El salario familiar, un asunto de Estado Francisco Jiménez Ambel, doctor en Derecho

12-04-2012

1. El salario familiar es un concepto, un desideratum, aportado por la Iglesia Católica al progreso humano de la Humanidad. La Doctrina Social de la Iglesia mantiene vigente el reto de romper la “lógica económica” que parece asistir a un enunciado intuitivo, de circulación con valor axiomático; a un mismo trabajo corresponde una misma remuneración. Incluso parece injusto romper la ecuación. ¿No sería discriminatorio y deleznable que alguien cobre más o menos que otro que hace el mismo trabajo, que produce lo mismo? Si dos personas trabajan en la misma cantidad y con la misma calidad, tanto una como otra tienen derecho a idéntica remuneración. Da lo mismo que la compensación se mida en dinero o en especie, en emolumentos o en condiciones laborales, y para cualquier cómputo temporal; horas, jornales, mensualidades, anualidades o “vida laboral” completa. Una y otra personas a comparar pueden ser sujetos de distinta nacionalidad, raza, sexo, religión, ideología, edad, … lo determinante es que ambos aportan lo mismo a la sociedad; la posibilidad de que se remunere un mismo “resultado” de forma diversa, aun sabiendo que en la realidad ello ocurre, se atisba como algo “injusto” y, en todo caso, se percibe como algo contrario a la “racionalidad” en la asignación de recursos escasos. Diríamos que la objetividad resultante de la evaluación por los efectos, los hechos, y no por los rasgos personales de los sujetos, es una bandera razonablemente alzada. Desde luego es el estandarte de la lucha contra las discriminaciones mas lacerantes; por razón de sexo, por razón de “papeles”, etc. Incluso las Sagradas Escrituras parecen alinearse con “la proporcionalidad”, parten de ella como un sentir común en la parábola de los jornaleros que reciben la misma paga pese a haber sido contratados a distinta hora.

2. Plantear una perspectiva “subjetivista”, en tal contexto valorativo del trabajo, fácilmente suscita suspicacias y ofrece flancos fáciles a la crítica. Sin embargo el “salario familiar” es fundamentalmente eso; un planteamiento que hace prevalecer lo subjetivo sobre lo objetivo; un sistema remuneratorio que se atreve a proponer que prevalezca el “quien” sobre el “que”, o, lo que viene a ser lo mismo, sobre el cuantum producido. A la postre, el salario familiar pretende que una persona que tiene “cargas familiares” cobre más, a igualdad de trabajo, que otra sin tales “cargas”. No se le remunera mejor por una mayor calidad o cantidad de trabajo realizado, ni por el resultado esperado. No, la”discriminación positiva” es un dictado de las “circunstancias familiares” que definen al hombre concreto. El salario familiar acogería y respondería justamente a esas “circunstancias” singularísimas, caso a caso, que permiten a una persona sostener -ella sola- a su familia entera. Se rompe aparentemente la igualdad, pero no surge inmediatamente el “privilegio” precisamente porque las condiciones subjetivas “justifican” -equilibran- la desigualdad.

3. Una aclaración necesaria. “Salario familiar” no es lo mismo que “renta familiar”; no puede confundirse con la suma de las rentas que acopia el conjunto de personas que definamos como “familia”, ni tampoco, más específicamente, es la suma de los “salarios” que perciben los miembros de cada familia. Al contrario, “un” salario familiar es, por antonomasia, “único” en cada familia; sería aquel bastante para atender las necesidades esenciales -no las escuetamente “vitales”- de todos y cada uno de los miembros de una familia definida, especialmente las funciones esponsales y familiares, es decir, la procreación y educación de los hijos. ¿Reaparece entonces la idea de “renta familiar”? Ciertamente este es en nuestros días uno de los puntos neurálgicos del problema.

