Domingo de Ramos Homilía del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia
El Cardenal durante la procesión del Domingo de Ramos. J.PEIRÓ

El Cardenal durante la procesión del Domingo de Ramos. J.PEIRÓ

Comenzamos la Semana Santa, semana central de todo el Año litúrgico, manifestación del amor sublime de Dios al hombre. Con la ayuda de los ritos sagrados y de las celebraciones litúrgicas del Domingo de Ramos, del Jueves Santo, del Viernes Santo y de la solemne Vigilia Pascual, vamos a revivir el misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor, centro y núcleo de nuestra fe, culmen de la revelación de Dios en su Hijo, consumación de la obra de la redención y de la salvación, cima y sima del amor insondable de Dios que de esta manera nos ha amado hasta ese extremo que vemos y palpamos en estos acontecimientos. En estas celebraciones lo tenemos todo, está todo: En ellas vemos a Dios y al hombre, la verdad de Dios y del hombre. Ahí está toda la esperanza grande que el hombre necesita para vivir; ahí halla el hombre todo el amor que requiere para llevar una vida digna y llena de gozo, ahí encuentra todo el sentido y las razones para vivir y esperar, ahí se ve iluminada su vida con toda la luz que proviene de Dios, que es Amor, de la Verdad que es Dios y se manifiesta en el amor sin límites. Son días que pueden y deben ayudarnos a adherirnos más y más a Jesucristo y a seguirlo generosamente conscientes de que Él nos ha amado hasta dar su vida por nosotros.

Comenzamos estos días santos con la entrada de Jesús en Jerusalén y la lectura de la Pasión. En un ambiente cargado de entusiasmo por parte de unos y de odio radical en secreto por parte de otros, Jesús, manso y humilde, entra en Jerusalén sobre un borriquillo, signo de sencillez y de paz. La gente lo acoge gozosa con exclamaciones muy significativas: “Bendito el que viene en el nombre del Señor. Hosanna en el cielo». Jesús es proclamado Mesías, Salvador, Rey, Señor. Jesús es reconocido por el pueblo y al mismo tiempo es asediado, hostigado, y hasta hacerlo morir por el mismo pueblo. Esto es lo que va a suceder a lo largo de la historia. Unos aclamarán o aclamaremos a Jesús, porque reconocemos, que en Él está la Vida, que en Él está el Amor, que Él ha venido a traer la buena noticia a los pobres y a los que sufren, porque en Él está la paz, la reconciliación, la misericordia y el perdón, porque Él es el Hijo de Dios. Otros, sin embargo, lo rechazarán, lo están rechazando, se oponen a Él con todas sus fuerzas o con el desprecio y la indiferencia. Los niños y los jóvenes fueron los que tomaron una parte más activa en aquella explosión de júbilo que reconocía y aclamaba a Jesús. Comprendieron que aquel momento era la hora de Dios, la hora suspirada de la llegada del Salvador, la hora de la felicidad y de la alegría porque Dios está en medio de los hombres y se ha acercado a ellos, no para condenarlos, sino para decirles con toda la persona de su Hij o que Él nos quiere, que Él nos lo ha dado todo en Jesús. Esta es nuestra esperanza. Aquí, en Él, en Jesús, está la salvación, y no hay salvación fuera de Él; aquí está la Verdad que nos hace libres; aquí está la Vida que alienta y anima el existir del hombre. Éste es el camino. Sigámoslo; aclamémoslo, sin miedo. Os lo aseguro: seremos dichosos. Como también, si como aquellos niños hebreos tenemos una mirada limpia, veremos a Dios, lo veremos en Jesús, y nuestra vida se llenará de júbilo al mirarlo entre nosotros. Con esa misma mirada lo vemos en la Cruz, a la que introduce la lectura de la Pasión.

El sábado se cumplieron quinientos años del nacimiento de Santa Teresa. Ella nos pide una cosa: «tan sólo os pido que le miréis»; que miremos a Cristo «muy humanado», que lo miremos lo miremos «muy llagado», crucificado en su cruz gloriosa, pues, como dice la Santa de Avila: «En la Cruz está la vida y el consuelo/ y ella sola es el camino para el cielo». Es lo que haremos estos días santos, y tenemos una buena guía hacerlo si nos dejamos conducir por Santa    Teresa de Jesús.