12-06-2016
El domingo pasado nos encontramos con una de las páginas más emotivas y bellas del Evangelio: en esa lectura, Lucas, el evangelista de la misericordia, nos narra el acontecimiento de la resurrección del joven de Naín. Sirve de preludio a esta lectura, el milagro del profeta Elías en Sarepta que habíamos escuchado en la primera lectura. El Salmo responsorial, por su parte,  canta la gratitud del que sabe y siente que también a él Dios le ha librado de la fosa.
¡Qué bello, qué consolador y qué esperanzador lo que hemos escuchado, que sigue cumpliéndose y doy fe de ello por lo acaecido en mi historia y a mi alrededor: Jesús sintió lástima, se conmovió de corazón, entrañablemente. Jesús es el rostro de Dios: Dios se conmueve, Dios tiene compasión, a Dios le importa la desgracia humana; Dios se apiada de aquella madre viuda, llorosa, que sólo tenía a su hijo, y se apiada de aquel joven que llevaban a enterrar. Así  es Dios: rico en misericordia. Misericordia es amor abierto hacia el que sufre.  En el encuentro con el supremo dolor de aquella madre sumida en el dolor, el evangelista nos invita a contemplar el corazón de Cristo. El día de su fiesta, contemplamos ese Corazón Sacratísimo de Jesús: expresión de ternura de un amor infinito, humano y divino. En Naín, aldea como saben los que han estado allí, muy cerca de Nazaret, a los pies y enfrente del Tabor, Jesús, también hijo único, debió presentir en aquel momento el dolor de su madre María, también viuda, cuando dentro de poco le acompañaría también al sepulcro.
Nace de nuevo la esperanza
Jesús se acerca, no pasa de largo, no es un mero espectador que casualmente pasaba por allí, un transeúnte que se detiene con respeto ante una comitiva funeraria; al contrario, se acerca, toca el féretro, toca la muerte y el dolor, y, Señor de la vida, manda con su palabra: «¡Muchacho, a ti te lo digo, ¡levántate!». Nos recuerdan aquellas palabras imperativas de Jesús llorando ante la tumba de su amigo: «Lázaro, ¡sal fuera!», o aquellas otras de Pedro al paralítico, al caído, incapaz de andar, como muerto en parte: «No tengo oro ni plata, en nombre de Jesús Nazareno, ¡levántate y anda!». Así es Dios: el gesto de Jesús es su rostro y su fuerza, la fuerza de su amor y su ternura, la fuerza de su compasión sin límites que devuelve a la vida y hace nacer de nuevo la esperanza de la vida, que pone en pie y conduce a caminar de nuevo. Y así es también la Iglesia, que actúa en nombre de Jesús, que invoca su Nombre, que se adhiere y sufre por el sufrimiento de los hombres, que está con los hombres y comparte sus gozos y esperanzas, sus sufrimientos, sobre todo cuando provienen de la injusticia y del odio.
Los milagros de Jesús son siempre, a partir de la realidad, signos de salvación. El Hijo de Dios, venido en carne, humillándose y rebajándose hasta la muerte y una muerte ignominiosa de cruz, no vino para suprimir de este mundo las enfermedades ni para regalar a algunos recién muertos unos años más de existencia corporal. La resurrección del joven de Naín, la de Lázaro o la de la hija de Jairo, son en el Evangelio imagen sorprendente, signo, palabra y profecía en acto de la Resurrección, de la vida divina: la que Jesús nos comunica cuando nos incorpora a su propia Resurrección y anticipa en el Bautismo. El imperativo de Jesús a aquel cadáver se repite hoy al corazón de muchos: «¡Joven levántate!». ¡Levántate, ponte en camino, sígueme, que yo soy Camino, Verdad y Vida.
Está en medio del pueblo
Por último, cuando un aliento de resurrección hace reflorecer hoy, en amplios espacios de la Iglesia, el espíritu de la verdadera juventud, auténtica primavera, es gozoso deber, muy gozoso, para los testigos proclamar que «Dios visita a su pueblo», que está en medio de su pueblo y no lo deja, que el Señor está grande con nosotros, a pesar de los poderes de muerte de este mundo, y estamos alegres; y damos gracias a Dios, le alabamos y le bendecimos porque ha mirado nuestra humillación y se apiada de nosotros, no pasa de  largo y dice su palabra, siempre eficaz, de compasión, de vida y esperanza. Esto es la Eucaristía, que siempre es vida y paz para todos cuantos de ella participan.
Rezad por mí, gracias por vuestra oración y cercanía, signos de la cercanía de un Dios que no olvida a los sufridos de corazón.