Podemos reconocerlos porque actualmente se encuentran en la franja de edad que abarca de los 14 a los 24 años. Su generación ha nacido “pegada” a un móvil y apenas son capaces de reconocer lo que es un teléfono “a la antigua usanza”. Sin embargo su método para comunicarse no deja de ser curioso. El móvil siempre se encuentra. Mayoritariamente usan la mensajería de WhatsApp o Telegram y apenas saben reconocer los antiguos SMS. Los jóvenes prefieren usar el mensaje de texto antes que descolgar el móvil porque esto les permite meditar la respuesta y no contestar con lo primero que se les viene a la mente, y esto les hace sentir más seguros. Les presentamos a la ‘Generación Mute’ o ‘Generación Muda’.

❐ BELÉN NAVA | 19.01.2023
Pónganse en situación. Grupo de madres de jóvenes adolescentes. Una de ella saca su teléfono y llama a su hijo o hija tratando de saber dónde está. “No me lo coge”, comenta. Insiste hasta en cuatro ocasiones. “Nada, que no me lo coge”. Se resigna. “Lo tendrá silenciado”, le apunta otra madre. Intenta mandándole un Whatsapp. “Pero si está en línea”, vuelve a comentar la primera madre indignada que esta vez sí que recibe respuesta al mandar un mensaje por la ‘app’ de mensajería…
Educadores y psicopedagogos consultados por PARAULA aseguran que es algo “relativamente nuevo” y “en estudio”. Sin embargo lo que ya es una realidad es que esta generación, a la que ya se le ha bautizado como ‘mute’ o ‘muda’, ha perdido el hábito de hablar por teléfono “en directo”. Se sienten incómodos ante una llamada telefónica tradicional. Hablar es mucho más arriesgado que escribir. Las palabras pronunciadas no se pueden borrar. No dominan la situación y sienten como un intruso a aquel que les llama. Es más, se sienten seguros teniendo el móvil silenciado, en modo ‘mute’. Se esconden tras un teclado.

Han llegado a “normalizar” el contacto interpersonal puesto que gracias a la tecnología, normalizan la ausencia de comunicación directa, que solo puede darse en el cara a cara o, como mínimo, en la interactuación en tiempo real que se produce en una llamada telefónica. No es difícil ver grupos de jóvenes en parques o plazas con las cabezas inclinadas mirando el móvil. Han quedado para estar juntos pero… ¿utilizan ese tiempo en comprobar los mensajes en su teléfono móvil? Sí, así es. No hablan, interactúan a través de audios o textos… son la generación muda o “mute”.
Lo preocupante de esta generación es que este contacto virtual termina por convertirse en una forma de posponer o reducir el contacto físico cara a cara. Pueden tener grupos de Whatsapp que generan en unos minutos cientos de mensajes, lo que puede provocar una falsa sensación de acompañamiento, sin embargo, al final, no dejan de estar ellos solos frente a la pantalla.

Esto tiene también que ver con la manera de interactuar. Sin sonido que les advierta de tener un nuevo mensaje o una llamada, los jóvenes siempre llevan los móviles en la mano. Ya no hay sonidos ni tonos estridentes. Viven en modo “mute”.

Existen cifras que apoyan estas tendencias: según el informe ‘Sociedad Digital en España’ de Fundación Telefónica correspondiente a 2018, el 96,8% de los jóvenes españoles de 14 a 24 años usó WhatsApp como principal canal para comunicarse con algún familiar o un amigo, y ya solo cuatro de cada diez españoles envían SMS.

El informe más reciente de la Fundación Telefónica, que data de 2021, asegura que existe una tendencia clara que es la fusión entre mundo digital y real: el 78% de los internautas utiliza la mensajería instantánea para organización de quedadas o eventos.

Pero, realmente ¿cuál es la gravedad del asunto? ¿que no suenen los teléfonos? ¿que no respondan a las llamadas porque ni vibra ni suena? ¿que no hablen por teléfono para que nadie les oiga? ¿que dejen de hablar en vivo y en directo para pasar a la comunicación digital? ¿que no sepan comunicarse realmente? ¿que pierdan la capacidad de escuchar o de relacionarse cara a cara? A estas, y a otras preguntas que se nos plantean nos contesta Pablo Romero Furió, formador y responsable de formación de UpToYou:

¿En dónde radica el principal problema de esta generación?

Toda la problemática comentada en el titular descansa sobre la problemática de la educación de la persona, es decir, ¿usamos la educación para solventar problemas para sobrevivir (malvivir) o entendemos que la educación consiste en ayudar a ser persona mientras transcurre su vida (crecimiento personal vital)?
Nos hemos trasladado desde la problemática familiar y social a la educación, como no podría ser de otra manera, creo que esta conexión la vemos todos con el ejemplo. La educación de la persona es integral y por tanto debemos tener en cuenta toda su realidad vital, el contexto que vive, creencias, experiencias, pensamientos y, cómo no, sus emociones. Así llegamos a la educación emocional como la forma integral de educar a una persona. Con las siguientes cuestiones vamos a aportar esta visión global de la educación y de la persona. Si queremos atender a un problema de una persona debemos atender a la persona.

¿Qué es la educación emocional o afectiva? ¿Para qué sirve?
La primera pregunta es larga de explicar y haré una síntesis, la segunda “tiene tela” pues quien se la plantea está planteando el porqué de la propia educación (confió en que el lector saque sus propias conclusiones tras leer el artículo completo). La educación emocional, a nuestro modo de ver, es una contracción de la frase: Educación de la persona desde su realidad emocional. Educación: ayudar al desarrollo, al crecimiento, a la maduración. Persona: ser de encuentro. Realidad emocional: forma de entender las propias vivencias en los contextos vitales de cada uno, de donde surgen los sentimientos y las emociones. Para que sea una síntesis con más sustancia debo añadir dos ideas centrales, pues según qué se entiende por educación y qué se entiende que emoción la propuesta de educación emocional va a ser diferente. La educación siempre es emocional pues la persona siempre interpreta lo que le ocurre, ya sea una palabra, una mirada, un silencio, y le acompaña una emoción, ya sea desesperación, euforia o indignación. La emoción es muy personal.
La segunda idea sobre la EE es la propuesta de conocernos a nosotros mismos a partir de las emociones, es decir, las emociones son tan personales que, lejos de controlarlas, lo que interesa es conocerlas por lo que dicen de uno. Suena bien con emociones como la alegría, la ilusión, la esperanza… Pero, ¿qué ocurre con las emociones más desagradables como el enfado, el miedo, la frustración, la envidia o la venganza? Porque esto también lo vivimos todos los días. El tema se vuelve más complejo. Y creo que, lejos de rechazarlas, también pueden ser un estupendo camino de crecimiento personal si se saben atender y potenciar adecuadamente. Y esto es la clave donde el arte de un buen educador ayudará a conocerse desde lo que uno siente y no desde lo que uno debe o no debe sentir o incluso hacer.

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