¡Qué agradables a los oídos y al corazón resultan las oraciones de la Misa! En ellas, la Iglesia nos hace decir: “Oh Dios, que das la prueba suprema de tu poder, cuando muestras la paciencia y te apiadas sin cansancio…”. ¡Qué grande es Dios! Pone todo su poder en la paciencia y en el perdón. Siempre es el Totalmente-Otro. ¡Qué diferencia tan abismal con nosotros, los hombres, que ponemos siempre en primer lugar, la impaciencia y los resultados inmediatos! Es más, nosotros pertenecemos a la generación del rendimiento, de la prisa… y esto se da con más abundancia hoy. De tal manera que si Dios fuera como nosotros, nos barrería a todos al instante y esta tierra quedaría desierta. Pero no es así, Dios está de nuestra parte y siempre está a nuestro lado. Él, tal y como nos lo revela Nuestro Señor Jesucristo, pone todo su poder en no aplastar a nadie y en tener paciencia. Es el que gasta tiempo con nosotros, entre otras cosas, porque tiene la eternidad por delante.
Hace muchos años, le oí decir esta expresión a un profesor de Teología: “a Dios no le gusta limpiar castigando”. Y es verdad. Él pone todo su poder en salvar. Nos lo manifiesta en muchas ocasiones. Él ha venido a “salvar lo que estaba perdido”. ¿No habéis caído en la cuenta cómo, donde nosotros vemos algo que inmediatamente hay que castigar, Dios ve una desgracia que hay que socorrer? ¡Qué bueno es leer el Evangelio y comprobar esto! Podía destruir al pecador, pero ¿cómo va a hacer eso con quien Él mismo ha creado con tanto amor? Tiene que mostrarle, quizá con más fuerza, el rostro de su amor para que caiga en la cuenta de cuánto lo ama Dios y se convierta. La paciencia de Dios es algo que nos asombra y que, en muchas ocasiones, a hombres de barro que actuaríamos en la impaciencia, nos escandaliza. ¡Qué maravilla comprobar cómo todos estamos ávidos de libertad y de independencia! Podemos olvidar incluso a Dios, podemos irnos, pero Dios siempre está esperándonos y llevándonos en su amor.
Padre misericordioso
Siempre me ha impresionado la parábola del “hijo pródigo” o mejor, la parábola del “padre misericordioso”. Porque en esta parábola el importante es el padre y no el hijo. Hace una descripción de la realidad actual de una manera profundamente clarificadora: los hombres, creyendo que vivimos más libres al margen de Dios, le pedimos que nos deje tranquilos. Es la realidad que viven muchos hombres hoy, el deseo de buscar la libertad a costa de lo que sea, incluso a costa de pedir a Dios que nos deje tranquilos, que deseamos vivir por nuestra cuenta, según nuestro parecer. Esto es lo que el hijo menor le dice al padre: “Padre dame la parte de la hacienda que me corresponde” (Lc 15, 12). En el fondo, cuando le está pidiendo esto, lo que está haciendo es decirle al padre que le dé su esencia más íntima, “su hacienda” que no se refiere a algo externo, sino a lo más íntimo de sí. Él quiere romper con el padre, que al fin y al cabo es desear romper con Dios. Cree que haciendo esto va a ser más libre, se va a realizar mejor.
Después de hacer esto y pasado un tiempo largo, el hijo se da cuenta que ha caído en la depravación más grande y más absurda. Ausente Dios de su vida, ha perdido “su hacienda”, ha perdido su esencia, le queda poco de ser humano. Y nos dice la parábola que “entrando en sí mismo” (Lc 15, 17a), es decir, volviendo a la profundidad de su vida, volviendo a su realidad más íntima, se da cuenta que antes, junto al padre tenía ser, tenía dirección, tenía esencia. Y ahora, al margen de Dios, lo ha perdido todo. ¿No estará siendo esto algo de lo que nos puede pasar en estos momentos a los hombres? ¿No habremos abandonado y arrinconado a Dios de nuestra existencia y es cuando nos damos cuenta de que estamos perdiendo la esencia del ser humano? ¿No será un momento de la historia para darnos cuenta de cómo marginar a Dios de nuestra vida nos trae consecuencias catastróficas para nuestra vida personal y colectiva?
