L.A. | 22-02-2019
– Estamos en el primer trimestre del año 2019 en un momento clave en España. Aún es tiempo de balances en empresas y sociedades sobre lo que ha sido el último año y lo que se prevé para el actual. Si bien la Iglesia es otra cosa, permítame que le pregunte para empezar por el balance que hace usted del año que acabó y qué proyectos se marca para el nuevo.
– Estamos, efectivamente, en el tiempo adecuado para balances de lo acaecido y proyectos de futuro. El balance de este año pasado es que sigue agravándose el problema fundamental de la humanidad, de España y de Europa: el problema central del momento que atravesamos, del año que pasó, sigue siendo el olvido de Dios, la negación de Dios, vivir de espaldas a Dios, como si no existiera. Dios es el único asunto central y definitivo para el hombre y para la sociedad. Por eso, ya el Papa San Pablo VI, con Henri de Lubac, definió el ateísmo como el drama y el problema más grave de nuestro tiempo. Sin duda alguna, lo es. El silencio de Dios o el abandono de Dios es con mucho el acontecimiento fundamental de estos tiempos de indigencia en Occidente. No hay otro que pueda comparársele en radicalidad y en lo vasto de sus consecuencias humanizadoras. ¡Ni siquiera la pérdida del sentido moral! Por todas partes y en muchas realidades de hoy Dios es el gran ausente, en apariencia, aunque su presencia sea muy manifiesta y anhelada por el corazón del hombre. Se vive hoy, como diría san Pablo, una expectación por el alumbramiento de una humanidad nueva. Recuerdo que el Papa San Juan Pablo II en el transcurso de su penúltimo viaje a España, concretamente en Huelva dijo: «el hombre puede excluir a Dios del ámbito de su vida. Pero esto no ocurre sin gravísimas consecuencias para el hombre mismo y para su dignidad como persona, para la asunción de aquellos valores morales que son base y fundamento de la convivencia humana, para todas las esferas de la vida.»
El olvido de Dios, en efecto, quiebra interiormente el verdadero sentido del hombre, altera en su raíz la interpretación de la vida humana y debilita y deforma valores éticos. Una sociedad sin fe es más pobre y angosta. Un mundo sin apertura a Dios carece de aquella holgura que necesitamos los hombres para superar nuestra menesterosidad y dar lo mejor de nosotros. Un hombre sin Dios se priva de aquella realidad última que funda su dignidad, y de aquel amor primigenio e infinito que es la raíz de su libertad.

El Cardenal frente a la catedral de Toledo, diócesis de la que fue arzobispo de 2002 a 2006.


– ¿En qué medida afrontar esta situación va a ser prioritario en los proyectos que se marca para este año? ¿Por dónde empezar?
– Por eso mismo que le decía, en medio del silencio tan denso de Dios, mi ministerio como Obispo, ahora en Valencia, en España o donde esté, -ése es el proyecto para el año nuevo, en su primer trimestre- no quiero que sea otro principalmente que hacer resonar públicamente, a tiempo y a destiempo, explícitamente o implícitamente hablando de todo, y con todos los medios a mi alcance, la palabra sobre Dios, hablar de Dios, como el Sólo y Único necesario, el Horizonte, y pedir que volvamos a Él, exhortar a que centremos toda nuestra vida en Él, porque en Él está la dicha y la salvación.
Pido a Dios me dé fuerzas para no cesar ni cansarme en este anuncio y que me conceda sabiduría y experiencia suya para no hablar de Él con palabras gastadas, huecas, sino con palabras vivas y verdaderas. No se trata de que esté pensando en sacralizar el mundo, o de volver o desear que vuelvan tiempos medievales. No se trata de eso. Sino sólo quiero proclamar una vez más, por enésima vez, que sin Dios nuestro mundo, nuestra sociedad, nuestra vieja Europa, España, van a la deriva, camino de su destrucción: cosa que Dios no quiere, porque quiere nuestro bien y nos ama.
