La inocencia y sencillez de una mujer, vivas tras cuatro siglos De generación en generación, las familias de Benigánim transmiten su devoción centenaria a la beata Inés y tratan de imitar su modelo de vida cristiano

Mireia le entrega a su hija Martina una rama del naranjo que plantó la beata. Una tradición heredada y que se realiza el día de la fiesta grande. (FOTO: J.A. BOLUDA)

BELÉN NAVA | 25-01-2019
El recuerdo de la beata Inés (Benigánim, 1625-1696) impregna cada uno de los rincones de esta localidad valenciana de la que no salió en toda su vida. Cada uno de sus habitantes tiene alguna vivencia que contar relacionada con la ‘niña’ como familiarmente la llamaban las Agustinas Descalzas en el monasterio de la Purísima del pueblo que la vio nacer y donde pasó prácticamente toda su vida.

Amaba en extremo su convento y la vida religiosa. Ella, “una mujer sencilla que no simple, hija del s. XVII a la que Dios llamó por el camino de los pequeños, de aquellos que buscan el último lugar en el Reino de Dios”, tal y como afirman hoy en día las Agustinas Descalzas de Benigánim, herederas de la espiritualidad que la beata Inés, sin ser consciente de ello, dejó en el pueblo de Benigànim. Nos explican que, “todas las gracias místicas se reunieron en ella. La naturalidad y sencillez con que las recibía fueron tan del agrado de Nuestro Señor Jesucristo que constantemente se le aparecía por los claustros acompañándola en sus quehaceres”.

Dicen los beniganenses que Josefa Teresa, el nombre que recibió en la pila bautismal, “es como una luz en la oscuridad”. Una llama que ilumina los corazones cuando los miedos, las dificultades, la enfermedad… atenaza sus vidas. Porque Inés siempre les escucha y no les juzga, siempre les ayuda y no les pide nada a cambio.

Así, cada 21 de enero, fecha en la que falleció la beata, el pueblo de Benigànim se vuelca en la fiesta grande a su hija más ilustre. Es el día grande en el que se le agasaja y se le da gracias por sus intercesiones. Pero no sólo ellos, cientos de peregrinos llegados de toda la comarca de la Vall d’Albaida acuden a la villa real. En todas las localidades de la comarca, encontramos una gran devoción por la beata y no es de extrañar porque, ya en su época, las noticias de sus virtudes y el agradecimiento de su intercesión fueron motivo de que su nombre fuera conocido entre los valencianos y de otros lugares, llegando incluso a la corte de Madrid. “Si bien, aunque nada sabía sor Josefa de las cosas de los hombres estaba dotada de un conocimiento de profunda humanidad”.

A poco que uno pregunta entre las gentes que se citan en la plaza rotulada en honor de la beata para asistir a la misa de campaña en su honor, los testimonios de fe surgen de la misma manera que aquel naranjo que la beata plantó del revés y que, sin embargo, creció de la forma correcta y aún hoy da hermosas naranjas.

No es fácil conseguir que cuenten su historia pero la emoción y el agradecimiento pueden más que el pudor. Y no lo hacen por ellos, porque a PARAULA le piden permanecer en el anonimato, lo hacen por ella, por su beata, para que se conozca la fuerza de su intercesión y de su amor por el prójimo.

Enfermedades, problemas familiares con padres e hijos enfrentados, bebés deseados que no llegan, peticiones de trabajo… a la beata Inés se le pide por y para todos. Y a todos ellos, tarde o temprano les es concedido, gracias a su intercesión.
“Tengo una hija que al mes y medio de nacer cayó enferma. No sabían por qué no respiraba bien –recuerda Verónica-. A los siete meses le pedí a la beata que me ayudase con mi niña, entonces cayó una rosa amarilla del adorno de su imagen”. A la pequeña le pudieron diagnosticar y curar y a día de hoy es una niña completamente sana.

