escudo-canizaresAcabamos de celebrar la Ascensión del Señor, acontecimiento que nos llena de gozo y alegría, y funda y ensancha nuestra esperanza. Ante este hecho bien podemos repetir las palabras del apóstol San Pablo en la lectura de la carta a los Efesios: «Que el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro propio corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál es la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál es la grandeza extraordinaria de su poder para nosotros, los que creemos».
Cuarenta días después de haberse mostrado a los Apóstoles bajo los rasgos de una humanidad ordinaria, que velaban su gloria de Resucitado, Cristo subió a los cielos y se sentó a la derecha del Padre. Desde entonces el Señor reina con su humanidad en la gloria eterna del Hijo de Dios, intercede incesantemente ante el Padre en favor nuestro, nos envía su Espíritu y nos da la esperanza de llegar un día junto a Él, al lugar que nos tiene preparado. La humanidad de Cristo, semejante en todo a la nuestra, ha entrado en la gloria de los cielos para siempre; nuestra humanidad está ya en los cielos, a donde hemos sido llamados todos, en Cristo y con Cristo, como cuerpo de Cristo, nuestro Señor, nuestra cabeza. La ascensión de Jesucristo a los cielos, su exaltación como Señor de cielos y tierra, es ya nuestra victoria, y donde nos ha precedido Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo. Él fue elevado al cielo para hacernos compartir su divinidad, la gloria de los cielos. «El, ascendido hoy hasta lo más alto de los cielos, como mediador entre Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos, no se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra, para que nosotros miembros de su cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirle en su reino» (Prefacio).
Salvación de los hombres
La ascensión a los cielos no es el comienzo de la ausencia de Jesús, porque el que subió lo hizo para llenarlo todo como Señor que tiene el universo como estrado de sus pies. La Ascensión implica el misterio de una presencia nueva de Jesús en la Iglesia: «Estaré con vosotros hasta el fin de los siglos». Como Señor del universo y de la historia, Cabeza de la Iglesia, Cristo glorificado permanece misteriosamente en la tierra, donde su Reino está ya presente, como germen y comienzo, en la Iglesia. El mismo y único Jesucristo está en la Iglesia y la Iglesia en Jesucristo. El Cristo total, el cuerpo de Cristo en su unidad y realidad presente, es la cabeza y los miembros. Al Misterio de Cristo pertenece la Iglesia. A la totalidad del misterio salvador de Cristo pertenece también la Iglesia, donde Él prolonga su presencia y su obra salvadora: «Seréis mis testigos hasta los confines de la tierra». Los cristianos no solo actuamos en el mundo recordando y secundando las palabras o enseñanzas de Jesús; es Él mismo quien, por su Espíritu, se sirve de la Iglesia para la salvación de los hombres. Cristo vive en ella, actúa en ella; por medio de ella cumple su misión, lleva a cabo su obra de redención por la palabra, los sacramentos, la vida de los cristianos. Cristo enseña a través de su Iglesia; en ella y por ella reina y comunica su santidad. Con la Ascensión del Señor y el envío del Espíritu Santo comienza el tiempo de la Iglesia donde Cristo está presente y actúa. El está unido para siempre con ella.
La Iglesia existe para hacer presente a Cristo en obras y palabras; existe para dar testimonio de Él; para evangelizar; para hacer presente a Cristo en todo. La Iglesia existe para Cristo, es de Cristo, no sería nada sin Cristo. Todo en ella ha de apuntar a Jesucristo; no podemos mirar a otro que a Jesucristo, no podemos dejar de mostrar a Jesucristo en todo. La Iglesia, hoy como ayer y siempre, como en los primeros momentos en que es enviada por el propio Jesús antes de subir a los cielos, se presenta con el mismo anuncio y testimonio de siempre, con la misma y única riqueza y tesoro de siempre: Jesucristo. En Él, y no en ningún otro, podemos salvarnos. La fuente de esperanza para los hombres, para España, para el mundo entero es Cristo; y la Iglesia es el canal a través del cual pasa y se difunde la corriente de gracia que fluye del Corazón traspasado del Redentor, que está con sus llagas abiertas intercediendo siempre por nosotros ante el Padre.
