2-06-2019

El sábado pasado la Iglesia en Valencia se vio enriquecida, en la parroquia de la Epifanía y santo Tomás de Villanueva, con la consagración de una nueva joven virgen, en el “Ordo de las vírgenes”, Carmen María, que se consagraba al Señor, enteramente y con corazón indiviso, con toda alegría y gozo. Un verdadero regalo de Dios a esta Iglesia que está en Valencia. En la homilía, dije entre otras cosas:
“Queridos sacerdotes, queridas vírgenes consagradas, querida Carmen María, que esta tarde vas a consagrar ante la Iglesia tu virginidad al Señor y te vas a desposar con Él, como único Señor de tu vida y de tu amor como fiel esposa suya:
Él nos dirige hoy su Palabra, especialmente a ti y ofrece este texto tan hermoso y consolador del Evangelio de este domingo: dice, “El que me ama”, -tú lo amas de verdad y de todo corazón, con corazón indiviso, a Él-, Mi Padre lo amará y vendremos a Él y haremos morada en él”. Vas a ser morada, casa suya por tu entrega, sólo para Él, de tu vida, expresada y resumida en tu virginidad a Él consagrada. Traigo también a mi memoria aquel otro texto del Evangelio también muy consolador: “como el Padre me ha amado, así os he amado yo”: Jesucristo nos ama, te ama, nos ama de verdad con un amor infinito, el del Padre Dios: El Padre le ha amado al Hijo eternamente, antes del tiempo, con un amor divino porque “Dios es amor. Ese es su amor, el del Padre hacia Él, y nos ama con ese amor, el que vemos y palpamos en cuanto hace y dice Jesús, dándolo todo, dándose todo, hasta por qué Él te ha elegido como esposa dándote todo su amor. Contempla, contemplemos su amor: “No hay mayor amor que el dar la vida por los amigos”; te la da toda entera, y tú se la devuelves en amor consagrado a Él. La da a sus amigos porque nosotros somos sus amigos: “Ya no os llamo siervos, sino amigos, porque nos habla como amigos, nos revela lo que ha oído a su Padre, nos lo da a conocer; no tiene secretos para con sus amigos y menos como sus esposas vírgenes consagradas. Amigos de Él, sí, pero si hacemos lo que Él nos manda: y esto nos manda, que nos amemos como Él nos ha amado, y nos ama: amarle es permanecer en ese amor suyo. ¡Cómo cambia el mundo a partir de esto! Cómo se renueva el mundo a partir de este amor. A partir de este amor el mundo da un giro total. Vuestro amor a él consagrado hace dar un giro al mundo. Hermanos muy queridos, escuchemos lo que san Juan nos dice en una de sus cartas: “Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”. El amor es de Dios, y amar es llenar el mundo de Dios. Este es el cambio que introduce Jesucristo en el mundo, y genera una nueva civilización: la del amor, la de Dios amor. Y lo hace de una manera muy especial a través de vosotras, queridas hermanas vírgenes consagradas. Estáis para transformar el mundo, con un amor que no es del mundo sino don de Dios que nos ama primero.
No olvidemos lo que nos dice san Juan en otro momento: “En esto consiste el amor: No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero, y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados”. En Jesús tenemos el amor, lo que es amar. Y a ellas, a nuestras hermanas vírgenes consagradas la luz del Espíritu Santo se lo ha hecho ver y así amar con ese amor total que el mismo Espíritu deposita en los corazones.
Hermanos, hermanas vírgenes consagradas, querida hija que vas a consagrarte por completo, Carmen María, unámonos a Él, permanezcamos unidos a Él, como el sarmiento permanece unido a la vid y da fruto: el fruto es la misma vida de Cristo, de la caridad de Cristo porque amaréis con su mismo amor, el fruto de las bienaventuranzas, el fruto de la consagración vuestra con la que estáis diciendo como María: “sólo Dios, aquí están tus fieles siervas, hágase tu voluntad, somos enteramente tuyas”, que es lo que tanto necesita el mundo para ser un mundo nuevo.
