escudo-canizaresDios actúa en medio de nosotros, su misericordia en favor nuestro se manifiesta inmensa con el don con que ha enriquecido a su Iglesia: la ordenación de diez nuevos sacerdotes.
Por medio de los sacerdotes, alter Christus, Cristo está, sacerdote y víctima, presente en nuestro mundo contemporáneo, vive entre nosotros y ofrece al Padre el sacrificio redentor por todos los hombres y los incorpora a su ofrenda al Padre y a su obra salvadora. Ante esta realidad extraordinaria permanecemos atónitos y aturdidos: ¡Con cuánta condescendencia humilde Dios ha querido unirse a los hombres! Si nos conmovemos contemplando la encarnación del Verbo, en que se despoja de su rango, y se rebaja obedeciendo hasta la muerte de cruz, ¿qué podemos sentir ante el altar, donde Cristo hace presente en el tiempo su Sacrificio mediante las pobres manos del sacerdote? No queda sino arrodillarse y adorar en silencio este gran misterio de la fe, no sólo de la Eucaristía, sino del sacerdocio que somos.
Sacrificio eucarístico
Nuestro ser sacerdotes es inseparable del sacrificio de Cristo y queda configurado por el sacrificio que Cristo ofrece al Padre en oblación por nuestros pecados y los de todos los hombres, para la redención y salvación de la humanidad y del mundo entero.
Toda nuestra vida de sacerdotes no debiera ser sino una prolongación del sacrificio eucarístico, de Cristo Sacerdote y víctima: nuestros gestos, nuestras palabras, nuestras actitudes, todo debiera expresar ese cumplir la voluntad del Padre y ese don inseparable de la Vida y del Amor en favor de los hombres que renueva la ofrenda de Cristo, su amor hasta el extremo a los hombres, a los que llama “suyos y sus amigos”.
El ministerio sacerdotal, que actualiza permanentemente el Sacrificio de Cristo, debería ser vivido con ese mismo espíritu de oblación, de entrega, de sacrificio personal.
La vida del sacerdote no puede ser otra que la de Cristo. No podemos contentarnos con una vida mediocre. Más aún, no cabe una vida sacerdotal mediocre. Nunca debería caber y menos en los momentos actuales en que es tan necesario mostrar la identidad de lo que somos y así dar razón de la esperanza que nos anima.
No podemos limitarnos a fundamentar la obligación de ser santos, sacerdotes santos, en la proximidad física de nuestro contacto con Cristo. Hemos de buscarlo mucho más arriba o, si se quiere, más en lo hondo: en la participación ontológica del mismo ser sacerdotal de Cristo, único, Sumo y Eterno Sacerdote. La visión de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y nuestro ser presencia sacramental de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote está en la base la santidad sacerdotal.
Exigencia de santidad
No podemos vivir nuestro sacerdocio, ni hablar del sacerdocio ministerial o sacramental, como de algo añadido a la propia existencia: al contrario, sino como algo que configura enteramente y que identifica la persona del sacerdote ontológicamente: somos por la imposición de manos, sacerdotes, otro Cristo, presencia sacramental de Cristo Sacerdote.
La dignidad sacerdotal, que es un ser con todas sus consecuencias de poderes ministeriales, también tiene sus exigencias sagradas, de santidad. No podemos ser contradicción ante Dios, ante la Iglesia y ante nuestra conciencia. Ser otros Cristos, ser como Él por nuestro ser sacerdotal nuestros poderes ministeriales –bautizo yo, bautiza Cristo; absuelvo yo, perdona Cristo– está exigiendo una santidad de altura cual corresponde a la dignidad. Por encima de los laicos, decía el viejo Código de Derecho Canónico.
“Hay que ser santos. Grandes santos. Pronto santos. Ser santos, porque Dios lo quiere. Grandes santos porque así lo exige la dignidad sacerdotal y cristiana. Y pronto santos, vosotros seminaristas, aspirantes al sacerdocio, porque debiendo serlo al ser sacerdotes, es poco el tiempo que os falta”, como decía el venerable José María García Lahiguera. “Si no soy santo, ¿para qué ser sacerdote? Y si ya soy sacerdote, ¿por qué no soy santo?”. “Ved vuestra vocación… Esta vocación os exige que seáis santos. Con menos no cumplís”. Con menos no podemos contentarnos. Este es el futuro. “Solución de todo: Cristo-Evangelio-Sacerdote-Santo. Este es el camino. Ésta es la solución”. Sin la santidad sacerdotal, todo se viene abajo.
“¡Ay de mí si no evangelizare!”. ¡Ay de mí si no soy santo!. Anverso y reverso de una misma realidad sacerdotal. O mejor aún, santidad que evangeliza, evangelización que es santidad. Una y otra inseparables. Por eso, en estos tiempos tan duros, santidad sacerdotal, más que nunca. No para hacer, sino para ser. Ser santo evangeliza, ser santo es vivir la misma vida de Cristo, primero y supremo evangelizador y evangelio.
Impulsar la adoración perpetua
Hermanos sacerdotes, os invito a que ¡volvamos a descubrir nuestro sacerdocio a la luz de la Eucaristía! Hagamos redescubrir este tesoro a nuestras comunidades en la celebración diaria de la Santa Misa y, en especial, en la más solemne de la asamblea dominical. Que crezca gracias a nuestro trabajo apostólico el amor a Cristo presente en la Eucaristía, el gran valor de la adoración eucarística; que hagamos, entre todos –cuento con vosotros– de Valencia una diócesis verdaderamente eucarística como la querían San Juan de Ribera, o el Beato cardenal Ciriaco Sancha, o el venerable D. José María García Lahiguera (que impulsemos la adoración perpetua, en las grandes ciudades al menos), porque así lo exige, además, el gran regalo de la inestimable reliquia del santo cáliz de la Última Cena. Así será una Iglesia de los pobres y para los pobres, henchida de caridad y misericordia para con los más necesitados, verdaderamente evangelizadora, testigo y artífice de unidad, de una nueva civilización del amor, de la paz y de la esperanza.
Como la Virgen María, Madre de Dios y Madre de los Desamparados, cantemos siempre nuestro Magnificat por la infinita misericordia que Dios ha desplegado sobre nosotros y en favor nuestro y, al mismo tiempo, pidamos su auxilio, para que Él, para quien nada le es imposible, nos ayude a mantener siempre vivo el don que ha puesto en nosotros, sacerdotes. Acudimos también a la poderosa intercesión de Santa María, siempre Virgen, y de los santos y santas valencianas a quienes invocamos para que ayuden a los nuevos sacerdotes en el ministerio de pastores que la Iglesia, os encomienda como ministros y dispensadores de sus misterios, en el que os aseguro por mi parte, mi agradecimiento, mi cercanía total y mi plegaria.