Semana Santa: tiempo para creer, celebrar, vivir y orar Carta semanal del arzobispo de Valencia, monseñor Carlos Osoro

Para los cristianos, no hay semana más importante en el año que la Semana Santa. En esos días se nos invita a sumergirnos en los acontecimientos centrales de la Redención, a revivir el Misterio Pascual. Todas las celebraciones nos ayudarán a meditar de un modo más vivo la pasión, la muerte y resurrección del Señor. Deseo hacer una invitación general: 1) a los que creen y viven la fe, para aumentarla; y 2) a los que viven en la duda o en la búsqueda, para abrir sus vidas a un acontecimiento de gracia como es el Triduo Pascual. Recuerdo aquellas palabras del Beato Juan Pablo II: “abrid las puertas a Cristo”. Sí, abrid vuestro corazón, dejad que entre en él Nuestro Señor Jesucristo y que con su vida ilumine la nuestra. Dios muestra su amor a los hombres. Dios quiere que el hombre viva. Dios tiene una pasión especial por el ser humano. La verdadera dignidad la alcanzamos cuando descubrimos lo que realmente somos: hijos de Dios y hermanos de todos los hombres. No vivamos como si Dios no existiera. Os invito a todos los cristianos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que siempre en lo más profundo del corazón queréis vivir en la verdad, a que acerquéis la vida a Jesucristo. Os invito a vivir la Semana Santa, en este Año de la Fe, creyendo en Jesucristo, celebrando la fe, viviendo según Él y orando, es decir, en diálogo permanente con quien sabemos que nos ama.

Una melodía en un mundo secularizado
La Semana Santa y, muy en concreto el Triduo Pascual, es una melodía que, interpretada en un mundo secularizado, tiene una belleza que sobresale sobre todas las cosas. El mundo sin Dios es feo, se queda sin atractivos, no tiene fundamentos fuertes para la inspiración creadora. No dejemos que Dios desaparezca de nuestra vida y de la vida pública. Cuando Dios desaparece de la vida somos más débiles y frágiles. Quizá puede existir un primer momento de apariencia de fortaleza y superioridad, porque somos nosotros los que damos la orientación a todo, sin querer buscar ni tener a nadie superior a nosotros mismos. Quitamos a Dios y hacemos depender todo de nosotros mismos. Pero, en lo más hondo de la vida del ser humano se esconden interrogantes profundos para los que no tenemos ninguna respuesta.

La Semana Santa es siempre una oportunidad para promover en nuestra vida personal y pública la dimensión espiritual del ser humano. Es terrible la vida del ser humano cuando cae en una especie de atrofia espiritual y en un vaciamiento del corazón. Los últimos cincuenta años de éxitos económicos y técnicos nos han traído, ciertamente, muchos bienes y progresos, pero, junto a todo ello, nos han llegado profundos desórdenes en la ecología humana, ya que hemos eliminado de nuestra vida aspectos que son sustantivos para la misma. Hay preguntas que, necesariamente, nos hemos de hacer: ¿Somos más felices los hombres hoy contando menos con Dios? ¿Nos notamos más llenos de generosidad o percibimos vacíos importantes en nuestra vida y más lejanía hacia las situaciones de los demás? ¿Vivimos más y mejor la solidaridad? ¿Tenemos más capacidad para crear la fraternidad? ¿Crece más la misericordia y el perdón de los unos para con los otros? Nunca olvidemos que, cuando dejamos que entre en la vida personal y colectiva de los hombres a Nuestro Señor Jesucristo, siempre nos inspira a ponernos al servicio de los demás. Él nos ofrece ver la realidad del modo más profundo que se puede observar. Quien se abre a la novedad que nos ofrece, instaura en su existencia la “economía de la Caridad” o la “economía del Amor”, que hace posible que nos olvidemos de nosotros mismos y pasen a ser más importantes los demás.

Encuentro con Jesucristo
La Semana Santa se nos presenta, pues, como un medio singular de gracia, de encuentro con Jesucristo para afrontar todos los desafíos que lleguen a nuestra vida desde una adhesión inquebrantable a Dios. Así nos lo revela Nuestro Señor Jesucristo en el Triduo Pascual: en el Jueves Santo, Viernes Santo y Domingo de Resurrección. No podemos quedarnos en meros observadores, viendo cómo en algunas partes de la tierra, con más intensidad que en otras, se margina a Dios de la vida personal y colectiva. Así, solamente observando, crece el secularismo en la vida pública y el relativismo en la vida intelectual. Tenemos una responsabilidad y debemos de hacer un compromiso serio por la “nueva evangelización”.

Hay desafíos, a este respecto, que los cristianos tenemos que afrontar para la “nueva evangelización”. Sugiero algunos:

1) El encuentro con Jesucristo. Dejemos encontrarnos con quien nos da la fuerza necesaria para vivir la fe en el hoy de la historia de los hombres. No dejemos que Nuestro Señor Jesucristo se ausente de nuestra existencia, pues ello nos hace caer en el individualismo, las ideologías y las costumbres que minan los fundamentos de la vida, del matrimonio, la familia y la moral cristiana. Tenemos que encontrar la fuerza para responder a estos desafíos en el conocimiento profundo y en el amor sincero a Nuestro Señor Jesucristo, en la meditación de la Sagrada Escritura, en la adecuada formación doctrinal y espiritual, en la oración constante y permanente, es decir, en la permanencia en el diálogo con el Señor, en la recepción frecuente del Sacramento de la Penitencia o Confesión, en la participación activa y frecuente de la Santa Misa, en la práctica de las obras de caridad.

2) Abrirnos al mundo como exigencia del ardor misionero que Nuestro Señor Jesucristo puso a los discípulos: “Id por el mundo y anunciad la Buena Noticia”. Una apertura para hacer ver a los hombres lo que no ven en ninguna parte, es decir, la alegría, la esperanza y el amor que brotan del hecho de estar con el Señor Resucitado. No es apertura para mundanizarnos, sino para hacer presente a Dios.

3) Vivir sabiendo y manifestando que somos Iglesia. Y hacerlo dando la misma respuesta de María al ángel: “He aquí la esclava del señor; hágase en mí según tu palabra”. La respuesta de María hoy se prolonga en la Iglesia, que está llamada a manifestar a Cristo en la historia, ofreciendo su disponibilidad para que Dios pueda seguir visitando a la humanidad con su misericordia. Vivamos desde la esencia pura y no deformada de la Iglesia. Aprendamos a conocer y amar el misterio de la Iglesia que vive en la historia. Sintamos profundamente que somos parte de ella. Construyamos el templo de Dios con las “piedras vivas”, que somos cada uno de los cristianos, sobre el único fundamento que es Jesucristo: “sois edificio de Dios”.

4) Que sea el amor el corazón de nuestra vida. Y que sea ese amor quien siempre dé la respuesta a aquella pregunta que le hicieron a Jesús, “¿quién es mi prójimo?”, y a la que, con tanta claridad, Él contestó con la parábola del buen samaritano, diciéndonos a nosotros “ve y haz tú lo mismo”. Porque amar es comportarse como el buen samaritano. Sabemos bien que el buen samaritano por excelencia es Jesucristo, que, siendo Dios, no dudó en rebajarse hasta hacerse hombre y dar la vida por nosotros. El amor de Cristo está en nuestra vida cuando vivimos con la certeza de que Cristo resucitó, y que es Él quien nos infunde la valentía, la audacia, la pasión y la perseverancia para anunciarlo. Atrevámonos a entregar lo que más necesitan los hombres.