La solución a lo que está sucediendo de caos y desorden, de incertidumbre de futuro, de quiebra de humanidad, con todos mis respetos a quienes no acepten lo que digo, es que el mundo crea esto. La hora presente -considero con la Iglesia- debe ser la hora del anuncio gozoso de Dios, del Evangelio, la hora del renacimiento moral y espiritual, la hora de Dios -de su reconocimiento y afirmación-, la hora de la esperanza que no defrauda, la hora de renovar la vida interior de las comunidades eclesiales y de emprender o proseguir una fuerte y vigorosa, sólida y audaz acción evangelizadora. En todo esto está mi proyecto.
Vivir la fe y comunicarla a los demás es nuestro mejor y más inaplazable servicio, el de los cristianos, a los hombres.
– Está claro. Y sin embargo, hay quienes se empeñan en ver este gran proyecto evangelizador como una forma de la Iglesia de revivir tiempos pasados. ¿Qué les diría?
- Pues que en modo alguno, puede significar encaminarse a una sociedad sacralizada, de pensamiento único, a un neoconfesionalismo, ni resucitar ningún tipo de «cristiandad», ni revivir ningún «sueño de Compostela». Y menos aún de imponer una ideología que esclaviza, en primer lugar, porque no se trata de ninguna ideología el creer, y, además, porque creer es un acto libre que no se puede imponer a nadie, y porque la verdad de Dios nos hace libres, y se propone, no se impone.
No se trata de emprender una cruzada ni de dirigirse a una nueva época de conquista. De lo que se trata sencillamente es de creer: creer en Dios que salva y libera y nos hace hermanos, vivir en verdadera fraternidad; creer en Jesucristo, en quien se nos ha revelado la verdad de Dios y del hombre y nos ha manifestado la grandeza y dignidad de nuestra vocación, de ser hombres; se trata de creer en Jesucristo, volver a Jesucristo, que tiene palabras de vida eterna, que es camino, verdad y vida para los hombres, que es luz para todos los pueblos, que es esperanza y salvación para todos, singularmente los más pobres y necesitados, los excluidos y descartados. Se trata de abrir las puertas a Cristo sin ningún miedo. Se trata de abrir a su fuerza salvadora las fronteras de los Estados, los sistemas económicos y políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo. Y esto porque Cristo sabe lo que hay dentro del hombre. Sólo Él lo sabe.
Personalmente, confieso con toda sinceridad y creo, plenamente convencido y con toda verdad, con la Iglesia y dentro de ella y por puro don y gracia divina, en Jesucristo como el Salvador de los hombres. Por esto afirmo con toda sencillez y gozo y se lo ofrezco a los demás que no podemos excluirlo de la historia de los hombres; excluirlo significaría ir en contra del mismo hombre. La Iglesia no tiene otra riqueza ni otra fuerza que Cristo; no posee ninguna otra palabra que Cristo: pero ésta ni la podemos olvidar, ni la queremos silenciar, ni la dejaremos morir. Anunciar a Cristo, testificar a Cristo, es nuestro mejor y mayor servicio a los hombres. Anunciar a Cristo, ser testigos del Dios vivo, no es sacralizar ni dominar el mundo: es servirle y darle a Aquel que hace nuevas todas las cosas, que ha vencido a la muerte, que trae la buena noticia a los pobres y que nos hace libres. Se trata, en suma de ser coherentes hoy con la fe y la experiencia de Jesucrrsto que es paz y esperanza para todos. El Papa san Juan Pablo II, en la consagración de la Catedral de la Virgen de la Almudena de Madrid, nos lo dijo claramente: “salid a la calle, vivid vuestra fe con alegría, aportad a los hombres la salvación de Cristo que debe penetrar en la familia, en la escuela, en la cultura, en la vida política” (En esa órbita se entiende y se sitúa, por ejemplo, mi decisión por participar en la campaña de defensa de la libertad de enseñanza, y en algunas otras campañas).


En el salón de su casa, junto a una imagen de la Virgen de los Desamparados. (Foto: Eduardo Martínez)


– Es toda una llamada a perder complejos.