El “salario familiar” y la “renta familiar” tienen interconexiones y zonas de sombra mutua, pero en absoluto diluyen la cuestión de una remuneración “laboral” desigual en atención a las condiciones personales-familiares del trabajador. Dicho de otro modo: aun admitiendo liminarmente el análisis de rentas (estudio de otras fuentes recurrentes de ingresos de todos los miembros de la familia) una holgada situación patrimonial no tiene porqué anular completamente la “discriminación positiva” que el salario familiar comporta. La razón es muy sencilla; constituir una familia no tiene porqué convertirse en un heroísmo ya sea aceptando un salario insuficiente (en términos del agregado familiar, resignándose a una renta per capita ínfima) ya sea plegándose a una paulatina pero inexorable descapitalización (sosteniendo la familia mediante enajenaciones continuas del patrimonio pre-existente, ahorrado o sobrevenido por herencias o donaciones). El salario familiar es verdadero “salario” y no un expediente de “redistribución de la renta”; la remuneración personalizada es fruto del trabajo, no asistencia social desentendida de la actividad o pasividad del trabajador. Tampoco es “beneficencia” hacia personas necesitadas. Como veremos, el “trabajo del hogar” también es auténtico trabajo y, por tanto, merecedor de un “salario familiar”.

4. El salario familiar es, antes que nada, una concreción de lo que sería un “salario justo”. Sólo un salario que haga justicia al trabajador, y por ende a la dimensión y realidad familiar de toda persona, merece el apelativo de justo. El hombre trabaja por “necesidad”, no por amor al arte, y en la evaluación de sus necesidades las de índole familiar son las principales. Afanarse por la justicia social se traduce ipso facto en asumir la fatiga por argumentar y propugnar un salario “familiar”, que implique a la familia en la configuración y valoración de tareas. Sabemos que prima facies esto parece una quimera. Y nos enfrentamos a gigantes -que no molinos- descomunales. El primero es la propia “sensación de injusticia”. ¿Porqué habría que “discriminar” y pagar más a unas personas que a otras, por razones familiares, ceteris paribus? Con cierto despecho, cualquiera puede sentirse agraviado comparativamente. Aparece enseguida el diablo cojuelo del egoismo con el telón de fondo de la “mentalidad anti vida”: ¿Qué culpa tengo yo de los hijos que otro quiera tener? ¿Porqué habré de pechar yo con las consecuencias de los actos -!irresponsables¡- generativos de otras personas? !!!El que quiera hijos que se los pague él!!! Parece un grito incontestable. Incluso condescendiente.

5. Pero, sin llegar a la grosería, el “economicismo” viene a plantear lo mismo; el desentendimiento por “mi hermano”5 esta racionalizado. Ya me gustaría -dirá otro empleador- poder ayudar a ese pobre hombre “cargado” de hijos, pero las cuentas hay que hacerlas fríamente y la economía de la empresa no se puede permitir esos “lujos”. Si me dedico a pagar “salarios familiares” estoy fuera del mercado, no seré competitivo y, sencillamente, la empresa morirá y entonces ya no habrá ningún tipo de salario, ni “justo”, ni “familiar”, ni “normal”, perjudicaré a todos y sobrevendrá la nada. Así las cosas, una causa eficiente de la destrucción de empresas estaría identificada: la insensatez del “salario familiar”. Es una utopía pensar en tantos sueldos “a medida” como circunstancias familiares haya. Tal vez se podría comprender y hasta compartir la intención “familiarista” de la idea pero, seamos serios, sencillamente es imposible, inviable económicamente. Los mercados mandan, la competitividad impone su ley implacable y la racionalidad económica no deja espacio para veleidades “irracionales”, aunque estén bienintencionadas o tengan algún respaldo ideológico o religioso. La micro economía empresarial no consiente ajustes familiares a los salarios so pena de que las “células de racionalidad” ((las empresas u organizaciones) pierdan “competitividad”, “viabilidad” o “sostenibilidad” y mueran. Sólo “un soñador” seré culpable del desastre. Mis competidores se burlarán de mi, y con razón, porque tengo un coste/hora superior a ellos … y todo por apoyar a la familia. Por remar contra corriente, cuando no por posicionarme “políticamente” en términos antagónicos al curso de la historia.