La valentía del hijo
Lo más importante en estos momentos que vivimos es tener la valentía del hijo que se marcha de casa, de tal manera que también a nosotros nos lleve a vivir ese “entrando en sí mismo” (Lc 15, 17a). Y que seamos capaces de decir con valentía y fuerza: “me levantaré, iré a mi padre y le diré: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti” (Lc 15, 18). Es decir, volveré el rostro a Dios, me dejaré abrazar de nuevo por Dios. Pienso que este momento histórico que estamos viviendo es la gran la hora de volver el rostro a Dios. Porque es verdad que el hombre es el pródigo de todos los tiempos, pero hay épocas históricas en las que a los hombres nos cuesta más dejarnos abrazar por Dios y, sin embargo, todo evidencia que es más necesario. Quizá, porque nos creemos no necesitados de Dios o porque hemos olvidado esa referencia a quien sabemos que nos ama y nos hace felices regalándonos su amor. Volvamos al amor primero.
Tenemos que ser conscientes de la multitud de ocasiones en que hemos sido hijos que hemos dado un portazo a la casa de nuestro padre y nos hemos marchado. Con nuestra marcha, nos hemos llevado con nosotros todos los bienes adquiridos por Dios para nosotros y que nos dio gratuitamente. Al dilapidar la herencia que nos ha dado Dios, hemos degradado nuestra propia persona: perdemos nuestra dignidad de hijos y nuestra dignidad de hombres creados a imagen y semejanza de Dios. Me agradaría que esta semana, sin rubor alguno, vieses en tu propia vida cuando te has separado de Dios ¿qué ha sucedido? ¿dónde te ha llevado? ¿qué consecuencias has vivido? Hazte estas preguntas en lo profundo de ti mismo, allí donde la verdad no se puede escamotear.
¿Cómo se comporta Dios cuando volvemos a casa? Hay algo que a mí, personalmente, siempre me ha sobrecogido: regresamos y sale a nuestro encuentro y nos abraza, ni siquiera permite que nos disculpemos, ya que rápidamente lo que desea hacer es una fiesta por el regreso. En el fondo, es la fiesta de la recuperación de nuestra dignidad auténtica la de hijos de Dios y de hermanos de todos los hombres. Ved la respuesta que da al hijo mayor, al que le parecía mal que se hiciera esta fiesta: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado” (Lc 15, 31-32).
La actitud magnánima del padre que representa a Dios contrasta con la actitud mezquina del hijo mayor, típicamente vivida por el ser humano y envidiosa de un amor que sobreabunda. ¡Qué maravilla darnos cuenta en la parábola cómo el que más ama es el que más ha sufrido y, sin embargo, no hay reticencias a dar el abrazo que recupera y rehabilita! De tal modo esto tiene importancia, que la misericordia de Dios representa para nuestro mundo la novedad más absoluta y la necesidad más grande. Dios amando a los hombres a la medida de Dios mismo. No puede ser de otra manera. Por eso, después de la revelación que Cristo nos ha hecho de Dios, ya no es posible pensar en Dios sin pensarlo como Amor. Se trata de un amor que no puede ser comparado con lo que nosotros llamamos amor, que siempre es frágil y está contaminado de egoísmos. Al hijo menor que le ha traicionado, le ofrece su amistad y la posibilidad de compartir su propia vida.
Me agradaría que te dejases abrazar por Dios. Prueba un solo instante. Estoy seguro de que este abrazo te va a hacer sentir tal hondura en tu existencia, que nunca querrás vivir al margen de él. Ten valentía para regresar y ten la humildad para dejar que Dios te abrace. Este amor es el que nos reveló, predicó y mostró Jesucristo. Los hombres no lo comprendieron. Cuando las palabras no bastan, sólo queda la última palabra: el don de sí, hasta el don de la vida.
Con gran afecto, te bendice
+ CARLOS OSORO SIERRA