de la misericordia de Dios, frente al odio, la violencia asesina o la muerte.

También en el libro de los Hechos, en otro pasaje, se nos dice: «Los Apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor». No podían menos de contar lo que habían visto y oído. Esto es lo que nos toca hoy, y sin esto no tiene razón de ser nuestra existencia de cristianos. Ese testimonio, esa fe es lo que salva al mundo. Esa fe es la victoria sobre los poderes del mal, la que derrota la muerte y el odio; en esa fe está el futuro del hombre, la paz entre los pueblos, la reconciliación y la concordia para las gentes, que es el futuro del hombre y de la sociedad. Esa fe del que cree sin haber visto, pero que se ha encontrado con el Crucificado y Resucitado que vive en medio de los discípulos, es el fundamento para la esperanza de la Iglesia, la raíz de un amor que se entrega todo por encima de los poderes de muerte, que lleva a un verdadero compartir, a un mismo pensar y sentir entre los que lo reconocen, a una verdadera unidad, a una humanidad hecha de hombres nuevos que se aman de verdad y sin reservas.

La fe en la resurrección resume lo más fundamental de la fe en Dios. Él es «el que ha resucitado a Jesucristo de entre los muertos». En la resurrección, Dios Padre, de una vez por todas, nos ha manifestado que Él es Amor y Señor de la vida, Dios de vivos y no de muertos. Él es la vida misma que agracia con su vida a los hombres y la felicidad creadora de quien podemos fiarnos incondicionalmente en cualquier callejón sin salida. Ahí tenemos la luz de la verdad que ilumina toda la misión eclesial. Nosotros mismos somos testigos, por la resurrección Jesucristo, de que Dios no abandona al hombre definitivamente, y, así, de la verdad del hombre. Dios, en efecto, que en Jesucristo se ha empeñado en favor del hombre, no lo deja ni lo dejará en la estacada por muy sin salida que se encuentre. La resurrección de Jesucristo es la manifestación plena y culminante de la misericordia de Dios, porque en ella han sido vencidas para siempre y de manera irrevocable las fuerzas del mal. Conviene recordarlo en este domingo dedicado expresamente a reconocer, proclamar, agradecer y alabar la misericordia de Dios; conviene recordarlo, además, y recordarlo de manera especial, en los tiempos que corremos, por ejemplo en los atentados de Sri Lanka, o la violencia tan cruel en Sudán y Nigeria, en Venezuela o porque en el siglo XX y los comienzos del XXI, «a pesar de todos los avances indiscutibles están siendo marcados por el ‘misterio de la maldad’ de modo particular» (Juan Pablo II). Siguen las divisiones y las descalificaciones, también las vemos en España, siguen las tribulaciones, de las que nos habla Juan en el Apocalipsis, siguen las heridas abiertas de Jesús crucificado. Pero, sigue irrevocablemente el reinado y la esperanza de Jesús, vencedor de toda muerte y de toda destrucción humana, de toda división: «El es el primero y el último, es el que vive. Estaba muerto, y vive por los siglos de los siglos, tiene las llaves de la muerte y del infierno».

Dios, en Jesucristo, el Señor, es siempre nuestra esperanza, porque es rico en misericordia, su misericordia lo llena todo y no tiene fin. Esta esperanza brota de la resurrección de Jesucristo, es su verdadera garantía y certeza, es donde se hace realidad viva y se nos otorga a la humanidad entera la liberación, cuya fuente y esperanza se encuentra precisamente en la misericordia de Dios. «Es necesario que este mensaje llegue a todos, especialmente a quienes parecen perder la dignidad humana bajo el misterio de la maldad. Ha llegado la hora de que el mensaje de la Misericordia Divina llene los corazones de esperanza y se convierta en la chispa de una nueva civilización del amor» (Juan Pablo II). La vida de la comunidad de Jerusalén de la que nos habla la lectura de los Hechos de los Apóstoles es fruto de esta Misericordia, por la que Dios ha vencido la fuerza del mal, y ha hecho aparecer una nueva comunidad humana, que se rige por el amor, y radica en la unidad y la paz.

La resurrección de Jesucristo nos da la certeza de que existe Dios y de que es un Dios de los hombres, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Padre de la misericordia, amor misericordioso. La resurrección de Jesucristo es la revelación suprema, la manifestación definitiva, la respuesta triunfadora a la pregunta sobre quién reina realmente, si la vida o la muerte, si el odio y el desamor, o el amor, la compasión y la misericordia. El verdadero mensaje de la Pascua es: Dios existe, y es la verdadera clave para nuestras necesidades más profundas, es nuestra salvación única. Ahí tenemos las claves para la verdadera humanización, y la aportación más valiosa de la Iglesia y de los cristianos a la obra humanizadora y de paz de nuestro mundo, conforme al querer de Dios que tan apasionadamente ama al hombre como nos ha mostrado en la muerte y resurrección de Jesucristo. Ahí hallamos el fundamento más firme para que los cristianos, en esta hora de crisis de humanidad, ofrezcamos y hagamos presente cuanto significa la fe en la resurrección para el ser de la persona humana y su logro. Ahí encontramos la base más sólida, la piedra sillar en que asentar la apuesta por el hombre, por su liberación, por su salvación, por su vida, por su destino, por su fin y su meta, por su dignidad y grandeza.

