Por las víctimas del yihadismo, “muy blasfemo y sacrílego”, y por la conversión de los asesinos El Cardenal implora en la Catedral el perdón de Dios para los terroristas “porque no saben lo que hacen”

Redacción | 25-11-2015

Tras la vigilia tuvo lugar la adoración al Santísimo, seguida con un gran silencio por todos los participantes. (Foto: J.Peiró)

Tras la vigilia tuvo lugar la adoración al Santísimo, seguida con un gran silencio por todos los participantes. (Foto: J.Peiró)

El yihadismo es “muy blasfemo, sacrílego y asesino, porque no se puede matar en nombre de Dios, que es amor; que no es muerte, sino vida”. En estos términos se refería el cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, al terrorismo yihadista durante la vigilia de oración convocada por el purpurado por las víctimas de los atentados terroristas de París y Beirut.

Además, don Antonio pedía a Dios “por las víctimas, sus familiares y sus pueblos”, pero también por los terroristas “para que les llegue el perdón de Dios, porque no saben lo que hacen”.
En la misa que presidió en la catedral de Valencia ante cientos de personas, el cardenal Cañizares aseguró que “Jesucristo no es espectador de este escarnio, sino que lo sufre en su propia carne”.

“Dios está con las víctimas, sufriendo; con los familiares, sufriendo; con sus pueblos sufriendo, y ahí, en ellos, hemos de buscarlo y encontrarlo, siendo solidarios con todos ellos y dejarnos de falsos intereses, sólo el de Dios”, indicó.

De igual forma, en su homilía señaló que, sin embargo, “Dios es perdón y le pedimos también para que sobre los asesinos venga el perdón, porque no saben lo que hacen, que cambien el corazón y puedan abrirse al don de Dios que es misericordia”.

“Necesitamos a Jesucristo para que haya paz, para que alcancemos misericordia, para que se establezca un reinado de la verdad y del amor”, destacó el titular de la archidiócesis de Valencia, en referencia también a la celebración el pasado domingo de la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. “Sólo en Él está la salvación; en Él, Dios con nosotros, encontramos, reconocemos y adoramos la eterna misericordia de Dios”, añadió.

En su homilía, el cardenal Antonio Cañizares manifestó también que “Cristo reina desde el madero de la cruz, perdonando, ofreciendo salvación al que la pide y busca, dando su vida, sirviendo, amando a los hombres hasta el extremo” y subrayó que “la eucaristía que celebramos por las víctimas de los atentados e implorando la paz, nos llama también a evangelizar y proclamar el señorío de Cristo a través del amor y la misericordia”.

Concluida la misa, en la que concelebró el obispo emérito de Lleida, monseñor Juan Piris, y el cabildo de la Seo, tuvo lugar la adoración del Santísimo Sacramento.

En medio del silencio fueron intercalando preces basadas en el contenido de la carta semanal del Cardenal, para pedir a Dios por las víctimas y sus familiares, y por la conversión de los terroristas.

Dada la cercanía de las fechas de los atentados y la conmoción que se vive en Europa, la vigilia despertó el interés de varias cadenas de televisión que enviaron cámaras a la catedral de Valencia y recogieron, especialmente, las palabras de la homilía.

Centenares de personas acudieron a la Seo llenando los bancos de la nave central, a pesar de que a esa hora la atención de media España estaba en el Madrid-Barça que se jugaba en esos momentos.

Entre los participantes en la vigilia de oración, se encontraba el rector de la Universidad Católica de Valencia ‘San Vicente Mártir’, Ignacio Sánchez Cámara, y responsables de la institución académica.

Fue también numerosa la presencia de jóvenes procedentes de universidades, incluso de padres que acudieron con sus hijos pequeños.

Además, también se sumaron algunos grupos de turistas que entraron en la Catedral al enterarse de que la vigilia de oración era por las víctimas de los atentados de París y por el fin de la violencia.

