El Cardenal insta a “luchar a favor del niño no nacido para que las legislaciones contrarias que sean abolidas de una vez” Homilía integra del domingo 15 de marzo en la Catedral

En el camino cuaresmal, cada vez más próximos a la Pascua, este domingo cuarto de Cuaresma escuchamos la Palabra de Dios que nos recuerda la misericordia de Dios que no tiene límite, y aviva en nosotros la confianza plena en Él a pesar de nuestro pecado. Porque, en efecto, como dice del Israel de entonces la primera lectura del Libro de las Crónicas, también nosotros, hoy, hombres del nuevo pueblo de Dios, estamos multiplicando las infidelidades al Señor, asimilando las costumbres de un mundo pagano, que se ha olvidado de Dios y camina de espaldas a Él como si no existiese. Nuestros modos de pensar, de actuar, de ser, no son los de Dios, sino de los hombres que quieren realizarse al margen de Él. Como muestra de esto nos encontramos el relativismo que impera, el secularismo que nos envuelve y domina, la falta de respeto a la dignidad de la persona humana y a su verdad, la violación de tantas maneras de derechos humanos fundamentales e inalienables, el hambre en el mundo, la cerrazón en nuestra propia carne ante las miserias y necesidades de nuestro mundo, las múltiples y nuevas pobrezas causadas por el egoísmo humano, o las nuevas esclavitudes tan numerosas y sutiles de nuestro tiempo, la violencia de nuevos terrorismos y la persecución religiosa y el genocidio de tantísimos cristianos por sus convicciones religiosas y morales o por el hecho simplemente der ser cristianos, la destrucción de tantos seres humanos inocentes y débiles no nacidos mediante leyes permisivas que no solo la permiten sino que la consideran como un derecho, la destrucción de la familia y de la verdad sobre la que ésta se asienta, esto es, el matrimonio, unión estable y legal del hombre y de la mujer, abierto a la vida, o el pansexualismo desatado que destruye al hombre y a la mujer y la belleza y la verdad del amor entre ambos, la corrupción envolvente, o la apostasía silenciosa de tantos y tantos que abandonan la fe y la Iglesia, y ese largo etcétera que denotan que en nuestro mundo, también en los cristianos afectados por eso mundo, se multiplican las infidelidades y se corrompen las costumbres. Ante esta situación no podemos ser pesimistas, nuestro destino no es ese, no es la destrucción del hombre y de la humanidad -porque todo eso , realidad de pecado y obra del príncipe de la mentira, que nos envuelve, es camino de destrucción y de muerte, genera una cultura dominante de muerte-.Hemos escuchado en la palabra de Dios que, a pesar de tantas infidelidades, la misericordia de Dios permanece.

En la primera lectura, en el Antiguo Testamento, para el pueblo elegido Dios empeña su palabra y se vale del Rey de Persia, Ciro, para anunciar y llevar a cabo su reconstrucción simbolizada en su casa, su templo. Y Dios cumple su palabra. En la segunda lectura de la Carta a los Efesios, Pablo proclama la gran esperanza: «Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, por pura gracia suya, nos ha hecho vivir con Cristo» y participar del triunfo del Amor y de la Vida por la resurrección. ¡Es verdad, hermanos!, estamos salvados por pura gracia, por puro amor en Cristo Jesús. El Evangelio de hoy, es un derroche de gracia y sabiduría, escuchemos y acojamos lo que nos dice: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna». Esta es la gran noticia, la gran esperanza, la verdad que ya se ha cumplido en Jesucristo, en la Cruz de Jesucristo. El evangelista Juan en el diálogo con aquel discípulo clandestino y anónimo, Jesús recuerda el hecho de la serpiente de bronce elevada en el desierto para que, mirándola, se sanasen y no muriesen en el desierto los que habían sido picados por el veneno destructor del áspid: aquel episodio fue manifestación de la compasión y de las entrañas de misericordia de Dios que quiere a su pueblo y tiene la voluntad de que no perezca. Jesús también es elevado, será elevado en la Cruz, simbolizado en la serpiente de bronce.

