L.A. | 28-09-2017

1897. La primera riada del Turia fotografiada.

Una placa en el monasterio de la Trinidad de Valencia recuerda que el 27 de septiembre de 1517 -hace justamente ahora 500 años-, se produjo la mayor riada sufrida por la ciudad de Valencia desde que hay registros históricos: más de 200 edificios derribados, centenares de muertos y una tragedia fue reflejada por escrito años después por el párroco de San Esteban.
La avenida del río Turia sobre la capital valenciana se produjo a las 3 de la tarde de aquel 27 de septiembre, que era domingo, después de 40 jornadas lloviendo intensamente sobre toda la región y obligó a los jurados de la ciudad a pedir ayuda urgente al rey Carlos V, entonces recién llegado a España.
“Pareció un retrato del diluvio de Noé”, contó años después con los testimonios de los supervivientes el sacerdote y rector de la parroquia Gaspar Joan Escolano (1560-1619), que fue cronista del reino, en su ‘Décadas de la historia de la insigne y coronada ciudad y reyno de Valencia’, que se conserva en la Biblioteca Valenciana.
Eran las tres de la tarde cuando llegó el Turia a Valencia “con tanta fuerza como nunca lo habían visto personas vivientes”. En una hora derribó todos los puentes que daban a las puertas de las murallas de Valencia, el Portal Nuevo, el del Palacio Real y de los Serranos, y gran parte de los antepechos de los Puentes de la Trinidad y del Mar.
La avalancha cubrió todas las calles y derribó más de doscientas casas, entre ellas la del propio cura de la parroquia de San Esteban, antecesor de Escolano, que quedó atrapado.
“La furia y creciente del río fue tan temeraria, que la ciudad quedó hecha una babilonia de llantos y voces, nacidas de los que morían ahogados en las aguas, y debajo de las casas que se iban cayendo y las mas del barrio de los curtidores; y no menos aumentaban esta tragedia los clamores de los demás ciudadanos, que aguardando otro tanto de sí, rompían el cielo pidiendo misericordia a Dios”, detalla el cronista.
Una hora después, a las 4 de la tarde, las aguas inundaban casi todos los barrios de Valencia. Solo en la calle de Murviedro (hoy calle Sagunto) desaparecieron sesenta edificios. Las aguas entraron en tal cantidad, “que podía navegar una barca grande por los portales situados junto a los puentes citados, y también por las puertas de los Tints y de las Blanquerías”.
“Las aguas desbordadas se extendieron a muchas alquerías, causando estragos incalculables y se vinieron abajo casi todos los molinos, se obstruyeron las acequias y quedaron embarrancadas las tierras labrantías. Aquello no parecía la Huerta de Valencia”.
Escolano, tras recoger numerosos testimonios, escribió que en el entorno del río “no quedó parroquia, ni clero, ni monasterio, para placar su ira. Pero donde mas riza hizo la inundación, fue en el arrabal y calle de Murviedro, que la cubrió y ocupó toda hasta la Torre de la Unión, por donde hubieron de salir huyendo las monjas del monasterio de Nuestra Señora de la Zaidia, y fueron llevadas al fosal o cementerio, que dicen de Benimaclet dentro de la ciudad, y las monjas trinitarias, que se acogieron al Palacio del Arzobispo por haber sido tan sobresaliente el golpe de agua que se les entró por la casa e iglesia, que subió siete palmos de alto, hasta el sagrario donde estaba reservado el santísimo sacramento: si bien se quedaron siete de ellas para custodia de la casa”.
La Seo saca al Santísimo
“En el convento de la Zaidía las aguas alcanzaron un nivel de diez palmos y medio y causaron muchos daños”, por lo que las religiosas tuvieron que refugiarse en las casas de los benefactores. Lo mismo ocurrió con las monjas del convento de la Trinidad, que durante la mañana siguiente se trasladaron al Palacio Arzobispal con las caras cubiertas. Tampoco permanecieron en su cenobio las monjas de San Julián, “alarmadas por las ciento veinte casas destrozadas por las aguas y la pérdida de más de cien vidas humanas”.
El Cabildo de la Catedral dispuso que el Santísimo, acompañado del Lignum Crucis y otras reliquias, fuera llevado en procesión a los lugares más afectados. Varios sacerdotes permanecieron en la capilla mayor de la Seo entonando salmos desde la tarde a la noche y fueron relevados por otros desde medianoche hasta el amanecer. Al día siguiente empezó el río a volver a su cauce, pero los canónigos dispusieron que, mientras no luciera el sol otra vez, continuaran las rogativas “ad petendam serenitatem” por turnos de cuatro horas.
Los clérigos de las parroquias y de los conventos de San Agustín y San Francisco salieron a la calle para colaborar ante la catástrofe. Sin embargo, los frailes del convento de Santo Domingo tuvieron que seguir en él porque la riada había derribado la mayor parte del claustro y tenían que demoler los restos.
Una semana después, el 3 de octubre de 1517, los Jurados de la Ciudad dirigieron una carta al joven rey Carlos I, recién llegado a España, que acababa de desembarcar en Villaviciosa (Asturias) el 19 de septiembre, días antes de la riada para informarle.
En la pared exterior del atrio del convento de la Trinidad fue colocada una lápida con una inscripción en latín con este contenido traducido al castellano de la época: “Aquí llegó creciente el bravo Turia, salido de los limites usados: e hizo inmenso estrago con su furia en la ciudad, en campos y poblados”. Fue retirada en el siglo XIX por otra en latín también que se puede ver hoy: “Hasta aquí llegó la inundación del Turia, la mayor de que hay memoria, el 27 de septiembre de 1517 a las 3 de la tarde”.