Acoger a Jesucristo
En los tiempos que se nos ha dado vivir, y siempre, todo debe conducirnos a Jesucristo, a acogerle, a dejar que su amor y su gracia, su salvación y su luz, su obra redentora actúen en nosotros, y, por nosotros, en los demás; y nos transformen, nos cambien, nos renueven y nos hagan ser hombres y mujeres nuevos. Todo debería conducir a que los hombres le conozcamos, le amemos y le sigamos como el camino y la pauta inspiradora, la verdad, de nuestra conducta individual, familiar, social y pública, el único programa válido para la renovación de la humanidad y de la sociedad de nuestro tiempo. Sólo en Él la humanidad, la historia y el cosmos encuentran su sentido positivo definitivamente y se realizan totalmente. Él tiene en sí mismo, en sus hechos y en su persona, las razones definitivas de la salvación; no sólo es un mediador de salvación, sino que es la fuente misma de la salvación, la salvación misma.
Abrámonos a Él, constantemente y con confianza plena, sin ningún miedo ni temor, y dejémonos renovar y conducir enteramente por Él, anunciando con el vigor de la paz y el amor a todas las personas de buena voluntad, que quien encuentra al Señor conoce la verdad, descubre la Vida y recorre el Camino que conduce a ella. Los textos de la palabra de Dios definen nuestro ser y nuestra misión: «Id, evangelizad, enseñad, haced discípulos míos, sed mis testigos, daréis testimonio de todo esto». Por el tenor de la vida y el testimonio nuestro, de los cristianos, los hombres de hoy, los que están lejos o alejados de la fe, los que no creen, los que pertenecen a otras religiones, los indiferentes, los escépticos, los agnósticos, podrán descubrir que Cristo es el futuro del hombre. Él es la única respuesta a las grandes cuestiones del hombre y del mundo. La única respuesta a la sed insaciable de felicidad se llama Jesucristo; la única medicina para el desconcierto y el desasosiego que muchas veces paraliza, bloquea y llena de miseria el corazón humano es Jesucristo. Él es la esperanza de toda persona porque es y da la Vida eterna; Él es la palabra de vida venida al mundo en carne para que los hombres tengan vida; Él nos enseña cómo el verdadero sentido de la vida del hombre no queda encerrado en el horizonte mundano, sino que se abre a la eternidad. Mirando a Cristo, acogiendo a Cristo, siguiendo a Cristo, siendo testigos de Él, presencia suya, es como nosotros y todos los hombres, nuestros familiares y vecinos, nuestros contemporáneos y amigos, nuestros compañeros de trabajo, podrán hallar la única esperanza que pueda dar plenitud de sentido a la vida.
Ningún pueblo y ninguna cultura puede culpablemente ignorarlo sin deshumanizarse; ninguna época puede considerarlo pasado o superado; ningún hombre puede separarse conscientemente de Él sin perderse como hombre. Cristo no es un lujo, no es una opción facultativa y decorativa, una idea ornamental: su presencia o su ausencia, nuestra acogida o nuestro rechazo, tocan lo profundo de nuestro ser y determinan nuestra suerte. Él es el Señor y reclama espacios en nuestros pensamientos, en nuestras decisiones, en nuestra vida; nuestra humanidad no se realiza plenamente si no busca crecer en esta vinculación y en este seguimiento de Cristo. Es el Señor y no puede ser enviado fuera de ningún ángulo de la existencia humana. Es el Señor, aunque no se impone a ninguno, sino que se ofrece y propone sin cesar a la libre adhesión de todos para que la alegría de su amor y de su salvación esté en todos, para que los ojos que lo contemplen y le sigan en la fe no miren más al mundo y a la historia con desesperanza. Por eso, la Ascensión del Señor nos invita a que demos testimonio, anunciemos y hagamos discípulos de Jesucristo, porque es donde está el futuro y la vida.