La semana pasada me he visto inmerso en varios acontecimientos de fe: la peregrinación diocesana mariana al Santuario de Nuestra Señora de Fátima y otros lugares marianos, culminada con la consagración de nuestra Diócesis y España a la Virgen María. Posteriormente he asistido al Consistorio de la creación de diez nuevos cardenales, dos de ellos españoles, y la imposición del Palio Arzobispal a 26 nuevos Arzobispos de todo el mundo. Todo ello manifestación y expresión de la comunión en la misma fe en la que nos confirma y une el sucesor de Pedro, el Papa Francisco. El domingo pasado era una invitación a la fe en Jesús que salva. Leemos en la Carta de San Pablo a los Gálatas: Todos sois hijos de Dios, por la fe en Cristo Jesús.
¿Quién es Cristo? Esa es la gran cuestión. ¿Quién dice la gente que es Jesús? Hoy como entonces en tiempos de Jesús, se dan infinidad de respuestas: un maestro de moral, el fundador de una nueva religión, un líder de valores, de grandes valores que enseñó, un gran hombre, un personaje del pasado que nos enseñó a amarnos. Pero eso no basta ni esto nos salva, ni nos devuelve a nuestra gran dignidad y grandeza: la de ser hijos de Dios en Él y con Él.
Por eso, Jesús se dirige a nosotros, sus discípulos cristianos, y nos pregunta: ¿quién decís vosotros que soy Yo? ¿Quién decimos que es Jesús? Sólo hay una respuesta: la que da Pedro el que nos confirma en la fe que viene de lo alto, por revelación de Dios: “Tú eres el Mesías de Dios”, el Enviado de Dios, el Ungido de Dios, el Hijo de Dios vivo.
Es el Mesías, salvador al que el pueblo de Israel esperaba. Un día llegan a Jesús los discípulos de Juan el Bautista, que esperaba, y recogiendo las esperanzas del pueblo elegido por Dios, preguntan: “¿Eres Tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?”. Jesús responde: “Id y contad lo que estáis viendo y oyendo… Dichoso el que no se escandaliza de mí”. Lo que dijo Jesús de sí mismo ante los escépticos paisanos de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido y enviado a sanar los corazones desgarrados…”. Y en otra ocasión dirá “Tuve hambre y me diste de comer…”, y en otro momento aparecerá comiendo con los pecadores y publicanos, perdonando, y eso sí que escandaliza.
Como escandaliza lo que se lee en el Evangelio: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, los bien pensantes, los hombres de la oficialidad del pueblo elegido, como cuando sentado a la mesa amarga de los pecadores le criticaban, o como en el evangelio de la mujer pecadora, el fariseo Simón decía, “si supiera éste quién es esta mujer”. No tenían idea del Mesías de Dios, del rostro humano de Dios, de Dios mismo que es bondad suprema, amor sin límite, misericordia y compasión. Ese es Cristo, el de la cruz, el que se despoja de su rango y se rebaja hasta lo último, el que trae la buena noticia a los pobres, y liberta a los esclavos, el que nos hace hijos de Dios, hermanos unos de otros. Ése es el Cristo, el Hijo de Dios. No hay otra respuesta.
Pero creer esto, ser, por la fe y el bautismo, hijo de Dios conlleva negarse a sí mismo, cargar con la cruz de cada día, seguir a Jesús, irse con Él y tras de Él.
Hoy el mundo pide que digamos la verdad de nuestra fe: no creemos en un personaje del pasado, en un fantasma, en una idea, en un conjunto de valores e ideales, esa es la trampa. Creemos en el Hijo de Dios hecho hombre, que se rebajó hasta la muerte y una muerte tan ignominiosa e infamante, como la muerte en Cruz como un condenado, condenado por el error porque no le conocen o el odio que ignora al otro y lo aplasta y lo mata o trata de matarlo. Pero no saben que ha vencido y que vive vencedor, porque el Amor y la Vida, que es Dios, no perecen.
La fe en Jesús, el Hijo de Dios vivo, el Mesías de Dios, que ha venido a evangelizar a los pobres y amenazados, es lo que da sentido y esperanza a lo que estamos viviendo aquí los creyentes en Él, pero también en otras partes del mundo donde existe la persecución y la negación de Dios o caminar de espaldas, en dirección contraria a Dios.
Cristo es nuestra esperanza: ¿A dónde podemos ir? No tenemos otro Nombre en el que haya salvación. “Lo que tengo te doy” dice Pedro al paralítico que pedía a la puerta del templo: “En nombre de Jesús Nazareno, levántate y anda”. El paralítico tomó la camilla y se puso a andar. Eso es lo que la Iglesia, presidida por el sucesor de Pedro, ofrece.
Es urgentísimo que los cristianos ofrezcamos y avivemos hoy nuestra fe y respondamos con nuestras palabras y con nuestra vida diciendo la verdad de lo que decimos que es Él: El Hijo de Dios venido en carne, el Mesías de Dios a quien esperan y buscan, por ejemplo en el Santuario de Fátima y a otros lugares marianos los pobres y afligidos, los que esperan un mundo de hombres y mujeres libres, sin diferencias ni oposiciones, hermanos de verdad, que anticipen en una nueva civilización del amor y en una nueva cultura de la vida que vislumbre, haga ya realidad el triunfo del mesías de Dios sobre la mentira, el odio y la muerte, para que el mundo deje su parálisis, se ponga en pie y camine en esperanza hacia el futuro.
Que la Santísima Virgen, a quien tanto queremos como demostramos una vez más el jueves pasado, nos acompañe y que nos dejemos ayudar por Ella, Madre del Mesías de Dios, Jesucristo, Hijo de Dios vivo venido en carne para nuestra redención y salvación.