-Necesitamos superar la vergüenza y los complejos y no echarnos atrás en el anuncio y presencia del Evangelio. Y esto siempre desde el respeto exquisito y pleno a las convicciones ajenas, sobre todo a las personas y a si libertad. Nunca desde la imposición, la exclusión o el avasallamiento. Este es el futuro. El proyecto de la Iglesia para un futuro de la humanidad no puede ni debe ser otro que evangelizar de nuevo, como en los primeros tiempos. Evangelizar urge y apremia.
En definitiva, en todo lo que acabo de indicar se encierra todo mi proyecto, mi anhelo y deseo para este año.
– El Concilio Vaticano II fue, sin duda, el gran proyecto de la Iglesia para el siglo XX, si me apura, para los siglos venideros. Pero, ¿sigue teniendo total vigencia el Concilio Vaticano II o hay algunas partes desfasadas o menos operativas?
-El Concilio Vaticano II sigue teniendo, tiene, total y plena vigencia en todo su conjunto y en su unidad. No hay que trocear el Concilio y ver si esto sirve o no sirve. Hay que volver hacia el Concilio, en su unidad y conjunto, hacia su mensaje, y estudiarlo y vivirlo como, secundando la inspiración del Espíritu Santo, lo desearon y concibieron sus autores, los padres conciliares: para predicarle fielmente al hombre la palabra de Dios, para que la Iglesia se renueve y se llene de vida y sea testigo fiel del Evangelio y servidora de los hombres. Si cabe, en estos momentos, estamos en mejores condiciones que en el inmediato posconcilio para penetrar en toda la riqueza inmensa y en las posibilidades de vida y de camino que el Espíritu Santo inspiró, suscitó y abrió en su Iglesia a través de este magno y providencial acontecimiento eclesial, ayuda y preparación para una nueva primavera de vida cristiana, si los cristianos somos dóciles al Espíritu. Aunque tomó mucho de las experiencias y reflexiones del periodo que le precedió, el Concilio marca, de algún modo, una nueva época en la Iglesia: la enorme riqueza de contenidos y el tono nuevo, desconocido antes, de la presentación conciliar de estos contenidos constituyen un anuncio y preludio de tiempos nuevos; Dios quiera, y quiere, que así sea.
Releyendo y profundizando en estos contenidos conciliares, comprobamos que es la asimilación honda y viva y la aplicación de sus enseñanzas en su conjunto y unidad lo que en estos momentos necesitamos. Nuestra Archidiócesis de Valencia ha tenido un momentos de especial penetración en el Concilio en el Sínodo Diocesano, que impulsó, hace décadas, mi querido y admirado predecesor, D. Miguel Roca. En continuidad y en puesta práctica de este Sínodo, en la diócesis de Valencia concretamente, tenemos la necesidad de un renovado compromiso de aplicación, lo más fiel posible, de las enseñanzas del Vaticano II a la vida de cada uno y de toda la Iglesia diocesana. Hemos de proseguir en el renovado conocimiento y aplicación, pues del Concilio Vaticano II tanto en lo que respecta a la letra como al espíritu. De este modo daremos nuevos pasos en su interiorización espiritual y en su aplicación práctica, que es donde se palpa su plena vigencia. El Concilio, asimilado e interiorizado ha de ser fuente de vida y de inspiración, programa pastoral y criterio de actuación, para los católicos valencianos, como lo es para toda la Iglesia. En sus enseñanzas encontramos cuanto necesitamos hoy para dar la respuesta que Dios nos está pidiendo y los hombres nos están reclamando, y los Papas, el Papa Francisco, nos está exigiendo con su testimonio y palabra. Tal vez haya caído en el olvido; por eso, a veces, la desilusión y la desesperanza. Pero en sus enseñanzas tenemos la luz que nos ayudará a proseguir el camino con esperanza, alegría y firmeza.
-Observando imparcialmente algunos hechos, veo que el “espíritu” de cierta teología de la liberación o de la promoción humana aún pervive. ¿Cuál es su pensamiento sobre el momento presente de la llamada teología de la liberación de hace unos años, o de la teología de la promoción humana, o del así llamado compromiso en las realidades temporales por parte de la Iglesia?