HOMILIA VÍSPERA DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO- VIGILIA DE ORACIÓN POR EL FIN DEL TERRORISMO
En este último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. La Palabra de Dios hoy nos muestra el porqué de esta realeza de Jesucristo: Él es el sentido de la vida y de la historia, criterio y medida de todo, Juez de todo, por el amor, ‘la misericordia y el perdón: Testigo de la verdad, para esto ha venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad. Y la verdad es Él mismo: revelador de la verdad de Dios y la verdad del hombre: la verdad de Dios que es amor, amor apasionado por el hombre. La verdad del hombre amado por Dios con verdadera pasión, hasta el punto de sufrir la pasión por él y con él. Su reino no es de aquí, es más, su reino es amor, su servicio, es rebajamiento, es hacerse esclavo de todos, dando la vida por todos. ¡Qué distinta realeza a la que hombres nos forjamos! Pero esto es lo que hace un mundo y una humanidad nuevos, ahí está la salvación, la vida, la vida eterna, la gloria verdadera, la verdad que nos hace libres, la esperanza, ahí está Dios, del que es inseparable el hombre.

Hoy estamos sufriendo, con Él, esa pasión de Dios por el hombre, en los hombres que han sido asesinados en los terribles atentados de París, o los del Líbano, o los de Mali, o de tantos otros sitios en Siria, Libia, Nigeria, Irak, Afganistán, Palestina. Ahí en ellos, en tanta sinrazón y sinsentido, en tanto odio fratricida, Dios sigue la pasión del hombre, pasión de Dios. Su amor, infinito, es su No más total a los horribles hechos en los que se pone de manifiesto el odio y la violencia, el reinado del odio, la guerra y la violencia, instigados por el príncipe de la mentira, que ya ha sido vencido por Jesucristo, Rey, que trae la paz, porque es Testigos de la verdad que se realiza en la caridad, el amor sin límites…

Hoy, nosotros, con la Iglesia desde los tiempos antiguos, proclamamos a Jesucristo Rey y Señor de todo lo creado. Como en los tiempos antiguos y en tiempos no lejanos, cuando ideales sin amor se imponían o trataban de imponerse, fascinaban o intentan fascinar a nivel de Absoluto, con la Iglesia, renovamos la proclamación de Jesucristo-Rey-Señor. Renovamos el “¡Viva Cristo rey!”, con el que morían proclamando nuestros mártires del siglo pasado en España, o en Méjico, o en tantos lugares de la tierra a lo largo de los siglos. Ese grito es proclamación de que nuestra esperanza está en Él, en Jesucristo, en quien está el amor, la vida, la misericordia, el perdón, vencedor del odio y de la muerte, alianza en su sangre, la de Dios con la humanidad.

Nuestro honor y gozo es reconocer como único Señor a quien así ama a los hombres, sin límites, y les enseña a amar y perdonar, y promete la gloria y el paraíso que es la felicidad suprema estar junto a Dios. Al reconocer a Jesucristo “Rey y Señor”, como los antiguos cristianos, aspiramos a un mundo más humano gracias a su divina y universal Presencia, que es amor y misericordia. Celebramos esta fiesta esta tarde en nuestro Catedral, iglesia madre de toda la diócesis, pidiendo a Dios que nos muestre su misericordia, manifestada en el rostro ensangrentado y desfigurado, de su Hijo, Señor del Universo desde la cruz, como víctima inocente, violentamente sacrificada, que entrega su vida unido a todas las víctimas de la violencia, del odio, del desprecio del hombre hasta destruirlo o eliminarlo para traer la paz, la reconciliación, el perdón, la misericordia sin límites. Y por eso, nos reunimos esta noche para interceder por la paz e implorar su misericordia que nos lleve a ser testigos de la misericordia y trabajar por la paz, imposible sin el amor que en El, en Cristo, Señor sirviendo, se nos ha dado de una vez para siempre en la Cruz redentora, testimonio supremo de la verdad de Dios y del hombre: de Dios amor y misericordia, gracia y perdón, del hombre comprado con la sangre de Dios.

Necesitamos a Jesucristo para que haya paz, para que alcancemos misericordia, para que se establezca un reinado de la verdad, y del amor. Reconocemos al Señor, Jesucristo, realmente presente en el sacramento del altar. Postrándonos ante El, adorándole en vigilia de adoración lo proclamamos Señor y Rey de todo lo creado, sólo en El está la salvación, en El, Dios con nosotros, encontramos, reconocemos y adoramos la eterna misericordia de Dios.