6. Porque además hay objeciones de índole ideológica. El debate no está formalizado, pero por eso mismo es mas peligrosa la infiltración enemiga. El salario “familiar” se correlacionaría con un tipo de familia “superado”; el “personiano”, el del “pater familias” el del “varón sustentador”, etc. La igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres -empléese la terminología que se quiera o al dictado de la última moda- viene a abolir la necesidad, y toda racionalidad, de un tal “salario familiar”, que estaría de facto obstaculizando la incorporación de la mujer al mundo del trabajo remunerado y, en definitiva, le confinaría en su aciago y arcaico oficio de madre y custodia del hogar (en beneficio, por supuesto, del varón “explotador”). Rendida la sociedad a la implacable imposición de la consigna de los muchos tipos (“modelos”) de familia, producto de la emancipación, liberación o promoción profesional de la mujer, el salario familiar sería destructor de esa conquista y primaría una moral puritana ya inaceptable y “demodé”. El salario familiar además de irracional en lo económico sería retrógrado en lo social, refutado -en definitiva- por la irrenunciable igualdad entre sexos, ya aceptada generalmente; sería una barricada frente a la radical abolición del diformismo mujer-varón, objetivo irrenunciable de las poderosas fuerzas que trabajan por el exterminio o la drástica contracción de la especie humana.

7. La Iglesia conoce todo esto; sabe cuan dura es la defensa de la vida, lo difícil que es proteger al hombre del propio hombre, “caña cascada” escasamente consciente de su capacidad de autodestrucción, y no exclusivamente por obra de las guerras “militares”. Pero precisamente para que sea viable la existencia, para hacer humana la vida humana, alza su propuesta del salario familiar. En favor de la maternidad y la vida, sí. Es en defensa de la familia y del derecho al trabajo. El salario familiar hace posible, revaloriza y vitaliza la familia a partir del trabajo, que es el título universal de provisión para la subsistencia.

El Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, en su nº 250 establece que “Para tutelar esta relación entre familia y trabajo, un elemento importante que se ha de apreciar y salvaguardar es el salario familiar, es decir, un salario suficiente que permita mantener y vivir dignamente a la familia”. Ese rango mínimo de retribución incluirá un cierto “excedente” que posibilite el ahorro y la legítima adquisición de alguna propiedad, bienes que preservan la libertad. No basta, por ende, con cubrir las necesidades cotidianas, sino que deben contemplarse las futuras, las contingentes y las imprevistas. Un jornal o salario de subsistencia no es, por definición, justo. Cierto que por debajo de ese umbral estamos en la injusticia y en el pecado, pero la injusticia y el pecado no se detienen en la línea de la supervivencia. Pero si el problema es cubrir las necesidades de una familia, que además debe poder ahorrar y formar un patrimonio, el asunto del salario familiar es objetivamente un asunto difícil y grave.

8. Admitiendo, por hipótesis de trabajo, que es justo un tal salario familiar, el problema sigue siendo el cuanto y el cómo. De qué modo hay que diseñar un salario familiar que no sea fuente de peores problemas. Recordamos el duro pasaje del Youcat, Catecismo de los Jóvenes, que considera contrario al “no robarás” el “poner en peligro el puesto de trabajo de compañeros que están bajo la tutela de uno”. El Concilio ofreció criterios para la justeza del salario, en general, aportando cuatro parámetros objetivos muy importantes: la tarea de cada cual, su productividad, las condiciones de la empresa y el bien común. No cita aquí “las circunstancias familiares”. Ahora bien, el concepto de bien común hace reingresar a la familia entre los datos determinantes de la justicia del salario, porque el bien común consiste, precisamente, en el respeto efectivo de los derechos y libertades fundamentales, entre los cuales los Derechos de la Familia son insoslayables. Para hacer frente a las objeciones economicistas e ideológicas, el Compendio sugiere instrumentos muy experimentados en el mundo occidental para no lastrar la competitividad de una determinada empresa; los subsidios familiares y las prestaciones por personas al cargo. Pero también reitera la inexplorada “remuneración del trabajo en el hogar de uno de los padres”. La propuesta es cuidadosa; uno de los padres, no necesariamente la madre, pero sí eminentemente ella. Esta revolución pendiente la difundió Juan Pablo II en Laborem exercens, especialmente al nº 19, y la Iglesia la lanzó a toda la humanidad, en favor de creyentes o no, incluyéndola en la Carta de los Derechos de la Familia, de 22 de octubre de 1983.9