-Dice muy bien al expresar “de hace unos años”. Aquellos eran otros momentos, pero las cuestiones de fondo y lo que subyace a todo ello sigue vigente y vivo. En primer lugar, he de afirmar que el Evangelio afecta a toda la vida y que en su entraña está una realidad y mensaje de liberación de cuanto oprime al hombre, a los hombres, a sectores de población marginados, a los pueblos y al mundo en que vive. La pobreza, el hambre, la opresión, toda clase de dominaciones injustas, el sufrimiento de justos e inocentes,…, es un clamor de Dios que sigue con aquella pregunta inquietante de los albores de la humanidad: “¿Dónde está tu hermano?”, y así nos lo recuerda una y mil veces nuestro querido Papa Francisco con su evangélica actuación.
La Iglesia tiene el deber de anunciar la liberación de seres humanos, el deber de ayudar a que nazca esa liberación, de dar testimonio de la misma, de hacer que sea total.
No podemos llevar a cabo el anuncio del Evangelio ni impulsar una nueva evangelización al margen del mensaje y exigencia de liberación que comporta. Una liberación integral de toda esclavización, de sus raíces, en primer lugar del pecado y de la muerte; la verdadera liberación ha de vencer el pecado y las estructuras que llevan al mismo o está ya en ellas, a medida que se multiplica y extiende. El Papa San Pablo VI nos lo señaló en su Exhortación apostólica sobre la evangelización del mundo contemporáneo.
Permítame que se lo lea textualmente el párrafo del Papa San Pablo VI: “Entre evangelización y promoción humana (desarrollo, liberación), existen efectivamente lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre al que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos.
Lazos de orden teológico, ya que no se puede disociar el plan de la creación, del plan de la redención, que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a las que hay que combatir, y de justicia, que hay que restaurar. Vínculos de orden eminentemente evangélico como es el de la caridad: ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero, el auténtico crecimiento del hombre?” O aquellas otras de San Juan Pablo II, haciendo referencia al capítulo 25 de San Mateo, del que dice que es una página de fe, de cristología, y no sólo de la virtud de caridad, y que pertenece tanto más a la ortodoxia que a la ortopraxis. Es lo que vemos y palpamos en Francisco. Afirmado esto, he de añadir, a continuación, que ciertas teologías de la liberación y de la promoción humana de la década de los setenta y ochenta en sus formas radicales han entrado en crisis.
Estas teologías, surgidas sin duda en una experiencia de situaciones muy duras y dramáticas de injusticia y para ofrecer una respuesta a esta situación, en el fondo, proponían una respuesta nueva y práctica a la cuestión de la redención y de la acción de la gracia de Dios en nosotros, que , como sabe, es fundamental en la fe cristiana.
Estas teologías demandaban un cambio total y de raíz de las estructuras del mundo consideradas como estructuras de pecado, dirigidas al empobrecimiento de las gentes. Ahora bien, si esto es así, si el pecado ejerce su poder sobre las estructuras, y el empobrecimiento está inserto de suyo en las mismas y alentado de antemano por ellas, entonces se ve que lo que hay que promover es la lucha política contra las estructuras de injusticia y su “conversión” como obra necesaria para la liberación y la redención.
Así, la redención- que es obra de Dios- Se transformaba en un proceso político, para el que la filosofía marxista ofrecía la orientación básica, y que los hombres por si mismos, por sus propias fuerzas, y en sus propias manos debían llevar a cabo en una esperanza práctica e instrahistórica. Así, como se decía en aquellos momentos, “la fe pasa a convertirse en praxis, en acción redentora en el proceso de liberación”.
