“Sed testigos valientes del Evangelio, audaces y libres para anunciarlo obedeciendo a Dios” El Cardenal confiere la ordenación sacerdotal a diez diáconos en una misa solemne en la Catedral

L.B. | 5-07-2019

Acabada la imposición de manos, el Cardenal pronunció la Plegaria de Ordenación. V. GUTIERREZ

Es siempre una de las celebraciones más esperadas del año en la diócesis: la ordenación de nuevos sacerdotes. Y así se notaba en la Catedral y sus alrededores cuando, mucho antes de empezar la ceremonia, se iba llenando de gente: nervios, prisas, llamadas de última hora… Nadie quería perderse el acto, ni los familiares, ni los amigos, ni los feligreses de las parroquias de origen o de las parroquias donde los diáconos que iban a ser ordenados habían hecho sus prácticas pastorales.

Todos querían estar presentes en este día tan especial para los diez ordenandos: Enrique Baviera, de 27 años, de Valencia; Carlos Bou, de 61 años, de Valencia; Gilberto Claro, de 31 de Gibara (Cuba); Onofre Gabaldó, de 27 años, de Quart de Poblet; Jorge López, de 30 años, de Valencia; Ignasi Llópez, de 33 años, de Valencia; Enrique Sáiz, de 27 años, de Alfafar; Pablo Sanchis, de 25 años, de Xàtiva; Joaquín Todolí de 40 años, de Valencia; y Jose Luis Viguer, de 40 años de Valencia.
Entre los numerosos asistentes destacaba el grupo de seminaristas del Seminario Menor y también un grupo de mujeres del Cottolengo del P. Alegre que quisieron acompañar a Carlos Bou -muy relacionado con la institución- en su ordenación y acudieron a la Catedral en taxis especialmente habilitados para llevar sillas de ruedas.

Un regalo de Dios
El arzobispo de Valencia, cardenal Antonio Cañizares, les confirió la ordenación sacerdotal en el transcurso de una misa solemne que presidió en la Catedral el pasado sábado 29, solemnidad de san Pedro y san Pablo.
“Sois un regalo de Dios”, dijo el cardenal a los ordenandos, a los que recordó que “somos sacerdotes de la fe y para la fe, para anunciarla y proclamarla sin ahorrar nada”.

Por ello, “sed sacerdotes, como san Pedro y san Pablo, testigos valientes del Evangelio, audaces y libres para anunciar al Evangelio, obedeciendo a Dios antes que a los hombres, las ideologías, las culturas y al poder”, les indicó, porque “hoy anunciar a Jesucristo es abrir caminos de esperanza en los momentos decisivos que vivimos en la Iglesia y en el mundo”.
En este sentido, les alentó a ser “incansables en anunciar el Evangelio, a tiempo y a destiempo, en medio de dificultades, sin echaros atrás en este anuncio, sin importaros el camino arduo, porque el Evangelio es fuerza de salvación para todos”, y les instó a “anunciarlo siempre en comunión con la Iglesia, con el Papa, sin ningún recelo y temor”.

Con el Cardenal concelebraron monseñor Esteban Escudero, obispo auxiliar de Valencia, y centenares de sacerdotes que ocupaban los bancos del crucero y el coro, entre ellos los rectores y formadores de los Seminarios, miembros de la Curia Diocesana y del propio Cabildo de la Catedral. En la misa cantó el coro del Seminario Metropolitano de Moncada.

Emoción y respeto

Los fieles llenaron completamente la Seo ocupando los bancos y también las sillas plegables que fueron colocadas en las naves laterales. Incluso mucho de ellos tuvieron que permanecer de pie durante la ceremonia. Pero todos siguieron con mucha atención y respeto la larga liturgia de la ordenación: la presentación o llamada de los elegidos, la manifestación de su promesa de obediencia y respeto al Arzobispo, el rezo de las letanías de los santos mientras los ordenandos permanecían tumbados en el suelo, la imposición de manos y oración consecratoria, la vestición con la estola y la casulla a los nuevos sacerdotes, la unción de las manos de cada nuevo presbítero, la entrega del pan y el vino y, por último, el beso de la paz.
Terminada la eucaristía, un estruendoso aplauso retumbó en la Catedral. Y llegó el momento de las felicitaciones. Los asistentes se agolparon a la puerta de la sacristía esperando la salida de los nuevos sacerdotes para abrazarles y felicitarles. Las felicitaciones se extendían también a los padres, abuelos y hermanos de los nuevos sacerdotes. La alegría era palpable en todos, niños, jóvenes -muy abundantes- y mayores.

Acompañando la celebración, cuatro campanas de la torre del Miguelete de la Catedral fueron volteadas a mano por los campaneros de la Seo.