EDUARDO MARTÍNEZ | 15-12-2017

Religiosos y seglares de la ‘pastoral de la calle’, con carros de la compra para transportar los alimentos. (FOTO: ALBERTO SÁIZ)

Debajo de un puente del viejo cauce del Turia duerme cada noche Mohamed. También estos días en los que el frío, con prematuro rigor, aprieta en Valencia. Unas sucias mantas le protegen a duras penas de la cruda antesala del invierno. Y en ese mismo ovillo, pegada a su cuerpo retorcido, una pequeña mochila con sus exiguas pertenencias. Allí dentro guarda y protege, sin éxito, sus medicinas. Un ictus mermó sus capacidades motoras y mentales hace unos meses. Así que le resulta imposible evitar el robo continuo de sus fármacos, vitales para él, pero también preciada mercancía con que trapichear cuando no se tiene más vivienda que la calle. No es el único ultraje sufrido por este –a pesar de todo– sonriente marroquí de mediana edad: ha sido objeto también de abusos en la oscuridad de esos puentes alejados de miradas protectoras.
Mohamed es solo una de las decenas de personas sin hogar en Valencia que la comunidad religiosa Misión Eucarística Voz de los Pobres visita tres noches por semana, tratando así de llevarles ese calor humano y esperanza que la intemperie de la vida les ha ido arrebatando. PARAULA acompañó a los religiosos y a un grupo de voluntarios seglares que les ayudan en ese cometido el pasado 6 de diciembre. El itinerario discurrió externamente por el barrio de Ruzafa, los jardines del antiguo hospital, la Gran Vía Fernando el Católico y el viejo cauce del río. Pero acercarse a esas periferias existenciales, mirar de frente el mundo de la pobreza y la marginación, supone también un cierto viaje interior, y no sólo por los fragmentos de vidas rotas que van saliendo al paso, por esos jirones biográficos que estremecen, sino también por los recovecos de uno mismo. Porque si tales desgracias suceden a unos semejantes, a personas como ‘yo’, si la dignidad humana queda tan visiblemente amenazada como en esos casos, ¿quién soy yo, entonces, y que hay de mi propia dignidad?
La adoración eucarística como punto de partida
El ‘viaje’ comienza en la parroquia San Francisco de Borja. Son las 22:30 h. y los bares y restaurantes de Ruzafa muestran cierto bullicio, acaso por el puente (festivo) que van a disfrutar quienes por allí transitan. Hace frío pero no mucho. Los 10 grados de temperatura se agradecen cuando solo unos días atrás los termómetros se habían desplomado. En el interior del templo, la comunidad religiosa y el grupo de voluntarios están de rodillas en la capilla del Santísimo. La adoración eucarística precede siempre a los encuentros personales con los habitantes de la calle. Es para ellos, de hecho, un punto de partida lógico, una continuidad coherente entre el amor a Dios y a los hombres. El párroco, Pedro Miret, toma entonces la palabra y proclama un evangelio: la multiplicación de los panes y los peces. “Parece que tenemos poco que dar para tanta necesidad, pero llevamos con nosotros lo más grande, a Dios”, explica. Y empieza la parte activa de la ‘pastoral de la calle’, como así llaman a las visitas nocturas a personas sin hogar.
Entre ese ‘poco’ que portan hay café con leche y sopa caliente, galletas, fruta… Lo llevan en carros de la compra. Y como una pequeña patrulla de la caridad se adentran en la noche. El primer morador de la calle que aparece es un pakistaní, Ibrahim. Su mujer anda por su país natal y sueña en volver a reencontrarse con ella. Curiosamente es él quien sale primero al encuentro del grupo. Se conocen ya de otras noches. Estaba recogiendo un cartón cuando advierte la presencia amiga y saluda con buen ánimo. Se dirige a una entrada de garaje cercano para pasar allí la noche, en una esquina protegida del paso de vehículos. Y en aquella lúgubre oquedad se hablan unos y otros con relativa confianza. Le dan algo de comida e Ibrahim pide, además, un calzado más cálido. “Tengo frío en los pies”, lamenta mientras enseña sus ligeras zapatillas. El grupo promete buscar unas y traérselas otro día.
Pero en estos encuentros callejeros hay mucho más que una ayuda material. Aquel efecto multiplicador del Evangelio comienza a aparecer. Los hermanos Lázaro y Jorge se han fundido en un abrazo con Ibrahim. Un abrazo sincero, de auténtico cariño, mejilla con mejilla, que Ibrahim sostiene con satisfacción. Y don Pedro, el sacerdote, le pregunta si quiere que le imparta la bendición. Él acepta y se inclina ligeramente mientras el presbítero eleva las manos y pronuncia una oración. “Que Dios les bendiga”, se despide Ibrahim, mientras el grupo emprende camino a otra calle, a otros dramas humanos que, sin embargo, parecen conservar siempre un punto de esperanza y de una dignidad humana tan asediada como resistente.
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