CARLOS ALBIACH | 17-04-2019

Dominique en su parroquia de Valencia, la de San Pedro Pascual. (FOTO: A.SÁIZ)

El pasado 7 de abril se cumplieron los 25 años del inicio del episodio más triste de la historia de Ruanda: el genocidio que acabó con la vida de cerca de 800.000 personas. Este cruento acontecimiento se prolongó durante 100 días en los que se persiguió a la etnia de los tutsis tras el atentando contra el avión del presidente del país, de la etnia de los hutus.
Testigo directo de este episodio histórico fue Dominique Savio Tuyisenge, sacerdote de los Misioneros de los Sagrados Corazones y actual párroco de San Pedro Pascual de Valencia, y natural de Ruanda. Hoy su permanente sonrisa no es reflejo de este episodio tan triste que el vivió cuando cursaba la educación secundaria y tenía 17 años y que no le gusta recordar: “Yo solo quiero recordar la resurrección y que nos hemos levantado tras una caída”.
Aunque no es fácil que describa lo que vivió en esos días Dominique sí recuerda que “fue horrible porque te das cuenta de que el ser humano es capaz de cometer atrocidades”. Él vivía en Kigali, la capital, y vio como el país vivía una auténtica guerra con bombas y helicópteros por todas partes. Esta situación hizo que junto a su familia tuviera que huir a El Congo, donde vivían familiares de su madre y donde permanecieron cerca de tres años.
“La guerra estaba ahí, lo llenaba todo y veías como la gente moría”, cuenta. También recuerda como en ese genocidio perdió a muchos familiares y amigos. Esta dramática situación, tal y como detalla, “es un momento en que aprendes a valorar cada instante de la vida y a valorar lo bueno que tiene”.
¿Hay esperanza en momentos tan difíciles y de tanto sufrimiento? Dominique ante esta pregunta no duda ni un instante: “La esperanza era Dios, que a pesar de tanto mal iba a sacar bien”. En este sentido, el sacerdote ruandés destaca “que cuando el hombre falla solo puede solucionarlo Dios, es él el único que puede cambiar el corazón del ser humano cuando se pervierte”. “Fue un momento de apoyarse en Dios, era el único camino”, añade.
En las palabras del padre Dominique nadie puede decir que ha perdido la fe en el ser humano a pesar de ver el mal que puede llegar a hacer y así lo recuerda en varias ocasiones: “el bien triunfa contra el mal y ha habido muchas personas buenas que han hecho mucho para salir adelante y me ha servido para convencerme que tengo que hacer el bien”.
El sacerdote también recuerda que durante este episodio la Iglesia realizó una gran labor. Además de los muchos misioneros que arriesgaron su vida las iglesias se convirtieron en refugio, lo que hizo que muchas acabaran destrozadas. “Si no respetaron lo más sagrado, que es el hombre, como iban a respetar los templos”, apunta.
Pero la labor de la Iglesia, como resalta, comenzó sobre todo después y con el fin de conseguir la reconciliación y la convivencia. Como recuerda incluso “entre los bautizados se mataron unos a otros”. Por ese motivo, como relata, “la Iglesia ha sido pionera en la reconciliación y está haciendo mucho trabajo en las cárceles y con muchas iniciativas para conseguir el perdón”. El propio Dominique destaca que “perdonar es amar, ya que si no se perdona no se ama”.
En este sentido, también recuerda que fue difícil empezar de nuevo. “Hay que mirar para adelante y resucitar”, repite en varias ocasiones. Aún así, reconoce que ha dejado profundas heridas difíciles de curar.

Vocación desde pequeño

Dominique, de 43 años, lleva siete años en España, cuatro de ellos en Valencia. Su vocación surgió gracias al ambiente cristiano con el que creció y por su participación en diferentes grupos de la Iglesia. “Yo quería entrar al Seminario desde pequeño pero mi padre en ese momento no me dejo”, cuenta. Sin embargo, tiempo después le impactó el testimonio de los Misioneros de los Sagrados Corazones: “anunciaban que Dios es amor y eso me cautivó”. Esto hizo que se viese llamado “a contemplar a Jesús traspasado en los traspasados del mundo”.
25 años después Dominique no duda en que Dios “siempre ha estado con Ruanda”. “Nos ha bendecido con un país hermoso, conocido como el de las mil colinas, y que poco a poco se va levantando con su ayuda”.