La fe en el fondo queda reducida a una ética- obra del hombre, determinada por las exigencias de la praxis transformadora de la sociedad y de las estructuras alienantes y opresoras, por las exigencias de la lucha que busca la libertad del hombre. Es verdad que estas teologías se mostraban con un fuerte atractivo por su aparente cientificidad, por la fuerza de su interpelación ante la injusticia reinante, por dejar en manos del hombre las posibilidades de todos, su futuro. Pero estas teologías, en sus formas radicales, por múltiples aspectos, entre otros por el hundimiento de los regímenes marxistas y sus contradicciones internas, entraron en crisis. Ello no significa que entre en crisis, ni muchísimo menos , el mensaje siempre vivo y actual que es buena noticia liberadora para todos los pobres, que exige la justicia, y que proclama que seremos juzgados si hemos dado de comer o de beber al hambriento y al sediento. Sin olvidar que Cristo se identifica con los pobres, y que su amor es una predilección por los pobres y los últimos, y así es toda su persona, a la que hemos de seguir e imitar, identificándonos con Él y con los que Él se identifica y encuentra. Todo esto, lo que se refiere a las tesis liberacionistas o a la exclusividad o casi exclusividad de la promoción humana en nuestra pastoral es uno de los peligros del momento presente en algunos sectores que propenden a hacer de la Iglesia una gran ONG o un conglomerado de obras a modo de ONG. En Valencia, gracias a Dios, no vamos por ahí, al menos así lo intento como Arzobispo.
-Una última pregunta, inevitable, tras el anuncio de convocatoria de elecciones generales al Parlamento Español que hizo el presidente del Gobierno el pasado viernes, y las ya fijadas antes: autonómicas, locales y europeas. ¿Qué espera de todo ello?
- Sobre todo que contribuya a clarificar la confusa y preocupante situación crítica que atravesamos en España, por la que hemos de pedir todos los días la ayuda que viene de los alto, de Dios. Y añado que los grupos políticos y los ciudadanos miremos y velemos, como se miró y veló en la Transición y que así nos importe por encima de todo España, el bien común, los derechos y libertades fundamentales inalienables de las personas, del hombre, la dignidad de todas las personas, entre los que se encuentra como base el derecho a la libertad religiosa, base de todos, inseparable de la familia; que nos importe por encima de otras cosas legítimas la unidad e integración de todos en un proyecto común, en el que quepamos todos, de paz y justicia, de libertad y desarrollo integral dentro de una verdadera democracia y de una ecología integral en el sentido que la define el Papa Francisco y de una sociedad en concordia y libertad, y, también ¿por qué no decirlo?, que este conjunto de convocatorias electorales nos lleve no por los derroteros del laicismo, sino que nos haga salir de ese laicismo dominante hoy, y nos lleve por sendas de una sana laicidad.
Espero, y así lo deseo, que todas estas convocatorias electorales contribuyan a la edificación de una humanidad nueva de hombres y mujeres nuevos que ama, promueve y defiende la vida y la educación en libertad y para hacer un pueblo unido de hombres libres, conscientes, críticos y creadores, con sentido, servidores de la verdad que nos hace libres, abiertos a Dios y a su don de amor que nos hace hermanos, y superar todo enfrentamiento y exclusión. En resumidas cuentas, quiero decir, que haga posible lo que Francisco ha dicho al mundo entero con su mensaje de paz en la jornada del 1 de enero de este año y en el histórico documento sobre la fraternidad humana que ha suscrito días pasado con el gran Imán de Al-Alzahar, y que nos ayude a recuperar los grandes mensajes que nos dejó el Papa Benedicto XVI sobre la comunidad política y la acción política, y sus mensajes para España, sobre todo lo dicho por él en su viaje a Santiago de Compostela y Barcelona, que fue tan importante y que tan pronto parece que lo hayamos olvidado o que nunca lo hayamos escuchado y menos aprendido y acogido. Esto no es hacer política de partidos, sino solo buscar el BIEN COMÚN, al que todos estamos obligados, especialmente los políticos como acabo de decir.
-Muchas gracias, Sr. Arzobispo. Sus palabras ayudan a conocerlo mejor y comprender sus inquietudes como Pastor de la Iglesia en Valencia y a pensar, discernir y actuar como cristianos.