Hoy en general ya no somos capaces de reconocer que la cuestión, la realidad, de «Dios» es lo más importante y decisivo de nuestra vida, de la vida de todo hombre y de la humanidad entera. «A menudo, el hombre vive como si Dios no existiese e incluso pretende ocupar su puesto. Se arroga el derecho del Creador a interferir en el misterio de la vida humana, quiere decidir mediante la manipulación genética la vida del hombre y determinar el límite de la muerte. Rechazando las leyes divinas y los principios morales, el hombre atenta contra la familia, intenta callar la voz de Dios en el corazón de los otros hombres y pretende hacer de Él el ‘gran ausente’ en la cultura y en la conciencia de los pueblos» (Juan Pablo II).

Esta es nuestra enfermedad, la enfermedad de nuestro tiempo: negar a Dios, vivir de espaldas a El. No habrá curación para el hombre si no se le reconoce otra vez a Dios, a Jesucristo revelador de Dios, como la piedra angular de nuestra existencia. La vida humana será verdadera vida sólo en comunión con Dios. Sin Él, permanece por debajo de su propia dignidad y se autodestruye. Pero esa comunión redentora y salvadora con Dios, plenificadora del hombre, será posible sólo en Cristo resucitado, Hijo único que el Padre ha enviado y en el cual El mismo es Dios-con-nosotros para siempre. La resurrección de Jesucristo es la confirmación real de que Jesucristo verdaderamente es el Hijo Único de Dios venido en carne. Necesitamos fortalecer la fe en Jesucristo, que ha resucitado de entre los muertos, para encontrar todo el sentido y orientación para la presencia de los cristianos en el mundo, la orientación que reclama de nuestras personas y de nuestra labor, la luz y la verdad de nuestra historia.

Démonos cuenta de una cosa: Si Cristo no hubiese resucitado querría decir que el amor es inútil y vano, una promesa vacía e irrelevante; que no hay tribunal alguno y que no existe la justicia; que sólo cuenta el momento; que tienen razón los pícaros y los astutos, los que no tienen conciencia. ¿Para qué educar entonces, qué sentido tendría? Si Cristo no hubiese resucitado significaría que todo habría acabado con la pasión y el sufrimiento, con el vacío de la muerte y la soledad del sepulcro donde todo se corrompe. Pero de ahí no nacería la alegría de la salvación, sino la tristeza irremediable de que no puede triunfar el Amor, la Vida y la misericordia sobre el mal, el odio y la muerte. Ahí está el quicio de todo. Quienes no admiten que Jesucristo ha resucitado, en el fondo huyen o retroceden al sepulcro, se quedan en él. De semejante huida no nace la esperanza y la apertura al futuro, que como pura gracia se nos da, sino la triste resignación a que todo es irremediable e inexorable, que nada puede ser renovado o reemprendido, que nada puede ser perdonado y vivificado, y que el ansia de infinitud, de vida plena y para siempre no tiene respuesta alguna. De semejante huida sólo nace el miedo, la cerrazón, el sinsentido. Pero, entonces, ¿qué sentido tendría el vivir? Sólo la resurrección nos abre a la esperanza, nos alienta a ella, nos abre al futuro y señala caminos que nos conduzcan a él, porque el duelo que se trabó entre la vida y la muerte, se ha inclinado de manera definitiva y sin vuelta atrás del lado de la Vida, del lado del Amor y de la Misericordia de Dios. Ese duelo secular que acompaña toda la historia de la humanidad y de la Iglesia, que con tan fuerte intensidad se ha manifestado en los últimos cien años, desemboca en el triunfo del Señor de la Vida, el que es la revelación y entrega de Amor Misericordioso de Dios cuya gloria es que el hombre viva, de Dios que ha resucitado a Jesucristo, de Jesucristo resucitado, vencedor de la muerte, porque Él mismo es la vida y ha venido para que tengan vida en plenitud y vivan para siempre en el Señor.

Finalmente, permitidme que diga, no olvidemos que el que ha resucitado es el que ha sido crucificado. «Ved los agujeros de los clavos en mis manos y en mis pies, ved el costado abierto», le dice a Tomás, que no acaba de creer que había resucitado. Y es que Cristo, Resucitado, sin la cruz y sin la concreción histórica de Jesús, sería solamente un mito fácilmente manipulable, una estéril proyección de nuestras aspiraciones, un fantasma o un ideal que se crea conforme a los usos o situaciones del momento. El realismo de la resurrección ilumina el realismo que ha de caracterizar toda la vida cristiana.

Que Dios, en su infinita misericordia, nos conceda a todos mantenernos firmes en esta fe, que es nuestra victoria, y que demos testimonio valiente de esto, del Evangelio de la misericordia como concentrado en la Resurrección de Jesucristo.