Proyectos legislativos en contra del hombre Carta semanal del cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares

Próximamente se van a debatir en el Parlamento español cuatro proyectos legislativos que, de ser aprobados tal cual por la mayoría de los partidos, según parece que será así si no se remedia, serían un retroceso muy importante en el desarrollo de nuestra sociedad, una verdadera “hecatombe”, como alguien ha dicho del conjunto de esos cuatro proyectos legislativos. El conjunto de los cuatro socaban los cimientos en que se asienta nuestra sociedad española, el desarrollo de nuestra sociedad. La misma democracia no es posible si se debilita o quiebra la realidad, la verdad del hombre, de la persona humana y sus derechos fundamentales e inalienables, no sujetos a transacciones entre las fuerza políticas. Se trata de los proyectos legislativos sobre eutanasia, sobre vientres de alquiler, sobre ideología de género y sobre libertad religiosa. En todos ellos, por lo que se conoce, se percibe una pérdida de humanidad muy notable, de nuestras raíces y convicciones más hondas: no van a favor del hombre sino al contrario, destruyen en su conjunto el bien común. Conllevan estos proyectos en su seno una crisis social y política que no se puede despreciar, es un avance en la crisis de los derechos humanos fundamentales y en el dominio del “nuevo orden mundial” que se pretende imponer a todos. Por eso no podemos permanecer en silencio, hay que actuar y reclamar derechos fundamentales que no se pueden hurtar a los españoles, apelar a la responsabilidad de quienes deben ser garantes y defensores de los derechos fundamentales en los que debe sustentarse el aparato legal fundamental de nuestra sociedad.
La pérdida del sentido de la esencia, es decir de la verdad, del hombre, como he dicho en otras ocasiones, es donde podemos encontrar la raíz de la actual crisis política y social que nos acompaña, crisis de los derechos humanos; o lo que es lo mismo, la desaparición de un concepto de persona que no esté sometido a las decisiones cambiantes y de poder de los hombres sobre qué es la persona es lo que está en la base de tal crisis. Este es el mismo problema con que se enfrenta no solo la legislación, sino también la moral y la ética hoy: ha desaparecido la conciencia de la verdad de la persona como algo que nos precede y que no está sometida a nuestro arbitrio, a nuestras decisiones subjetivas, aunque esta subjetividad sea expresión de una colectividad humana en una cultura -o en una pseudocultura- determinada. Crisis moral, crisis ética, crisis de legalidad de una sociedad o de una cultura es crisis de la sociedad: así es históricamente, evidente.

Esta crisis política y social a la que me estoy refiriendo de los derechos humanos es fácilmente constatable para cualquier observador imparcial de la actual hora histórica de la humanidad; se manifiesta, en toda su hondura moral y en su trascendencia crucial para el futuro del hombre, a través del nuevo planteamiento del derecho a la vida, que ha precedido, acompañado y seguido a los cambios legislativos en torno al aborto (cuya aceptación social ‘es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en el siglo XX’, en expresión de D. Julián Marías)-.

Sus consecuencias, en el plano estrictamente jurídico-constitucional no se hicieron esperar. La duda sobre el sujeto del primer derecho fundamental de la persona humana, del derecho a la vida -postulado antropológico imprescindible de todos los demás derechos fundamentales-, quedaba instaurada en el corazón mismo del sistema ético-jurídico tan laboriosamente elaborado a lo largo de siglos de purificación constante de la experiencia jurídica de la humanidad, en medio de innumerables contratiempos y dificultades. ¿Quién es el sujeto del derecho fundamental a la vida?¿El ser humano simpliciter ut talis? La praxis jurídica y social que se ha impuesto, por desgracia, en los ámbitos legislativos y jurisdiccionales de la mayoría de los Estados hasta ahora, es la de la negación al ser humano del derecho fundamental a la vida en el periodo inicial que sigue a su concepción. El precio antropológico no podría ser otro que el poner en cuestión su carácter de humano, llevando la argumentación, en no pocos casos, hasta el extremo, abiertamente insostenible desde todos los puntos de vista científicos, de que el embrión e, incluso, el feto en determinadas hipótesis es una cosa, un algo que forma parte del cuerpo u organismo de la madre; y no – en feliz expresión de Julián Marías- un alguien, un quien, al que no se le puede sustraer la condición de ser persona, inherente a todo ser humano.
Con lo cual, no sólo queda gravemente cuestionado el derecho fundamental del hombre a la vida, sino también la persona misma. ¿Quién, y cuando, y cómo se es hombre? ¿Quién lo decide?¿O es que está en manos del hombre – de su poder- el decidir cuándo se es persona?

Como señaló en su día la Congregación para la Doctrina de la Fe en su Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida pública, “la historia del siglo XX es prueba suficiente de que la razón está de parte de aquellos ciudadanos que consideran falsa la tesis relativista, según la cual no existe una norma moral -tampoco tendría por qué haber unos derechos fundamentales universales y comunes, ni una legalidad básica e incuestionable, válida para todos- arraigada en la naturaleza misma del ser humano, a cuyo juicio se tiene que someter toda concepción del hombre, del bien común y del Estado” (n 2). No podemos negar la evidencia de que “existe actualmente la tentación de fundar la democracia en el relativismo moral que pretende rechazar toda certeza sobre el sentido de la vida del hombre, su dignidad, sus derechos y deberes fundamentales. Cuando semejante mentalidad toma cuerpo, tarde o temprano se produce una crisis moral de las democracias. El relativismo impide poner en práctica el discernimiento necesario entre las diferentes exigencias que se manifiestan en el entramado de la sociedad, entre el bien y el mal -lo justo y lo injusto-.

Cuando ya no se tiene confianza en el valor mismo de la persona humana, se pierde de vista lo que constituye la nobleza de la democracia: ésta cede ante las diversas formas de corrupción y manipulación de sus instituciones” (S. Juan Pablo II). Cuando se dice que “el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondiente a las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos” (S. Juan Pablo II), se está cayendo en el “pensamiento débil” de nuestros días, al que correspondería una moral subjetivista, una legalidad voluble y acomodaticia y una política pragmática que, tras la crisis de las ideologías políticas, convertiría a la democracia misma en una ideología y dejaría el conjunto de la vida política al resultado azaroso de la lucha de intereses o de poder. ¿No es este pensamiento el que se ha apoderado de las legislaciones europeas u occidentales al legislar sobre el derecho a la vida en el caso del aborto o de la eutanasia, o en otros ámbitos biomédicos, como los referentes a la experimentación con embriones? ¿No sucede algo parecido con respecto al matrimonio y a la familia, en donde aparece la identidad europea y española?

Por todo esto digo desde aquí: “España, Europa, América por la vida, por la familia, por el hombre, por la libertad”. Ahí está nuestro futuro y no la ruina a la que nos llevará las ideologías de un pretendido nuevo orden mundial que, en el fondo, llevará a la ruina a la humanidad. Continuaré con esta reflexión y hablaré de cada uno de estos proyectos en otros artículos. Es terrible e insoportable el calendario que se pretende imponer desde algunos grupos radicales y no tan radicales a la totalidad de la sociedad española. Lo siento, pero tengo que hablar así; de otra manera sería infiel a mi ministerio episcopal, a las enseñanzas de la Iglesia y a la Iglesia misma, y a vosotros, mis queridos diocesanos a quienes me debo por encima de todo y debo servir más allá de otras consideraciones.