Nos encontramos a pocos días de la celebración de esta elevación en la Cruz para nuestra salvación. Mirad a la Cruz, ahí lo tenemos, rebajado hasta lo último, obediente hasta la muerte y una muerte ignominiosa de cruz. Por esta obediencia amorosa al Padre Jesús cumplió la misión expiatoria del Siervo doliente que justifica a muchos cargando con las culpas de ellos, con el rostro de los hombres desfigurado por el pecado, con sus heridas consecuencias del mismo pecado, y al mismo tiempo, en y con su rostro humilde y pacífico, con su confianza y obediencia de Hijo que entrega el amor infinito de Dios Padre que redime, regenera y abre a una esperanza firme, inquebrantable, imperecedero. Ahí tenemos todo el amor de Dios: «tanto amó Dios al mundo que nos dio a su Hijo», se nos dio Él mismo, que es amor y vida, para que vivamos en el amor y tengamos vida, vida eterna. ¿Se puede ir más lejos por nosotros los hombres, puede haber mayor esperanza? Dios lo ha apostado todo por el hombre, nos lo ha entregado todo para que vivamos por Él: «nos ha hecho vivir, vivir con Cristo, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él». ¿Cabe mayor apuesta, mayor don, más grande destino para el hombre? Pues esta es, hermanos, la verdad, ante todo el mal que nos atenaza y envuelve «Así muestra Dios a las edades futuras la inmensa riqueza de su gracia, de su bondad para con nosotros en Cristo Jesús». Todo es gracia, todo es don, ¡Qué maravilla lo que nos dice el Evangelio: Dios quiere al mundo, al mundo de los hombres pecadores, el nuestro, nosotros, pecadores!»Dios no ha enviado Hijo único al mundo para condenar el mundo, sino para que se salve por Él».

Esta es la gran esperanza y por ello, hermanos, es la fe nuestra gran victoria sobre el mal, también hoy. «Porque estamos salvados por la gracia de Dios y mediante la fe», en Cristo Jesús. Quien cree tiene vida eterna: Tened muy cierto, hermanos, que no perece ninguno de los que creen en Él, sino que tienen vida eterna». ¿Cómo vamos a debilitar nuestra fe y menos aún cómo puede el mundo rechazar a Cristo, sin sumirse en una gran oscuridad, como aquella del viernes santo a la hora de nona? El mundo necesita a Cristo, necesita la luz, la luz de la fe, la luz del amor y de la misericordia de Dios, que es Cristo, para que caminemos en la luz y hagamos las obras de la luz, que son las de Dios: amor, misericordia, compasión. Esto es lo que Dios quiere, es la hora de la misericordia: Signo de esta hora es el papa Francisco, papa de la misericordia, que acaba de convocar, además, un «año santo de la misericordia», cuyo comienzo será el 8 de diciembre de este año y finalizará en la fiesta de Cristo Rey del siguiente. Es la hora de la apuesta por el hombre, comenzando por los más débiles e indefensos, por los más pobres que no se pueden valer por sí mismos y necesitan todo. Un gran signo de esto nos lo dieron a todos ayer los cientos de miles que se manifestaron en Madrid a favor de la vida y contra el aborto. Porque creemos en Dios que tanto ama a los hombres, porque todo hombre tiene un dignidad tan grande, tenemos que luchar a favor del niño no nacido y rechazar aquellas legislaciones contrarias al hombre con todo lo que tenemos en nuestras manos legítimamente en una sociedad libre para que sean abolidas de una vez y para siempre tales legislaciones no adhiriéndonos ni confiándonos a quienes las defienden. Sé que lo que digo es muy serio; pero estamos a tiempo de cambiar; es más, es tiempo de cambiar. No vamos contra nadie. Sentimos que Dios nos quiere, quiere a todos los hombres, con amor de predilección por los débiles e indefensos – Él es su garante y defensor-, es Dios de amor y de misericordia, Dios de vida y que ama la vida y quiere para el hombre la vida. Dios de perdón que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta, vuelva a Él, Amor y vida y perdón, y viva. Todo su amor lo tenemos en su Hijo, y nos lo entrega para que el mundo, crea, tenga vida, se salve por Él.