Navidades profundas Cuento de Navidad de Alberto Piñero Guilamany

-¿Recuerdas Sarah, las Navidades de hace cuatro años? . Estábamos en casa, en nuestra pequeña y bonita casa de campo cerca de Aleppo. Era 24 de diciembre. Aquella tarde yo no había ido a trabajar para poder estar al lado de nuestra hija pequeña, que entonces tenía 8 años. Había anochecido muy pronto, como siempre en estas fechas. Fuera, el frío encogía los ombligos, y sólo se veían, de vez en cuando, gentes con el paso apresurado, embutidos en sus ropas, que buscaban el abrigo de sus casas tan rápido como podían. Tú, hacendosa como la vieja Marta, galopabas por la casa intentando preparar las viandas del día siguiente y los dulces para cuando volviéramos de la misa de medianoche. Nuestra hija mayor, con sus 12 años, estaba en la parroquia, a 15 minutos de nuestra casa, ensayando nuestros cánticos de alabanza a Jesús. ¡Hay que ver qué bien sonaba el coro dirigido por la hermana Myriam, que con su sonrisa permanente parecía estar repitiendo el viejo ‘Sígueme’, de Jesús, mientras todas las chicas acompasaban la voz y observaban como se vivía la alegría!. ¿Qué habrá sido de ella?

-Sí, Youssef. Recuerdo y tiemblo. En nuestra casa estábamos bien, yo diría que muy bien. Tu sueldo de profesor de la Universidad de Aleppo nos bastaba para vivir bien, aunque modestamente, sin que yo tuviera que trabajar en otra cosa que en las tareas de familia y en cuidar el pequeño huerto que teníamos junto a la casa. ¡Ventajas de vivir en el campo!. Hoy tiemblo porque hace frío. Ahora malvivimos en un piso viejo y oscuro, lleno de humedades, con una estufa de butano que apenas llega a calentar algo después de toda la tarde conectada, butano que hay que pagar con un dinero que no tenemos. Pero me parece notar también frío en mi vida, el del abandono en que vivimos, lejos de todos nuestros amigos, mucho más lejos que por la distancia, todos desperdigados por el mundo, de los que nada sabemos. Y lo pero es estar lejos de la familia. Tiemblo por los que quedan en Siria, acechados por peligros sin fin. Tiemblo por mis tres hermanas que, con sus maridos, huyeron en distintas direcciones, una al Kurdistán, otra a Turquía y la tercera al Líbano, todas en campos de refugiados –suponemos, porque ninguna noticia de ellas tenemos desde hace meses. Sí, Yousseff, hace frío en mi vida.

-Pero Sarah. En nuestra familia nadie ha muerto a manos de los terroristas. Bien es cierto que hubo que abandonar todos los bienes que habíamos logrado en años de ahorro y renuncia a una vida más desahogada, y eso de la noche a la mañana. Pero fuimos fieles, no cedimos al chantaje de nuestros nuevos “protectores”, que nos conminaban a convertirnos al Islam o huir con lo puesto antes de 24 horas. No caímos en la tentación de hacer el paripé fingiendo una falsa conversión que hubiera llenado nuestras vidas de vergüenza y deshonor. ¡Fuimos fieles a nuestros antepasados, que no cedieron a las presiones en 20 siglos sometidos por tantos enemigos del Señor, que les quisieron hacer tragar todo tipo de doctrinas que sólo tenían en común el pretender obligarles a renegar de Jesucristo!. ¿Cuántos antepasados nuestros, gente de nuestro pueblo, árabes cristianos, han regado aquellos páramos con su sangre para que hoy seamos nosotros también fieles, dignos herederos de su martirio?

-Sí, Yousseff. Lo sé. Pero a ratos no lo siento, porque las privaciones que vivimos, y sobre todo la ausencia de los nuestros me lo impiden. ¡Y no te lo he dicho todo!. ¿Qué me dices de nuestro amigo Muley Hassan, con quien compartíamos amistad y muchos ratos de conversación pese a ser él musulmán y nosotros cristianos, y que sorprendentemente, cuando todo se nos torció, desapareció de nuestra vida y pese a vivir a 10 minutos de casa no nos quiso ni ver, nos evitaba, y rehusó darnos ningún tipo de ayuda, ni siquiera compañía?

-Creo que el miedo fue más poderoso que toda la amistad acumulada en muchos años. A veces me pregunto cómo podrá dormir después de habernos dado la espalda. Pero por otro lado tienes a Omar Alí, que nos brindó protección dentro de lo que le era posible permitiendo que nuestras hijas se alojaran secretamente en su casa para su seguridad hasta que no hubo más remedio que huir. Él también es musulmán, y por cierto muy fiel, pero vive el amor de amistad como ninguno. Seguro que cada día pensará en nosotros preguntándose con angustia lo que habrá sido de nuestras vidas. Nosotros estamos solos, pero ellos dos también. Con la diferencia respecto a Muley Hassan de que la familia de Omar Alí y la nuestra seguimos unidos, aunque nada sepamos los unos de los otros.

-Tienes razón Yousseff. Lo que te planteo no son quejas, son gemidos. Porque me duele el alma. Mañana celebraremos la Navidad con higos y ciruelas pasas, un puñado de dátiles que nos han regalado, y un pollo que he podido comprar esta mañana en la tienda de bajos costes de la parroquia, gracias a Caritas. Pero esta noche, la negrura y el frío parecen haberse apoderado de mi corazón. Siento frío.

-Sí, Sarah, pero la Navidad es ahora. Y bien pensado, ¿sabes lo que celebramos esta noche?. Pues nada más y nada menos que Jesús nace hoy a nuestro lado, en nuestra pobre parroquia de una barriada pobre de esta ciudad. En nuestra casa, un nuevo portal de Belén, en el que no tenemos prácticamente de nada. En nuestro corazón, donde nunca tus hijas y nosotros dos hemos vivido tanto amor mutuo. ¡Imagínate!. ¡Jesús, María y José estarán reviviendo en nosotros su pobreza! ¡Ellos solamente tenían a Jesús!. ¡Nosotros también!.

-Sí Yousseff. Bien mirado, es necesario sentir el frío, el abandono, la soledad, la pobreza, para ver, sentir, palpar, cómo nos acoge el amor de Dios en esta Navidad.