Reconocerle como Señor es adorar, como hacemos en la santa Misa y prolongaremos en el tiempo de oración ante el Santísimo; y adorar, de alguna manera, es entregarse a Él, es reconocer que somos de Él y para Él, es ofrecerse a Él; es dejar que Él viva en nosotros y sea nuestro Dueño y Señor; es abrir el corazón de cada uno y de la Iglesia a Jesús, para que Él, su perdón, su gracia, y su redención que tanto necesitamos entre en nuestra casa, en nuestras personas, en nuestras vidas, y viva ahí, tome posesión; adorar es estar dispuesto a que, unidos completamente a Jesucristo, nuestro querer, pensar y vivir, esté dentro de querer, pensar y vivir de Cristo que se revelan plenamente en la cruz, y sea Él quien viva en nosotros, actúe en nosotros, piense en nosotros, imprima sus criterios de juicio y actúen, para que vivamos como Él vivió, que por su amor misericordioso y redentor, ha hecho nuevas todas las cosas. Así, en la eucaristía y en la adoración eucarística, expresamos nuestra cercanía, solidaridad con las víctimas y sus familiares, con los pueblos que sufren la violencia del yihadismo blasfemo y asesino.

Jesucristo es Rey y Señor, muestra su realeza, y hace presente en medio de nosotros su Reino. Reino de la verdad y de la gracia, reino de la paz y de la justicia, reino del amor, Reino de Dios que es Amor, rebajándose, despojándose de su rango, tomando la condición de esclavo, haciéndose pequeño y ocultándose, como en la Encarnación, obedeciendo al Padre, ofreciéndose en oblación, hasta la muerte y una muerte de Cruz por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, y reconociendo que Dios es Dios, amor y fuente de misericordia y perdón. Jesucristo reina desde el madero de la Cruz, perdonando, ofreciendo salvación al que la pide y busca, dando su vida, sirviendo, amando a los hombres hasta el extremo. Ahí, en la Cruz, está toda la verdad, de la que Cristo es el fiel testigo: la verdad de cómo Dios ama sin límite a los hombres, y la verdad del hombre tan engrandecido y exaltado que de esta manera ha sido y es amado por Dios. Esto acontece en el misterio eucarístico, se hace realmente presente y permanece. El Reino de Dios es Cristo, es la Eucaristía misma que celebramos una vez más, en esta ocasión, ofreciéndola por las víctimas de tantos atentados terroristas del yihadismo asesino y blasfemo.

Contemplamos y vemos ese Reino en el rostro de Cristo, en la persona de Cristo, en la cruz de Cristo, en el misterio eucarístico: al contemplarlo y gustarlo en sus sufrimientos y muerte, en el misterio eucarístico, podemos reconocer reconocemos y así lo proclamamos- de manera clara y sin complejo el amor sin límite de Dios por nosotros: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, si no que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Es la carne de Cristo, el pan de vida que se entrega por nosotros. El amor de Dios, su Reino, ha encontrado su expresión más profunda en la entrega que Cristo hizo de su vida por nosotros en la Cruz, en ese amor con que ahí nos ama sin límites, y que se renueva incesantemente en el misterio eucarístico. Ahí tenemos a nuestro Dios, Dios único y universal: Señor crucificado, identificado con los que sufren tanto, no espectador de las humillaciones, escarnios, injusticias, violencias y pobrezas, sino sufriéndolas en su propia carne, que es también la nuestra.

Si contemplamos y adoramos a Cristo Rey y Señor, presente en el santísimo sacramento del altar, confiando en Él; si confiamos en su misericordia, como el buen ladrón en la cruz, porque es el Hijo de Dios, Dios con nosotros, sirviendo y dando la vida por todos, podremos participar de la gloria de Dios.

La proclamación de Jesucristo Rey, la adoración de Jesús en el santísimo sacramento del altar, la oración ante Él, nuestra plegaria que se presenta ante Dios por medio de Él, el ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Jesús sacramentado! que brota de lo más hondo y mejor de nuestro corazón, ese grito, que es plegaria confesión de fe, que estuvo en los labios de tantos mártires, que fue consuelo ante tanta destrucción de vidas, que fue testimonio de que Dios es Dios, es Amor, misericordia, perdón y reconciliación, esa proclamación y esa adoración, no es un gesto devocional ni un grito vacío, es el gesto, que, expresa nuestra entrega al Señor. Es contenido y núcleo de la experiencia cristiana, es motor de la vida cristiana como testimonio de Dios vivo, Dios que es Amor, perdón y misericordia, redención y salvación, gloria y llamada a dejarse transformar por Dios y su infinita bondad para con nosotros, haciendo del amor la seña de identidad y el móvil de nuestras vidas en todo, anticipo de gloria donde sólo reinará el Amor, Dios que es Amor. Nosotros hoy, al celebrar esta eucaristía por los asesinados en atentados del terrorismo yihadista, renovamos nuestra silenciosa adoración que al sólo y único Señor cabe tributar, como Realidad última, como Fundamento de todo, como Principio y Fin de todo, como hontanar inagotable de vida y de gracia; y, así mismo, nos abre a vivir del amor, de la misericordia, de todo cuanto está en el Santísimo Sacramento del Altar.

