El Patriarca. Iglesia. Frescos y capillas.

BELÉN NAVA | 12.1.23

El 6 de enero de 1611, como consecuencia de un fuerte catarro contraído un mes antes tras permanecer más de tres horas arrodillado en tierra rezando, moría en olor de santidad san Juan de Ribera, a los 78 años de edad. De ellos, los últimos 42 como arzobispo de Valencia. Su pontificado, el más largo jamás registrado en la archidiócesis, marcó profundamente la historia religiosa, cultural y política de Valencia.  Este sábado 14 de enero, fecha en la que se conmemora la festividad litúrgica por san Juan de Ribera, concluirá en el Real Colegio Seminario de Corpus Christi el triduo en su honor. Esta jornada se abrirá con el rezo de laudes. Tras la oración, a las 10 de la mañana,  se celebrará  una solemne eucaristía. A las siete de la tarde, se desarrollarán unas vísperas solemnes que darán paso a la última misa del triduo presidida por un antiguo colegial.   

San Juan de Ribera dejó una huella espiritual en nuestra diócesis todavía perceptible, sobre todo en la devoción eucarística, que potenció en gran manera. También se debe a su influjo (por la construcción en su Colegio de una capilla para el Monumento) la costumbre de erigir capillas de la comunión en las parroquias, donde el Santísimo Sacramento se conservara dignamente y pudiera ser adorado por los fieles. Además, fue un gran propagador del culto a san Vicente Ferrer, y a él se debe que su celebración en nuestras tierras tenga lugar el lunes posterior al domingo de la octava de Pascua. También impulsó la centralidad del misterio redentor de Cristo. Todavía muchas las iglesias de nuestra diócesis conservan crucifijos regalados por el Patriarca, como el Cristo de la Fe de Santa Mónica o el de la Providencia de Alboraya.


Reforma de las órdenes religiosas
La huella de san Juan de Ribera se puede ver en nuestra diócesis a través de dos órdenes religiosas reformadas todavía presentes en ella. La primera es la de los Capuchinos, que el Patriarca trajo a Valencia en 1596, favoreciendo su instalación en la diócesis, y fundándoles el convento de San Juan de la Ribera, extramuros, para que se instalaran en él; gracias a sus favores en 1607 se erigió la Provincia capuchina de Valencia, que por deseo del Patriarca tomó el nombre de Provincia de la Sangre de Cristo. La segunda es la de las Agustinas descalzas, que fundó en Alcoy el año 1597, con un grupo de canónigas regulares del convento de San Cristóbal de Valencia, para las que acomodó la regla de san Agustín y las constituciones que santa Teresa de Jesús había dado a sus carmelitas descalzas. Estas agustinas descalzas se extendieron rápidamente por toda Valencia.

El ministerio episcopal
Estableció que los cinco pilares del ministerio episcopal debían ser la predicación, la administración de los sacramentos, el cuidado de los sacerdotes, la atención a los pobres y la educación de los jóvenes.

Los obispo deben predicar y enseñar la doctrina cristiana tanto a adultos como a los niños, y deben estar convencidos de que esto último. De igual manera debe administrar los sacramentos a sus fieles estén sanos o enfermos.

Especial atención ha de prestar el obispo a sus sacerdotes, a los que debe cuidar e instruir constantemente por medio de pláticas y cartas; y muy particularmente debe mirar por los recién ordenados. Mismo cuidado y dedicación merecen los pobres, y en especial los pobres enfermos, puesto que han de ocupar el centro del corazón del obispo, que ha de poder ser llamado con propiedad padre de los pobres.

Piensa san Juan de Ribera que es propio también del obispo ocuparse de la educación de los jóvenes de las familias nobles, cuya situación de privilegio lleva aparejada la obligación de ejemplaridad.

El Colegio Seminario de Corpus Christi

Sin duda, su huella más relevante y visible es el Colegio Seminario de Corpus Christi, que fundó en 1583 para actuar el decreto tridentino sobre los seminarios y formar un clero selecto que asegurase la reforma del pueblo, con la intención de que allí “se criasen sujetos en virtud y letras” que fuesen “buenos sacerdotes” a los que encomendar las parroquias. 

