01-05-2016
El acontecimiento de la Encarnación de Jesucristo afecta a todo el hombre y a todos los hombres, en su dimensión personal y social. Por ello, tiene que ver y le importa muy mucho la realidad del trabajo, tan hondamente entrañada en el ser del hombre y en el conjunto de sus relaciones. La Iglesia no puede, ni quiere ni debe permanecer lejana, y mucho menos ajena, a esta dimensión tan fundamental y universal del hombre como es el trabajo y su vasto y complejo mundo, con sus metas y aspiraciones, con sus logros y fracasos, con sus problemas y aun dramas, con sus preocupaciones y sus esperanzas.
El mismo Jesucristo, nuestro Señor, quiso ser también trabajador junto a San José, el artesano de Nazaret, trabajó con manos de hombre, soportó el peso del esfuerzo físico, sus manos se encallecieron con el trabajo y su estado social fue del más ínfimo nivel para tenerse como compañero, amigo y ejemplo de los trabajadores. Así, en aquella casa nazaretana, vivió la austera pero redentora ley del trabajo humano, la exaltó y dignificó de manera que fuese a todos patente su dignidad. Jesucristo nos enseña, en la realidad más completa y auténtica, el valor y sentido de la vida, la primacía de la persona humana por encima de otras cosas, la dignidad del trabajo, la libertad humana y cómo debe ser entendida y empleada, el servicio a todos los hombres y la opción preferencial por los pobres y los que sufren, la prioridad de la caridad que se expresa en la justicia y se extiende en la fraternidad, el misterio y significado de la fatiga y el dolor que El mismo lo quiso asumir sobre sí con el sacrificio de la Cruz, indicándonos que, por medio del dolor, es posible encontrar virtud y redención y, con éstas, la esperanza.
Es necesario, en este Año Jubilar de la Misericordia con la mirada puesta en Cristo y de vuelta a Él, que todos, particularmente los trabajadores cristianos, encuentren en su renovada y fortalecida adhesión a Cristo su originalidad de vida, su razón de ser, su fuerza, su estilo y la seguridad y entusiasmo de sus actividades sociales. Que el Maestro les enseñe a buscar y encontrar en su palabra y en sus obras, en toda su vida y persona, los principios de su concepción de la vida, que les enseñe la dignidad y la honradez de su esfuerzo, que les enseñe a inmunizarse de las tentaciones que acechan su condición de trabajadores y a liberarse de las injusticias que, fruto del pecado, con demasiada frecuencia y extensión pesan sobre el mundo del trabajo, que les enseñe cómo se puede ser fuertes sin odiar, más aún, amando y sirviendo los propios intereses en armonía con el bien común; que le enseñe a suavizar y ennoblecer su trabajo con la fe y la oración.
No podemos olvidar, por otra parte, que este Año jubilar nos recuerda que Jesús vino a “evangelizar a los pobres”, y que, por ello, reclama subrayar más decididamente la opción preferencial por los pobres y los marginados, así como mostrar de manera clara que un aspecto sobresaliente de esta celebración es el compromiso por la justicia y por la paz en un mundo como el nuestro, marcado por tantos conflictos y por intolerables desigualdades sociales y económicas. Situaciones de pobreza, de injusticia y de marginación, desigualdades, problemas humanos y sociales, algunos graves, tienen que ver de manera muy directa con el mundo del trabajo. La gracia que se nos da para este Año Jubilar debiera de ser levadura y semilla que fructifique hoy en el mundo del trabajo: que haya trabajo para todos, como camino de solidaridad y de justicia.
Esta celebración cobra especial significación ante las circunstancias que viven familias de trabajadores en nuestra sociedad, y concretamente en nuestra Diócesis. Hay entre nosotros amplias zonas de pobreza, como hay un grave problema de desempleo y de paro, sobre todo juvenil. Duele que en muchas zonas los jóvenes –incluso los mejor preparados– no tengan un horizonte de trabajo estable y tengan que ir a buscarlo fuera de su tierra y lejos de su familia. Conocemos las dificultades de muchos hombres del mar, del campo y de la industria. Al amparo de la grave necesidad de empleo que tienen muchas personas, hay demasiados contratos de trabajo no suficientemente justos. Preocupan las nuevas pobrezas que se dan en el mundo de la inmigración y de la marginación social, sus trabajos precarios –cuando los tienen–, su inseguridad y las injusticias frecuentes y violaciones de derechos humanos que ahí se dan. Preocupa asimismo la alta siniestralidad laboral, que tantas vidas siega y que tantas personas invalida, incapacita o enferma.
Esta realidad exige de nosotros, cristianos, el apoyo social y decidido, la defensa clara y la cercanía a los trabajadores, el anuncio y realización del Evangelio del trabajo, la puesta en práctica de la doctrina social de la Iglesia, el testimonio de solidaridad con los derechos humanos más propios pertenecientes al mundo del trabajo. Para realizar la justicia social en las diversas partes del mundo, en los diversos países, y en las relaciones entre ellos, son siempre necesarios nuevos movimientos de solidaridad de los hombres del trabajo y de solidaridad con los hombres del trabajo.
Esta solidaridad debe estar siempre presente allí donde lo requiere la degradación social del sujeto del trabajo, la explotación de los trabajadores, y las crecientes zonas de miseria e incluso el hambre. La Iglesia está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera su misión, su servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la “Iglesia de los pobres”.
La situación que vivimos en relación con el mundo del trabajo, requiere políticas eficaces y duraderas de creación de empleo; un aliento serio a la creación de empresas; y también una concepción de la empresa y de la vida laboral que no tenga como único punto de mira el beneficio y el enriquecimiento de unos pocos, sino el bien de las personas y de las familias, que el trabajo y la producción estén en función y al servicio del hombre. Son precisas una generosidad y fortaleza grandes por parte de aquellas personas o grupos que tienen la posibilidad de influir en la cultura del mundo del trabajo, y por ello también una especial responsabilidad social. Ahí hemos de estar los cristianos. Que nuestra conversión a Jesucristo, nos lleve a que se aproxime el que vaya desapareciendo o disminuyendo el paro y haya trabajo para todos.