Este gesto de culto y adoración debe ayudarnos a recordar y vivir incesantemente que Él ha cargado voluntariamente con el sufrimiento de los hombres, por los hombres y por mí. Con esta adoración no sólo, pues, reconocemos con gratitud el amor de Dios, sino que seguirnos abriéndonos a este amor de manera que nuestra vida quede cada vez más modelada por Él; acogemos el amor de Dios, nos acogernos a Él, para amar con ese amor que hemos recibido y comunicarlo a los demás y así establecer un reino de paz, en un pueblo reunido por la sangre de Cristo.

La celebración de la Eucaristía, sacrificio de Cristo que se ofrece al Padre por la salvación de los hombres, y que es el Sí más grande que pueda darse al hombre, a todo hombre, y el No más absoluto a toda violencia y destrucción del hombre por el hombre, nos invita y compromete a acoger este amor, que es el Reino de Cristo, acoger a Dios mismo y entregarnos a Él.

Quien acepta el amor de Dios interiormente queda plasmado por él. El amor de Dios experimentado es vivido por el hombre corno una llamada a la que tiene que responder. La mirada dirigida al Señor que ‘tornó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades’, nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a la necesidad de los demás. La confesión de fe en Jesucristo, en la Eucaristía, Señor y Rey del Universo desde la Cruz, nos sensibiliza antela voluntad salvífica de Dios, nos abre a esta voluntad salvífica, a la misericordia y el perdón, para vivir desde ella y haciéndola realidad viva en el perdón y en las obras de misericordia, caridad y amor. Nos hace capaces de confiar en su amor salvífico y misericordioso, y, al mismo tiempo, nos refuerza en el deseo de participar en su deseo de salvación, dejando voluntariamente que Él actúe en nosotros y por nosotros, convirtiéndonos en sus instrumentos. La experiencia del amor que entraña esta fiesta del Señor nos tutela ante el riesgo de replegarnos en nosotros mismos y nos hace más disponibles a una vida para los demás: ‘En esto hemos conocido lo que es amor: en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos’ (1 Jn3,16). La fiesta de hoy, la Eucaristía que celebramos por las víctimas de los atentados e implorando la paz, no llama a evangelizar y proclamar el Señorío de Cristo a través del amor y la misericordia, estableciendo su reino de amor y de gracia, de justicia y caridad, de verdad y de paz.

Que Dios nos conceda pode escuchar y gozar de las mismas palabras que el Buen Ladrón escuchó y gusta ya de Jesús; que nos conceda, por la gracia el signo de su señorío, estar para siempre con Él en el Paraíso. A la luz de esta fe y esperanza que hoy proclamarnos, nos adentrarnos más y más, en la página del Evangelio del juicio final en el que seremos juzgados del amor y que todos recordamos, y ateniéndonos a las indiscutibles palabras de aquel Evangelio, conocemos y vemos que en la persona de los que sufren, los pobres y no amados, hay una presencia especial suya, que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos. Mediante este opción, se testimonia el estilo de amor de Dios, su providencia, su misericordia y, de alguna manera, se siembran todavía en la historia aquellas semillas del reino d Dios que Jesús mismos dejó en su vida terrena atendiendo a cuantos recurrían a Él para toda clase necesidades espirituales y materiales

Así pues, hermanos, celebramos la fiesta de Cristo Rey; celebrándola, renovamos nuestro reconocimiento de que no tenemos otro Señor que Él: Señor de la vida, Rey del universo, Misericordia y amor, salvación única para la humanidad entera. Renovamos este reconocimiento los cristianos, en unas circunstancias de algún modo especiales, tiempos recios y difíciles, en los que nadie puede prever ni aventurar qué puede depararnos el futuro, pero al que nos abrimos con esperanza, esa esperanza que hoy proclaman las lecturas: “Su poder es eterno, no cesará; su reino no acabará. A Aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino…A Él, la gloria y el poder por los siglos. El es el Alfa y la Omega, el que es, era, y el que viene, el Todopoderoso”. Digamos con verdad e intensidad:

“Venga a nosotros tu reino”

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia