“Sé que me la juego cuando hablo, pero urge” Entrevista a Lucía Garijo: valenciana de 21 años, estudiante de Bellas Artes y autora de dos cortos sobre mujer, amor y sexualidad

EDUARDO MARTÍNEZ 20-03-2016

Lucía Garijo, en el centro de Valencia. V.GUTIÉRREZ

Lucía Garijo, en el centro de Valencia. V.GUTIÉRREZ

“¿La mujer nace o se hace? ¿Me siento mujer porque cumplo unos estereotipos o porque es mi naturaleza y soy mujer? ¿Es el sentir un criterio? Yo digo que me siento mujer, pero… ¿y si no me sintiera mujer? ¿Dejaría de serlo? ¿Y si me sintiera hombre? ¿Sería entonces un hombre? O tigre… ¿Sería un tigre? ¿Significa entonces que soy lo que siento? ¿Es que entonces la realidad no existe por sí misma sino que se construye? ¿Entonces no hay nada verdadero, o auténtico o real?”…

Quien así habla no es una filósofa profesional en pleno proceso de elucubración. Ni sus preguntas son parte de un ‘brainstorming’ para un ensayo, por lo demás políticamente incorrecto. Quien así se interroga, con esas preguntas que parecen poner en tela de juicio el discurso hoy dominante de la llamada ‘ideología de género’, es Lucía Garijo, una jovencísima estudiante (21 años) de la Universidad Politécnica de Valencia. Cursa 4º de Bellas Artes y allí mismo, en esa facultad con eterno halo de modernidad, en una de sus clases, con todos sus compañeros delante, proyectó hace unos meses un corto donde dice todo eso. Para sorpresa suya fue bien acogido. Y hace unas semanas proyectó allí mismo otro vídeo del mismo pelo. O parecido. Éste hablaba del placer. Y de que éste no es un fin en sí mismo. Y de que la espera, el autodominio, la castidad, el noviazgo… son necesarios para salvaguardar el verdadero amor, el de la entrega total… y a su debido tiempo. Casi nada.

– Lucía, pero es que… hay un problema. Hubo una filósofa (profesional), Simone de Beauvoir, que dijo que “no naces mujer, te hacen mujer”. Lo dijo hace un siglo pero es que hoy eso está más vigente que nunca. Vamos, que actualmente muy poca gente se atreve a rebatir eso en público. Y tú vas y lo dices en Bellas Artes…
– Todo ese pensamiento ha calado y echado raíces en la cultura, quizás con más evidencia en un ambiente como Bellas Artes. Prometían que seríamos libres y ¿qué es lo que te encuentras? ¿Jóvenes libres? Me temo que no. Soy consciente de que me la juego cada vez que hablo porque cuestiono las bases, ‘lo intocable’, pero lo hago porque urge. La juventud se desangra y qué voy a ir… ¿con una tirita?

– Entonces sospechabas que muy bien no iban a caer esos vídeos…
– Verás, el primero era un trabajo libre para una asignatura donde una compañera quiso contestar a la pregunta de ‘qué es ser una mujer’ a partir de un diario erótico… Cuando la escuché decidí que mi trabajo sería responder a su misma pregunta. En mi facultad sucede mucho eso, y en muchos jóvenes de hoy: una erotización generalizada, de la persona, de las relaciones humanas… e incluso del arte. Hasta puedes ir por la facultad y llegar a encontrarte una escenografía con alumnos desnudos y ese tipo de cosas. El caso es que yo para esa asignatura quise hacer un vídeo sobre la identidad sexual, sobre todo desde el punto de vista de la mujer. Y para eso, primero hice una encuesta sobre el tema entre mis compañeros. Muchas chicas contestaron cosas como que no se sentían mujeres, sino sólo personas porque “no existe el ser mujer”, o que no querían ni necesitaban ser madres… Es otro mundo, también por ejemplo cuando digo que soy virgen… No pueden entenderlo. Ellos, que me conocen,dicen: “¡hala, va, ¿pero qué dices, Lucía? Pero si tu eres muy normal…”. Casi ni se lo creen.

– ¿Cómo reaccionó tu clase cuando proyectaste los cortos?
– En el que habla de la mujer la reacción fue buena, el vídeo no ataca a nadie, sólo hace preguntas. ¿A quién le ofenden inocentes preguntas? Aunque es verdad que un chico no comprendía cómo se puede llegar a afirmar que “no todo vale”. En el segundo, el del placer, la acogida fue algo más fría. Sólo aplaudieron unos pocos junto con la profesora. Era una clase de veinte alumnos. Ella les preguntó qué les había parecido y sólo hubo dos tímidos comentarios. Lo curioso es que al final de la clase la profesora se quedó hablando conmigo más de una hora. Ella no es creyente, pero me dijo que después de ver la película ‘El gran silencio’ [sobre la vida de los monjes cartujos] comenzó a sentir admiración por los cristianos, hasta el punto de llegar a leer a santa Teresa. Incluso me dijo que le interesaría leer algo sobre la antropología de Juan Pablo II. ¡Le dejé el libro de ‘Amor y responsabilidad’ y ahora dice que quiere comprárselo!

El vídeo sobre el placer acaba precisamente con una frase del santo papa polaco: “El hombre permanece para sí mismo como un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor” (encíclica ‘Redemtor hominis’, 10). Lo cierto es que Lucía, a pesar de su juventud, tiene ya un cierto conocimiento sobre la llamada ‘teología del cuerpo’ de Juan Pablo II. Todos los viernes por la tarde, participa en el oratorio para universitarios que organizan los Cooperadores de la Verdad en la parroquia Santiago Apóstol de Valencia. Allí les hablan de la doctrina que desarrolló Karol Wojtyla sobre la sexualidad y el amor humano. La fe católica es una de las claves que explican el tipo de ideas de esta veinteañera valenciana. Es feligresa de la parroquia Santo Tomás Apóstol y San Felipe Neri, así como integrante de una comunidad neocatecumenal y del grupo de jóvenes de la Comunidad del Cordero.

Y hay otra clave sin la cual no se entiende la coherencia de fe y vida de Lucía: su propia biografía, sobre todo el hecho de haber podido superar, apoyada en la fe, distintos y profundos sufrimientos desde muy pequeña. Porque también en eso de cargar con la cruz es bastante precoz. Y en este punto afirma: “Tengo una familia preciosa, pero no exenta de dificultades; la enfermedad en mi casa ha sido fuente de grandes sufrimientos”. Y añade: “Yo a los doce años me aparté de la Iglesia y empecé a emborracharme y a salir más de la cuenta”.

– ¿Por qué esa actitud? ¿Por qué viniendo de una familia católica, en la que supongo que te trasmitieron unos principios distintos…?
– Tampoco te vayas a pensar que somos una familia muy tradicional. La mía es una familia de artistas. Mis padres de jóvenes eran medio ‘hippies’, se dedicaban a hacer cerámica en una aldea, y siempre han sido muy liberales y permisivos, nunca nos han impuesto ir a misa ni nada de eso [ella es la cuarta de cinco hermanos]. Pero lo principal para mi rebeldía fue ver que mi hermana mayor se iba de monja…

– ¿Y eso qué tiene que ver? Sería una buena noticia, ¿no?
– Para nada. Desde luego para mí en aquel momento, no. A mí aquello me escandalizó. Ella tenía 21 años, como yo ahora. Era guapa, inteligente, tenía novio, coche, piso… Yo quería ser como ella. Tenía todo lo que yo quería de mayor. Y lo dejo todo por encerrarse en un convento. Para mí, ella se estaba suicidando. Así que me reboté contra Dios y contra la Iglesia. ¡No quería que me pasara lo mismo! Pensaba que le habían comido la cabeza y que así se cortaba las alas. No podía comprender que la gente le felicitara por ello, pensaba que estaban locos. Así que me alejé de la Iglesia. Tiré toda la ‘herencia’ que había recibido de mis padres y quise aprender a vivir sin Dios. Y así es como di con un grupo de gente un poco mayor que yo, pero también menores de edad, que se divertían bebiendo y fumando porros. A los 13 años, durante un concierto en un chalet, bebí tanto que me desmayé y tuvo que venir mi padre a por mí. Llegué a llevar alguna rasta. Y también recuerdo el día en que unas chicas del grupo de mi misma edad me contaron en qué consistían las relaciones sexuales de todo tipo. Entonces tenía 12 años, fue el día en que perdí la inocencia, entré de golpe en ‘el mundo de los mayores’.

Lucía estuvo con ese grupo dos años y medio. “A los 14 estaba cansada ya de emborracharme”, asegura. Había podido ver  “la trastienda” de todo ese mundo de aparente libertad y placeres. “Promesas vacías, los jóvenes sufríamos un constante desamor. Pero Dios tubo mucha misericordia de mí y sirviéndose  del afecto  de mis amigas y de mi sensibilidad me rescató, devolviéndome a la Iglesia”.

– ¿Qué pasó tan fuerte para que se produjera el cambio?
– En realidad no fue nada del otro mundo. Simplemente es que, en una Pascua [en una vigilia pascual en su parroquia], en el momento del lucernario, cuando el templo se queda a oscuras, reconocí esa oscuridad como mía, me di cuenta de que mi vida estaba a oscuras, vacía. Y mis amigas de toda la vida, a las que yo había abandonado y que sin embargo no me reprocharon nada cuando me vieron llegar, me estaban pasando en ese momento la luz encendida en aquellas velas. Eso me ayudó a acabar de darme cuenta de que necesitaba ser rescatada de aquellas tinieblas en las que estaba, y que el lugar era la Iglesia.

– ¿Cuesta dejar tu grupo de amigos?
– Sí. Fui a hablar con ellos y les expliqué todo. No lo comprendían, decían que me habían lavado el cerebro. Me costó llorar, pero los dejé y entré en una comunidad del Camino Neocatecumenal.

Para Lucía, no obstante, no acabarían ahí sus males. “Salí de todo aquello muy herida interiormente, no entendía por qué me había tenido que pasar todo eso, el tipo de vida que llevé durante casi tres años, siendo tan pequeña…”, rememora hoy con serenidad. En ese proceso de dudas y de búsqueda (porque se considera una buscadora constante y una persona con muchas inquietudes existenciales desde niña), un apoyo importante fue la Comunidad del Cordero, a la que conoció con 15 años. “Siempre me acogieron y me escucharon a pesar de mis burradas y mis dudas”, recalca al referirse a los ‘hermanitos’ y las ‘hermanitas’ de esa congregación. Lucía fue una de las jóvenes que les ayudó a construir, piedra a piedra, el pequeño monasterio que la congregación religiosa tiene en la pedanía de Navalón. “Ver a las ‘hermanitas’ pintar paredes, cortar árboles, contar chistes… me ayudó a comprender que mi hermana no había elegido una mala vida cuando se fue de monja”, rememora.

Pero las heridas de aquellos primeros años de la adolescencia todavía no estaban cerradas. Y su alma inquieta aún habría de pasar por más baches.

– Así que conseguiste rehacerte…
– No, no, que va. Todas aquellas heridas eran la brecha perfecta para que se me colaran muchas mentiras. Era muy débil, me sentía indigna de ser amada, miserable, destruida… Entonces pensé: ‘Dios ha permitido todo esto, Él tiene la culpa de todo’. Así que le cerré de nuevo mi corazón y me volví impermeable, durísima. Pero a pesar de esa actitud aparentemente fuerte lo pasé fatal; no hay peor infierno que vivir sin Dios.  Así me pasé de los 16 a los 18.

– Y ahí por fin hubo ‘click’ en tu vida…
– Es que Dios tubo mucha misericordia conmigo (otra vez) y derrumbó el muro que había levantado durante esos años. Es curioso porque esos muros eran resistentes a toda forma de violencia. Pero ay… el agua se filtra por debajo de las piedras. A través de la Comunidad del Cordero experimenté que Dios lloraba por mí al verme tan pobrecilla. Entre ellos siempre encontré corderos que no me exigían nada. La ternura de Dios, sus entrañas de misericordia, me desarmaron completamente. El amor desnuda.

Fue el rescate total. Aunque todo esto es un proceso, hay que tener paciencia porque siempre puede quedar alguna herida que aún no ha cicatrizado del todo, es necesario seguir poniendo luz.

– ¿Y has encontrado más luces?
– Sí, cuando conocí a los Cooperadores de la Verdad, que han sido padres para mí. Con ellos pude descansar todas las heridas que arrastraba, empezar a sanar y descubrir cuál es su sentido. ¡Todas esas heridas estaban en función de la misión!
En fin, como verás yo no soy ninguna heroína, no he conquistado nada, han venido a buscarme. Soy más bien una pobre cabezona rescatada, gracias a la Iglesia, que ha sido Madre, casa, ¡hospital de campaña! Soy hija de la Iglesia.

– Y por fin te metiste en la carrera. Una persona tan introspectiva, con ese mundo interior… y escoge ese canal de comunicación de dentro afuera que son las Bellas Artes. ¿Por qué las elegiste?
– Creo que sobre todo por esa búsqueda constante. La Belleza atrae. Rupnik, un jesuita que hace mosaicos, dice que la Belleza es la carne del Bien y de la Verdad. El arte es –o debería ser- búsqueda, expresión y belleza. En mi caso, elegí la rama audiovisual y de cine, que tiene muchas posibilidades.

– Dices que “debería ser”…
– Sí, es que muchas veces el artista lo que hace es buscarse a sí mismo. Un yo, me, mí, conmigo. Se pone en el centro y entonces ya no es un puente para llegar a la Verdad, a Dios… En esos casos ya no se da esa búsqueda trascendente y el arte tiende entonces a deshumanizarse, deja de ser puente para ser centro y fin en sí mismo, pierde el sentido…

– En tu corto sobre la mujer dices que, ante las preguntas de sentido, de búsqueda del ser (en este caso del ser mujer), “no puedo conformarme con una respuesta mediocre o llena de tópicos porque para la vida del hombre, como para el arte, no todo vale”…

– Y es verdad. A veces observo que no hay una búsqueda auténtica de la Verdad, un esfuerzo realmente honesto por el conocimiento, sino que todo se basa en prejuicios irracionales, autojustificaciones y apetencias personales, pero no hay una apertura real a la realidad.

– ¿Cuando te oyen hablar así tus compañeros qué te dicen?
– Hay quien me ha hecho el vacío alguna vez cuando he dicho que soy cristiana o he hablado de Dios. Pero normalmente muestran mucho interés y me reconocen que les inquietan las cuestiones espirituales y profundizar en los conceptos, en las cuestiones de sentido, en vez de quedarse en la superficie. También noto que hay gente que ha renunciado a plantearse en serio la vida y otros quieren hacerlo pero no encuentran fundamentos y acaban en un relativismo en el que la Verdad se diluye. Los jóvenes tienen sed de escuchar otra cosa.

– ¿Te sientes ante la necesidad de dar testimonio de tu fe?
– Sí. Tengo que reconocer que me encanta estar en Bellas Artes, porque comprendo perfectamente a mis compañeros, sus dudas, rebeldías, acciones… ¿No son acaso las que yo hacía? Me conmueve sentir su sed, son preciosos cada uno de ellos (aunque a veces escuche burradas) porque están buscando, aunque muchas veces no saben bien qué, como me pasaba a mí.

Es muy curioso ver cómo, cuando los cristianos hablamos desde la teoría, nadie nos soporta, porque parece un moralismo insufrible que aplasta al otro, pero cuando hablas desde la experiencia es otra cosa. Y no desde lo que a mí me ha pasado y ya está, porque entonces siempre aparece eso de “si tu eres feliz así, pues bien”. Yo he visto como el oído se abre cuando se tocan los deseos más profundos: “¿Es que acaso no deseas amar enteramente, ser libre, poder perdonar del todo…?”. Y cuando tocas eso, tocas la herida porque… “¿qué te impide vivir esto?”.
En mi opinión, la mejor forma de evangelizar es poder servirles con tus heridas y decirles, como a Tomás, “mete tu mano en mi llaga, que aún la tengo, pero mira, ¡está transfigurada!”. Esto es la carne concreta, palpable, de que hay una esperanza muy grande para ti, de que hay curación para ti, ¡de que vas a sanar! Ven y verás. Este lenguaje todo el mundo lo entiende, porque es real y concreto. ‘Aterrizado’.

– Todo eso da un cierto sentido al sufrimiento…
– Por supuesto. ¡Yo experimento que mis heridas son fecundas! No cambiaría ni uno solo de los sufrimientos que he tenido porque hoy me permiten comprender y acoger al otro sin escándalo ninguno. Eso da sentido al sufrimiento. Quien ha tenido heridas puede comprender y acompañar a quien las sufre ahora. Si no, son todo teorías y eso hoy nadie lo escucha

El ‘making off’
Lucia-Garijo-videoLos vídeos grabados por Lucía Garijo la muestran reflexionando, debatiendo consigo misma entre ideas contrarias acerca de la mujer, la sexualidad, el amor y el placer. En ocasiones ese monólogo se representa como un diálogo mediante el desdoblamiento en una o dos Lucías más en el mismo plano.

Todo ello, expresado con indudables dotes dramatúrgicas, le sirve para hacerse eco tanto de las ideas dominantes hoy día (del tipo “deja de ponerte leyes, reprimida, y lánzate”) con otras totalmente distintas y que entroncan con la antropología cristiana (como “cuando el placer es el objetivo final de la relación no aparece el amor sino el uso, el otro es un objeto para satisfacerte; pero cuando el objetivo final es el amor entonces el placer sí es un camino más para servir a ese amor, como lo es la espera, la castidad…”.

Para la elaboración de los cortos, Lucía se ha servido de materiales muy sencillos, como una cámara doméstica, un edredón, la iluminación de una lámpara de casa… Y lo que para ella es más importante, la ayuda de tres amigos suyos, universitarios como ella: las hermanas María e Isabel Blasco, y Pablo Medina. “Sin ellos no habría podido realizar los vídeos”, subraya. Para el guión, además de conversaciones mantenidas con los tres, Lucía se basó también en diálogos suyos con Vicente Carrascosa, sacerdote de los Cooperadores de la Verdad, y Raúl Eguía, profesor de la Universidad Católica de Valencia.

Aquí puedes ver el corto ‘Placer’

Aquí puedes ver el corto ‘Hombre-Mujer’