Eduardo Martínez | 19-07-2018

Asunción Esteso, durante la entrevista en el programa ‘Encuentros’ de La Ocho Mediterráneo.

Ante el concepto de la economía que enfatiza principalmente el lucro y que considera la maximización de los beneficios como un objetivo en sí mismo, la llamada ‘Economía de Comunión’ (EdC) propone compartir esos mismos beneficios para ayudar a las personas en situación de pobreza. Ochocientas empresas de los cinco continentes desarrollan actualmente este modelo revolucionario -alternativo al capitalismo y que pone en el centro a la persona- impulsado por el movimiento católico de los Focolares. En nuestro país, canaliza este sistema la Asociación por una Economía de Comunión España. Su presidenta desde hace un año es Asunción Esteso (Valencia, 1972), que es también profesora de la Escuela Profesional Xavier y de la Universidad Católica de Valencia ‘San Vicente Mártir’. El programa ‘Encuentros’ -producido por el Servicio Audiovisual Diocesano y que emite La Ocho Mediterráneo- la entrevistó recientemente y hoy en PARAULA ofrecemos un resumen.
– ¿Cómo surgió algo tan poco común como la EdC?
– En 1991, Chiara Lubich, fundadora de los Focolares, visitó Brasil y allí, ya desde el avión, se da cuenta de esa realidad dispar de las favelas y los rascacielos. Queda muy impactada, no tanto por la pobreza como por la desigualdad. Su respuesta no fue en una captación de fondos sino plantear a los empresarios del lugar crear empresas que compartan los beneficios para erradicar la pobreza.
– ¿Qué tipo de empresas son? ¿Cualquiera puede sumarse o hay que pertenecer a los Focolares?
– No es necesario, puede participar cualquier empresa que quiera desarrollar este modelo. Actualmente, lo siguen empresas normales que operan en el mercado en distintos sectores y en distintas zonas geográficas, y con la misma forma jurídica que pueden tener otras. La característica propia es que hay una praxis en el reparto de beneficios característica de la EdC. Se hacen tres tercios de los beneficios: uno queda reinvertido en la propia empresa, dado que la EdC no es un proyecto de emergencia; otro tercio se dedica a solucionar problemas de pobreza, situaciones que sí serían proyectos de emergencia; y el último tercio está dedicado a la formación en esta cultura empresarial, esta ‘cultura del dar’, sobre todo de cara a las nuevas generaciones, por eso se realizan escuelas o se apoyan proyectos educativos.
– No debe ser fácil inculcar a los jóvenes o a los empresarios esta filosofía, tan impregnada como está nuestra cultura de individualismo o de materialismo…
– Evidentemente es ir contracorriente y además es una opción de valientes. Lo primero [que oyes] cuando entras en la facultad de Económicas es que el objetivo de las empresas es maximizar los beneficios; entonces es entrar en otra dinámica. La EdC no es solo praxis, sino que hay profesores universitarios que están dando un calado científico al proyecto, se han desarrollado escuelas, tesis doctorales, hay multitud de publicaciones… porque se quiere profundizar en este tipo de economía.
Además, la EdC tiene especial interés en las nuevas generaciones. Una de las últimas iniciativas que se han lanzado es una red de incubación de proyectos empresariales. Se trata de acompañar a jóvenes emprendedores, pero siempre desde esta visión de la comunión.
Esta praxis es como la punta del iceberg de proyecto, lo que se ve, pero debajo hay esta cultura de unas nuevas relaciones entre las empresas con las instituciones o con los trabajadores, donde la persona siempre está en el centro. Son unas relaciones de reciprocidad, también con las personas necesitadas que reciben las ayudas. Muchas veces estas ayudas se devuelven, otras veces no.
– Hace unas semanas, desde la Asociación por una Economía de Comunión España organizasteis en la Universidad Católica de Valencia un simposio sobre ‘Economía y pobreza’. Entre otros participó Luigino Bruni, coordinador internacional de EdC, que además visitó unas casas de acogida para inmigrantes con las que colaboráis…
– Así es. Son casas del Instituto Social del Trabajo, que se dio cuenta en un momento de su historia de que el colectivo de trabajadores más vulnerable eran los inmigrantes. Actualmente, el Instituto es la plataforma de EdC en Valencia. Se están atendiendo a diez hombres y dieciséis mujeres, se está haciendo una gran labor. EdC en Valencia hace suya también esta manera de implicarse en la erradicación de la pobreza. Cada vez que contribuimos a que alguien salga de la pobreza estamos contribuyendo a la comunión. Luigino quedó muy impactado por los sueños que estas personas le contaron; y nos alentó a que siguiéramos en esta dinámica de acogida y a que ayudáramos a los empresarios que estaban allí presentes a dar una respuesta a esos sueños.
– A nivel mundial, ¿qué frutos ha dado ya la EdC desde que Chiara Lubich lanzara el proyecto?
– Por ejemplo, hay ochocientas empresas que la están desarrollando. Comparado con todas las empresas que hay en todo el mundo sería poca cosa, pero estas ochocientas empresas lo que nos están diciendo es que esto es vivible. Además, a nivel de pensamiento económico se ha realizado un gran desarrollo en estos años.
– En tu caso personal, ¿cómo decidiste involucrarte en esta iniciativa?
– Desde Bachillerato sentía atracción hacia las Ciencias Sociales; después estudié Económicas y también conocí el movimiento de los Focolares, y la EdC fue en paralelo. Me atraía esta propuesta. Aunque es desafiante la veía como una respuesta que conjugaba las exigencias de la empresa y los valores que yo como persona trataba de vivir. Empecé a asistir a las escuelas, a los congresos. Me parecía que era una respuesta válida y que me ayudaba a vivir mi día a día en la empresa, que es una realidad dura, para qué nos vamos a engañar. También las empresas de EdC pasan por momentos duros, no son ajenas a las crisis… pero como horizonte y como propuesta es válida.
– En el plano espiritual, ¿qué te aporta el movimiento de los Focolares?
– El carisma de la unidad, el de los Focolares, centrado en la comunión, es un modo de entender la realidad y de ver que las personas somos un don las unas para las otras. Es lo que trato de vivir. La comunión, como todas las cosas que merecen la pena en la vida, es frágil pero también esas cosas son las que más felicidad aportan. Cada uno nos encontramos con un carisma providencialmente. A mí me ayuda y creo que estoy llamada a ello, que es vocacional. Es don y tarea.