La historia de José Vicente, también hijo de Benigànim, es curiosa. Asegura que “cuando solía ir a visitar los mercados de antigüedades visualicé una pequeña estampa de la beata Inés. Me acerqué al dueño y pregunté su precio pero no me la quiso vender. Al preguntarle la razón me contestó que su madre ya lo llevaba a los mercados y si daban las 12 y no había tenido suerte en la venta, se dirigía a ella y le decía: ¡Inés ponte a trabajar! (tal y como le decían a la beata en el convento). Entonces se vendía tanto como para dar de comer a toda la familia. Años después, vaciando una vivienda, dentro de una cómoda que llevé a casa, encontré la misma estampa del mercado de antigüedades en el anticuario de Valencia. Desde entonces cuando el trabajo me flojea repito aquella frase: ¡Inés ponte a trabajar! Y hasta la fecha no me ha fallado nunca”.

Incluso a la intercesión de la beata se le atribuye alguna que otra vocación religiosa y a las oraciones diarias de las hermanas en el convento se les agradece “su regalo fecundo y silencioso de Dios a la Iglesia”, tal y como lo atestigua una persona anónima en la multitud de escritos de agradecimiento que llegan al convento.

De padres a hijos
La devoción a la beata Inés no morirá nunca. Y no lo hará porque su pueblo y sus gentes se encargarán de que así sea. Desde bien pequeños los niños y niñas del pueblo –muchas de ellas con el nombre de Inés en honor a la beata- conocen la historia de Josefa, los hechos más importantes de su vida –que se encargan de escenificar por las calles de la localidad- y el amor que profesaba a Jesús, su “esposo” como ella le llamaba.

Así ha sido con Martina, a sus cinco años de edad ya sabe quién es la beata y asegura que “la quiero mucho”. Sus padres, Mireia y José Vicente han sabido transmitir a la pequeña todo su cariño hacia la religiosa. Ellos, en el 2016, tuvieron el honor de presidir la comisión de fiestas de la beata. Una experiencia que califican de “inolvidable”. Y así, como manda la tradición, Mireia y Martina se acercaron hasta el naranjo que plantó la beata para coger una de sus ramas que guardarán en su casa hasta el próximo año. Unas hojas de naranjo que impregnarán su casa de la dulce fragancia que desprendía aquella joven que en el siglo XVII sorprendió por su humildad, su sensibilidad y su modelo de vida cristiano.

Si la beata viviese hoy en día, en estos tiempos que corren, seguro que nos recordaría a todos que la clave para vivir nuestra fe está en la sencillez de vida.

Exponen la única carta que se conserva firmada por la beata Inés
Las religiosas Agustinas Descalzas exponen en el convento que rigen en Benigànim la única carta que se conserva firmada por Josefa Teresa Albiñana Gomar, la beata Inés.Fechada en el año 1690 y con la firma de la Beata, “apareció al realizar el inventario de todos los objetos vinculados a ella que se conservan y por la lectura se deduce que es la respuesta a una carta anterior en la que se le solicita su consejo por una inquietud vocacional”, según fuentes de la comunidad religiosa.Igualmente, “la beata solía dictar el contenido de sus cartas a su confesor o a alguna de las religiosas, y en este caso fueron traducidas sus palabras al castellano”. Además, “es un documento valioso porque prueba que la beata fue consultada por muchas personas a las que orientaba con la intención de servir a Dios”.

En la carta, la beata responde a la petición de consejo que “el estado más perfecto es el de ser eclesiástico y este estado es una pesada cruz y en ambos -en referencia al estado de laico- se puede salvar uno si cumple perfectamente en sus obligaciones” y aconseja seguir “la inspiración que más le está con el parecer del prudente confesor que deseara” y asegura que encomendará el caso al Señor en la oración.

CASA RECUERDOS BEATA INÉS

Horario: El segundo y el cuarto domingo de cada mes
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c/ Leonor Ortiz, 4
Benigánim (Valencia)
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