El Colegio y su Capilla mantienen todavía vivo el espíritu de fervor eucarístico, de grave solemnidad en el culto, de provechosa predicación de la Palabra de Dios, de estudio y formación en las ciencias religiosas y de utilización del arte al servicio de la fe que su fundador les infundió. Asistir a sus cultos, visitar su rica biblioteca o su interesante museo, considerar la larga lista de clérigos ilustres que en él se han formado, así como los prelados que ha dado a la Iglesia, da una idea de la grandeza del espíritu de san Juan de Ribera. 

El conjunto de las edificaciones del Colegio ocupa una manzana entera de planta ligeramente trapezoidal y fue levantado entre 1586-1604 por un equipo de albañiles y canteros dirigidos por el obispo auxiliar Miguel de Espinosa, que supo interpretar con acierto los deseos del fundador. Para la época fue una construcción moderna y vanguardista. La construcción se divide en dos partes, ya que las dependencias principales se distribuyen en torno a un claustro, mientras que las áreas de servicio, con el elegante refectorio, se agrupan alrededor de un patio alegre y soleado en la parte posterior. 

El claustro contratado con Guillem del Rey en 1599 está compuesto con un gran lote de columnas de mármol de orden toscano. Instaladas formando dos galerías de arcos de medio punto, cubiertas por bóvedas de aristas, configuran un espacio único, a la vez solemne e íntimo que, además de servir de espléndido marco a las procesiones, determina la peculiar atmósfera de sobria elegancia y luminosa serenidad del Colegio.

En torno a este patio claustral se encuentran las dependencias más importantes: archivo, administración, habitaciones rectorales, salas de estudio, el aula donde los seminaristas demostraban semanalmente sus progresos a los superiores y sobre todo, al final de la grandiosa escalera de piedra construida por Francisco Figueroa y Joan Baixet entre 1599 y 1602, la riquísima biblioteca del fundador, repleta de bellos y valiosos libros y adornada con pinturas y objetos preciosos. Consciente del poder de la belleza como vía de conocimiento y elevación espiritual, Juan de Ribera quiso además proporcionar al edificio hermosas obras de arte; una selección de las mejores, procedente de sus colecciones y también de legados posteriores se presentan ahora en el Museo adaptado por el arquitecto Carlos Soria en 1953, que se ocupó también en 1955 de la instalación del colosal Archivo de Protocolos. El santo fundador dotó también a esta casa de unas minuciosas y sabias Constituciones, que con mínimas reformas regulan todavía hoy con eficacia lo esencial de la vida del Colegio y sobre todo el culto severo y solemne de su capilla.

Una pieza clave 

Esta capilla es, sin duda, uno de los elementos más notables de la fundación y pieza clave en el plan de asimilación de las reformas conciliares, ideado por el santo arzobispo. No sólo se contentó con una capilla que atendiese a las necesidades de los colegiales, sino que quiso establecer un modelo renovado para todas las iglesias de su diócesis, que abarca desde los aspectos constructivos y decorativos  a los culturales, antiguamente reservados a la Catedral. Por ello esta capilla, con rango de iglesia semipública, está dotada incluso de campanario.

Su misma construcción resulta novedosa en el plano de la arquitectura eclesiástica local en su época. En planta propone la adopción de un sistema de cruz latina adaptada, reservado antes a las grandes basílicas y catedrales y que expresa claramente la configuración del edificio como una materialización del Cuerpo Místico cuya cabeza, Cristo, está representada por el presbiterio, mientras los fieles ocupan el resto.