9. El salario familiar “técnicamente” ya no se plantea como un “sobrecoste” a soportar por una concreta empresa o institución, que podría perjudicar su viabilidad o provocar efectos paradójicos. La familia es asunto principal del “empresario indirecto”, genial concepto puesto en circulación por Juan Pablo II en Laboren exercens, ante el drama -irredento tres décadas después de 1981- del paro forzoso, de la pandemia del desempleo. Esos dos instrumentos -subsidios familiares y prestaciones por personas al cargo- pueden ser atendidos por “organismos de solidaridad voluntarios” o por los sistemas públicos de Seguridad Social , o directamente por el Estado. La Seguridad Social es el mecanismo privilegiado de difusión y vertebración de la solidaridad entre los “hombres del trabajo” por lo que tiene una vocación primaria para atender las condiciones familiares del la persona que trabaja (siempre presente el personalismo). El Estado, subsidiariamente, es el garante principal del bien común; de ahí su responsabilidad final en este campo. Pero se pueden diseñar “subjetividades intermedias” pensadas ad hoc, privadas y no coactivas, que materialicen el principio de subsidiaridad confiriendo protagonismo y responsabilidad a las propias familias. Podría objetarse, y se ha hecho con gran agudeza, que también los Estados, los “sistemas” y las “áreas socio-políticas” compiten entre sí. De modo que diluir en el Estado el “sobrecoste” familiarista reproduce a nivel macro económico lo argüido a nivel micro económico. Pero la experiencia empírica demuestra que las naciones con mejores subsidios familiares y ayudas por personas al cargo son, precisamente, las mas solventes y resistentes ante las crisis económicas y financieras. Inversamente; los Estados con menor solidaridad social sufren la desconfianza financiera, la descomposición institucional y los niveles de desempleo mas insufribles. Efectivamente, los sistemas compiten. Pero los sistemas que valorizan la familia y los derechos humanos, tienen un bienestar consitente y un crecimiento sostenido más sólido, y, por el contrario, quienes menos invierten en familia tienen las tasas de paro mas altas, hablando de la Unión Europea, por ejemplo.

10. El salario familiar, guiado hacia los subsidios familiares y hacia prestaciones por las personas al cargo, principalmente los hijos, se zafa bien de los reparos teóricos si no caen en la “trampa de la pobreza” que tiende en ocasiones el “asistencialismo”. Los Estados que efectivamente ayudan a la familia retroalimentan sus propios valores y demuestran confianza en el futuro, y patentizan coherencia (que no estafa monumental) con los sistemas de previsión fundados no en la capitalización sino en el reparto. Pero todavía nos falta valorar y evaluar el trabajo maternal, la labor de crianza y la atención a los ancianos y enfermos, La asignatura pendiente, lo que está por estrenarse, sigue siendo el salario de la mujer, o del progenitor que trabaja en su casa, que “saca adelante una familia”.

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia dedica su nº 251 a este inaplazable campo de la Justicia. Hace tiempo escribí que la miseria aqueja y se ceba en la mujer; la causa de la pobreza es, en el mundo entero, la causa de la mujer. Lo reitero. El 90 % de los pobres del mundo son mujeres. Y esto es un grito que llega al cielo. Todos hemos “nacido de mujer” y sin embargo casi nadie retribuye el trabajo humano y humanizante, “personal y personalizante” de la mujer. Puede ser que en una familia, por su concreta configuración personal (incluso unipersonal), la única persona que trabaja sea una mujer, y que su lugar de trabajo sea su propio (¡ojalá!) hogar. En tal caso cobra todo su dramatismo radical el enunciado largo: salario familiar de la mujer que trabaja en casa. Obviamente no estamos hablando de teletrabajo. Pues bien, sépanlo todos, la Iglesia propone la equiparación del trabajo en casa (no meramente doméstico) con cualquier otro trabajo. En Gratisiman sanae nº 17, Juan Pablo II pedía esa igualación efectiva. No es un trabajo de “criada” o de servidumbre sino un trabajo difícil y trascendental, que debe ser remunerado (y reconocido) como cualquier otro trabajo. La traducción operativa mas burda o elemental, el mínimo de los mínimos, pero insoslayable es el “Salario Mínimo Interprofesional” y, por derivación del reconocimiento de tales personas como genuinos trabajadores, la necesaria inclusión de las “amas de casa” o “gestores domésticos” como cotizantes en la Seguridad Social, logros sociales incuestionables -salario mínimo y previsión social- que definen Occidente. El salario de la mujer (o el varón) en casa, vertiente pendiente del salario familiar, sería una conquista social de efectos multiplicadores incalculables. Se facilitaría y revalorizaría la maternidad, y, por consecuencia, el matrimonio, la familia y la vida. El que tenga oídos para oír, que oiga.