¿Por qué nos apartamos de Él, de Jesucristo, de Dios, por qué el mundo se aleja y se separa de Él y no se une a Él? Solo Cristo, solo su amor cambiará este mundo nuestro. ¿A qué esperamos? ¿Cuándo vamos a permanecer unidos a Él, y amarnos los unos a los otros, que es su mandato, el mandamiento nuevo? Nos ha elegido Él, os ha elegido Él, no nosotros a Él, no vosotras a Él. Y nos ha elegido para que vayamos y demos frutos, de amor, de verdad, de ayuda a los débiles y a los pobres, de santidad, de servicio, de entrega, de paz, de alegría. Jesús vino al mundo no para juzgarlo ni condenarlo, sino para que se salve por Él y su alegría esté en nosotros. Vuestro amor a Él consagrado no es para que lo viváis en una intimidad egoísta sino para que lo viváis con el amor suyo que está en vosotras. Quiere que su alegría, la alegría de ser amado sin límite por el Padre, y esa alegría suya esté en nosotros y que la alegría llegue a plenitud, sea, como dicen los jóvenes, una alegría a tope, grande, inmensa, no superficial y pasajera, fugaz, como la del mundo: no quiere discípulos tristes, cristianos tristes: el cristiano no puede ser alguien triste: un cristiano triste es un triste cristiano. Y menos aún una virgen consagrada: vuestra alegría de ser virgen consagrada, de amar con ese amor vuestro es para llevarla a todos, de manera que puedan percibir a través vuestro qué maravilla es amar así y vivir la consagración entera y total al Señor.
Jesús nos ha dicho que nos deja un mandato: amaos unos a otros como Él nos ha amado, como nos ama Él. Una prueba concreta de ese amor sois vosotras, hermanas vírgenes consagradas, es el amor que también a través vuestro ha de traducirse en el amor a los enfermos: hoy celebramos el Día del Enfermo.
Este domingo celebramos la Jornada o Día de los enfermos. La atención solícita, el cuidado entrañable, la cercanía y la ayuda a los enfermos es parte integrante de la evangelización, que es anuncio y testimonio del Evangelio del amor y este amor a los enfermos que acompaña la evangelización es uno de los signos más privilegiados de que ha llegado la salvación. Jesús «los envió con estas instrucciones –leemos en el Evangelio- : ‘Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca. Sanad a los enfermos`» (Mt lO,5.8). Celebramos esta Jornada pidiendo de una manera especial por los enfermos ellos. Sentimos la llamada de Dios a estar muy cercanos a todos estos hermanos nuestros y también a sus familias, que son los que están de verdad a su lado, sufren con ellos y junto a ellos, los quieren y cuidan con todo el amor. A través de esta cercanía nuestra, del amor, presencia, ternura y cuidado solícito de ellos, deberán experimentar la cercanía suprema de Dios. Nadie como Él, como vemos en su Hijo Jesucristo, está tan cercano a estos hermanos, los enfermos, a los que tantísimo les debemos, porque, entre otras cosas, son en buena parte los que llevan la Iglesia, están completando con sus sufrimientos la pasión redentora de Cristo, están llevando a cabo con Él la salvación de los hombres, que tanto necesitamos de ella. Vuestra vida de vírgenes consagradas ha de brillar de una manera especial en vuestro amor y atención a los enfermos.
En toda época, la Iglesia a través de sus hijos se aproxima a los hombres de toda condición, pero sobre todo a los que sufren y se entrega gozosamente a ellos, animada por aquella caridad con la que Dios nos ha amado y ama a los hombres en su Hijo único, Jesucristo, que tomó nuestras flaquezas y debilidades y cargó con nuestras enfermedades, pasó por el mundo haciendo el bien y sanando de toda enfermedad y dolencia. En Cristo, vuestro esposo, médico de los cuerpos y de las almas, Dios ha visitado a su pueblo, se ha hecho cercano, próximo a él. Señal espléndida de que Dios está con nosotros, con los hombres, sus hijos y su pueblo, es la compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de enfermos de todo tipo. Jesús vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan. Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: ‘estuve enfermo y me visitasteis`. Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Lo vemos y encontramos a Él, a Jesucristo, en los enfermos. Ahí lo tenemos presente y vivo, ahí, en ellos, está Cristo a quien consagráis vuestra virginidad.
Demos gracias a Dios por la consagración esta tarde de nuestra hermana, Carmen María -seguirán otras, en meses próximos-, y que otras mujeres como estas vírgenes consagradas, jóvenes como ellas, descubran que son elegidas, llamadas y amadas para consagrar a Jesús, al Señor su virginidad. Sois un don muy grande a la Iglesia y expresáis ese don siendo y sintiéndoos con una vocación en la Iglesia y para la Iglesia, manifestáis el sentido eclesial de vuestra virginidad a Cristo consagrada en la Iglesia y como Iglesia. Que Dios os fortalezca y no disminuyáis en vuestro amor a vuestro esposo Jesucristo, que lo merece todo, y con la fuerza de su espíritu, su amor, hace que surja y se viva una humanidad nueva hecha de hombres y mujeres nuevos que permanecen Él y son morada de la Trinidad Santa”.