La arquitectura ofrece novedades, como la articulación a base de pilastras con capiteles corintios y cornisas clásicas aunque mantiene el sistema de cubrición a base de nervaturas de tradición gótica, pero sorprende sobre todo con las construcción de la cúpula en la intersección de los brazos del crucero que servirá de modelos de muchas posteriores. Elevada sobre un alto tambor representa exteriormente el poder de Dios y evoca la montaña de Sinaí, pero interiormente la bóveda celeste suspendida sobre la iglesia que proporciona a través de las ventanas del tambor y la esbelta linterna la radiante iluminación del santuario donde se desarrolla la liturgia divina. La Capilla Mayor, de acuerdo con las recomendaciones del Concilio de hace bien visible y acercar a los fieles la celebración de la misa, sobreeleva el altar y traslada el acostumbrado coro de las parroquiales a los pies del templo, en un ámbito elevado que hasta entonces sólo era usual en las iglesias conventuales.

Una homilía visual

El santo fundador, excelente teólogo de extensos conocimientos bíblicos y patrísticos, quiso convertirla en una homilía visual de modo que la detenida y constante contemplación de sus imágenes pudiese evocar contenidos cada vez más profundos y matices cada vez más sutiles. Así, las pinturas al fresco, encargadas al genovés Bartolomé Matarana y los lienzos de los altares componen un vasto e interesante programa iconográfico, cuya espina dorsal es la referencia al misterio de la Encarnación del Verbo y la Redención como acontecimiento central de la Historia.

En el muro testero del coro vemos representado el Anuncio a María, contemplado desde la bóveda por el Eterno rodeado por el gozo de los ángeles. La Encarnación se manifiesta más claramente en el retablo mayor: en el ático con el lienzo del nacimiento de Cristo de Ribalta y en el centro con la pintura de la Institución de la Eucaristía en la Última Cena, tras la que se oculta la escultura del Crucificado, pues la misa celebrada por Cristo no es sino la prefiguración del sacrificio de Gólgota que comporta. A su alrededor, los Apóstoles y más claramente, flanqueando el retablo, Pedro y Pablo, columnas de la única Iglesia de Cristo, y a los lados los martirios de San Mauro y San Andrés que completan, según la recomendación paulina, el sacrificio de Cristo y sirven de ejemplo a los colegiales en su doble misión de apóstoles y testigos.

En lo alto los Santos y Ángeles adoran la Eucaristía como misterio de Amor que se da en comido por medio de la figura alegórica del pelícano: Eucaristía a la que están consagrados la Capilla y el Colegio, cuyas alabanzas de cantan en las bóvedas y los muros de la nave por medio de figuras angélicas con atributos e inscripciones. En el crucero, destinado originalmente a los seminaristas, se completa el mensaje que a ellos se refiere con la exposición de las vidas del diácono Vicente Mártir y el presbítero Vicente Ferrer y las alegorías de las Virtudes Teologales y Cardinales de la bóveda.

Frescos de la iglesia del patriarca- Cúpula con el maná y nave central con ángeles eucarísticos .
Foto: Alberto Saiz

En la cúpula, la Eucaristía 

La Eucaristía parece prefigurada en el Antiguo Testamento por el pan del cielo que recogen los israelitas del desierto, lección que comunica a través de los profetas del tambor y los evangelistas neotestamentarios de las pechinas con la Iglesia viva de Jesucristo presente en la adoración del Sacramento, manifestando la continuidad de la Revelación y la legitimidad de la Iglesia como heredera de las promesas, y las participación de los Ángeles y los Santos en la divina liturgia.

Finalmente, las cinco capillas, la mayor y las cuatro laterales, son una refutación visual de las cinco críticas más importantes presentadas por el protestantismo: la negación de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, afirmada y exaltada en la Capilla Mayor; el rechazo del culto especial tributado a María, afirmado en la Capilla principal del lado del Evangelio; la negación del culto a los Santos y Ángeles, afirmado en la capilla frontera, dedicada a todos los Santos presididos por la Trinidad y en cuyo retablo, antes dedicado al Ángel Custodio de Valencia, hoy reposan los restos de San Juan de Ribera; el desprecio a las reliquias sagradas refutado en la Capilla de San Vicente, que conserva su reliquia que el fundador hizo traer desde Vannes y por último la negación del Purgatorio y del valor de los sufragios refutada en la capilla frontera en la que desde hace años se colocó también el tabernáculo eucarístico.